El resultado de los sondeos mantienen fortalecida su imagen de líder, como él mismo se autodefine, “humanista y cristiano de izquierdas”, que pese a la baja del precio del crudo y de las remesas internacionales, así como el elevado coste de la Deuda Pública, que el pasado mes de septiembre se sitúo, nada más y nada menos que en 10.600 millones de dólares,-unos 8.088 millones de euros-, no han podido ensombrecer las vivas expectativas de los ciudadanos ecuatorianos que andan a la vigilia de un cambio político y social radical, que sea capaz de romper con el sortilegio de pobreza y desigualdad que ha dejado tras de sí tres décadas de democracia. Una democracia que hasta la fecha, ha estado acompañada por la persistente sombra de la inestabilidad política.
Este 15 de Enero Correa llega al “
Ecuador” de un mandato que podría extenderse, si es ratificado como Presidente de la República en las elecciones presidenciales que tendrán lugar el próximo mes de abril, lo que aseguraría su legitimidad frente a la Comunidad Internacional y ante los millones de ecuatorianos que aprobaron la redacción de una nueva Carta Magna para el país, la cual cumple fielmente con los cánones del “Socialismo del Siglo XXI”, tan proclamados por su colega Hugo Chávez Frías.
De cara al futuro da la sensación de que Correa tiene todo a su favor para poner en marcha su proyecto revolucionario, tan constantemente asociado con el de Chávez, ya que al igual que el líder venezolano, Rafael Correa cuenta durante su primer período de gobierno, con el apoyo íntegro de las instituciones estatales, pero sobre todo, con la del voto popular que todavía ve en el gobernante, la esperanza del cambio y la construcción de un futuro mejor para Ecuador.

Por lo que, a pesar a la feroz campaña que Correa ha llevado a cabo desde el principio de su mandato contra los medios de comunicación, empresarios y grupos detractores de su administración, el mandatario no cuenta con una oposición firme y organizada que actúe como conductor de ese debate público tan necesario que debe estar presente en toda democracia que se respete. Es incuestionable que el hambre social del pueblo ecuatoriano, la misma que padece toda la región latinoamericana, se satisface a punta de discursos populistas y superdotados de promesas políticas, y no con hechos concretos que demuestren mejoras para el país.
Los mismos conciudadanos de Correa admiten en las encuestas, como las de Cedatos-Gallup que ostenta un 95 por ciento de fiabilidad, que la situación del país no ha mejorado en estos dos últimos años, sino que ha habido un deterioro de la misma, pero que confían que los cambios van a llegar.
Precisamente esa fe que los ecuatorianos depositan en su presidente es lo que está haciendo que Rafael Correa se sienta cada vez más cómodo dentro del gobierno y confiado de su capacidad para perpetuarse en el poder. Ojalá que tales niveles de confianza no le conduzcan por la senda equivocada, un temor que están comenzando a experimentar los grupos sindicales y las comunidades indígenas del país, la cuales tienen previstas una serie de movilizaciones en el aniversario de su segundo año de mandato.
Quizá ha llegado el momento de que Correa, economista formado en EEUU y ex Ministro de Finanzas, abra los ojos y haga un proyecto de país acorde con las realidades políticas y sociales de Ecuador, y no convierta su modelo de gobierno en una copia más de la franquicia en la que el Presidente Hugo Chávez ha convertido el socialismo.