debate en la publicidad
"Dios en los autobuses", continúa la polémica
miércoles 21 de enero de 2009, 14:47h
El Programa de RTVE “Cincuenta y nueve segundos” del miércoles 14 de Enero pasado sobre el tema de los anuncios en los autobuses me pareció un poco soso, sin argumentos especiales por un lado y los ya esperables por el otro. Parte del pugilato se concentró en el deseo de demostrar hasta la saciedad, por si acaso quedaban dudas, el respeto que se tenía a los demás interlocutores, cosa muy importante hoy que vivimos bajo la dictadura de lo “políticamente correcto” pero que consumió a veces tiempos preciosos de los que tan limitadamente permite el programa.
Bastante otro tiempo, como era de esperar, se dedicó a la segunda línea de los anuncios, la más vulnerable, por meterse a dirimir en ese momento un concepto tan amplio y a veces tan subjetivo como es la felicidad y pretender ligarlo a la creencia en Dios. Dio la sensación como si todos hubieran descubierto a la vez un patinazo en el que, curiosamente, habían caído las dos partes por igual. Creo que ambas campañas harían bien en quitar esa segunda línea porque hay muchísimas más cosas que influyen, tanto o más que la religión misma en la felicidad: un punto de vista positivo hacia lo que nos rodea, el sentido del humor, el reconocimiento y aprecio de los demás, la autoestima, la familia, sí, la familia, la consciencia de estar haciendo o haber hecho algo por los demás y una larga lista en la cual nos quedaríamos siempre cortos.
Hubo varias incursiones hacia el pasado histórico que se cortaron en un momento con muy buen acuerdo, porque el pasado, sobre todo por el lado de los creyentes (los otros no existían y si había alguno, por mucho menos habría perecido en la hoguera) estaba lleno de claroscuros y era mejor “no meneallo”. Pero me llamó la atención que tales alusiones se quedaron en mencionar “hace dos mil años” en clara referencia al Dios Cristiano cuando era de esperar un tratamiento mucho más amplio.
El concepto de lo sobrenatural, siempre presidido por uno, varios o muchos dioses o espíritus, es tan antiguo como el hombre mismo y estaba ya presente en las cuevas paleolíticas, si no mucho antes cuando el Homo sapiens no había salido de las sabanas africanas. Es uno de los argumentos – no muy convincente, es cierto - que se esgrime en la apologética cristiana para demostrar precisamente la existencia de su Dios.
Las religiones (re-ligo, ligamiento del hombre a la divinidad) estuvieron por aquella época muy desligadas de aspectos y normas morales porque bastaba para la convivencia la autoridad del chamán o del jefe de la cueva, sólo habitada por un reducido grupo de cazadores. Pero las ideas religiosas en sí nacieron muy pronto porque cumplían un papel muy importante. El primer animal capaz de pensar se preguntó inmediatamente sobre todo lo que le rodeaba y al carecer de respuestas se las fue inventando de forma gradual, las atribuyó a lo sobrenatural y se asió fuertemente a esto último.
Hay que llegar al Neolítico, hace unos diez mil años cuando un invento mucho más tangible, la agricultura, hace crecer fuertemente la población humana de casi todas las zonas habitadas y surge la necesidad de unas normas para intentar regular una convivencia cada vez más difícil. Surgen profetas y predicadores por doquier, la mayoría desconocidos por lo lejanos en el tiempo, que van cediendo su papel a los grandes predicadores que todos conocemos mejor por quedarnos más cerca: Confucio, Buda (pacifismo a ultranza), Zoroastro, Moisés (tablas de la Ley), Cristo (amor al prójimo) y más modernamente Mahoma, Lutero y Marx. Todos tienen sin lugar a dudas la buena intención de cambiar y hacer más habitable el mundo y sólo cuando predican conceptos tan excluyentes e infumables como la “dictadura del proletariado” duran bien poco. Es de esperar que los sectores que aún predican la intolerancia tengan cada vez menos cabida en nuestras sociedades.
El más claro y conciso fue Zoroastro quien dice en una sola línea - “No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti” - lo que a los otros les costó tanto esfuerzo y hasta la muerte. Entre todos ellos habría unos cuantos que sentados alrededor de una mesa camilla coincidirían en gran parte de sus planteamientos morales.
El paso de esa primera etapa, la necesidad de explicar el mundo desde la que arrancan todas las religiones a esa segunda que pretende ayudar en una convivencia cada vez más complicada, es muy difícil de estudiar. Pero vale la pena hacerlo porque muchos de estos predicadores buscan reforzar sus argumentos apoyándose en las teologías anteriores, a veces muy imperfectas pero siempre bien cimentadas por siglos y milenios de fe. Sin embargo no deja de haber novedades interesantes. La idea del dios único, por ejemplo, surge en el cautiverio de Babilonia, donde los hebreos que pasaron setenta años sin demasiado que hacer, se dedican a expurgar sus textos. La misma idea tuvieron los egipcios en tiempos del faraón Aken-Atón, pero los poderes fácticos del momento abortaron la idea. El Dios cristiano tiene una clara filiación a partir del hebreo con algunas concesiones al paganismo mediterráneo al que pronto conquistó ideológicamente, o quizá a la Trinidad hindú. Es de notar el primitivismo teológico y la pobreza en conceptos morales del mundo indoeuropeo mediterráneo en contraste con los hindúes, también indoeuropeos, primos en sus lenguas. Quizá en parte paliaron algo ese déficit la filosofía griega (un poco torpe en el segundo aspecto pero maravillosa en sus intentos de explicarse el mundo) y el desarrollo posterior del derecho romano.
No soy ni ateo ni creyente. Me siento convencidamente agnóstico, que creo engloba el ateísmo pero va más lejos porque consiste en no creer en nada que no esté demostrado científicamente y esto siempre de forma provisional y sin hacer nunca demasiado hincapié porque a menudo hay siempre cosas que pueden cambiar los matices de cualquier verdad y se debe estar siempre abierto a admitir otras posibilidades. Es cierto que hay verdades mucho más firmes que otras, pero eso no cambia el fondo de la cuestión.
A pesar de todo pongo todos los años mi crucecita del Impuesto sobre la Renta en la casilla de la Iglesia Católica, porque tengo un agradecimiento infinito a las normas morales que a través de ella recibí. En un mundo donde la población crece mucho más deprisa que en el Neolítico y la Ley Civil está claramente desbordada por la situación – no hay más que mirar alrededor – a lo religioso le queda aún un importantísimo papel que cumplir. No nos aceleremos. Sobre todo cuando lo religioso es todavía muy mayoritario en el mundo si se tienen en cuenta todas las creencias, algo que nadie hizo el otro día.
CÉSAR GÓMEZ CAMPO
Catedrático de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Complutense