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El compromiso del escritor

miércoles 21 de enero de 2009, 21:12h
La palabra intelectual o, más genéricamente, “los intelectuales”, son términos que comenzaron a manejarse en Francia a raíz de la intervención, ciertamente decisiva, de Émile Zola en el asunto Dreyfus. El “Yo acuso”, que Zola publicó en defensa del militar judío, tan injustamente condenado, marcó un hito, aunque su actitud tuviera notables precedentes. Basta pensar en Victor Hugo para ilustrarlos.

En este sentido, el compromiso se confunde con la honradez intelectual, pero en este siglo que acabamos de dejar atrás, el “compromiso” ha tomado, a menudo, la vereda del dogmatismo sectario y, más concretamente, ha conducido a la izquierda hacia callejones sin salida, hacia posiciones que, vistas a la distancia que el tiempo procura, son, sencillamente, detestables.

En efecto, durante demasiado tiempo, muchos intelectuales se han sometido a lo que podía denominarse compromiso de consigna. No fueron los comunistas quienes inventaron el procedimiento, pero sí fueron ellos quienes lo manejaron con especial maestría, desde los tiempos de Willi Münzenberg hasta que Gorbachov dejó caer el muro de Berlín.

Un tipo notable este Münzenberg, que acabó asesinado en Francia a manos de un agente estalinista durante los tormentosos días de la primavera de 1940 en los cuales el ejército alemán arrasó Francia. Así le pagaron los servicios prestados. Fue él quien, por cuenta del Kominterm, inventó el halago político hacia los intelectuales europeos para utilizarlos en beneficio de la causa. Con cierto desdén, Münzenberg se refería a ellos como “el club de los inocentes”. Cuando se imponían los tiempos más oscuros del estalinismo, Münzenberg logró que la Unión Soviética apareciera ante la opinión progresista del mundo como el gran adversario del totalitarismo.

Creo que, entre todos los miembros de ese “club de los inocentes”, hay un ejemplo que resulta especialmente llamativo. Me refiero a Jean Paul Sartre. Sartre fue siempre partidario del “compromiso”. Pero ¿de qué “compromiso”? A menudo, el “compromiso” con el estalinismo. ¿Cómo pudieron –cabe preguntarse- Sartre, y tantos otros intelectuales de la época, cerrar los ojos ante los crímenes del estalinismo? ¿Fueron conscientes del daño irreparable que ellos mismos producían en millones de víctimas? ¿Acaso ignoraban lo que estaba pasando?

Sin salir de ese tiempo y de esa generación, hubo ejemplos en Francia que muestran cómo la actitud crítica y antitotalitaria era posible sin caer en el elogio del capitalismo. Albert Camus o Merleau-Ponty son paradigmas de ello.

Camus -en quien Sartre siempre vio a un competidor, alguien que no se dejaba arrastrar hacia la secta- mostró toda su vida una libertad de criterio y de crítica de la que no disfrutaron los sartrianos. Y nadie negará que Camus fue un intelectual comprometido. Comprometido hasta las cachas. Incluso con las armas en la mano cuando fue necesario, durante la Resistencia. En una mano un arma y en la otra la pluma para crear el periódico “Combat”, que tanto influyó en la gente de su generación.

La divergencia definitiva entre Sartre y Camus, aunque larvada desde tiempo atrás, estalló con ocasión de la guerra de Argelia. Una guerra que, una vez más, partió a Francia en dos mitades. Para Sartre y sus conmilitones de un lado estaban los buenos: los argelinos que luchaban por su independencia, y del otro los malos: los franceses que allí residían desde hacía siglo y medio. Y claro está, los buenos tenían toda la razón, pues el viento de la Historia soplaba en sus velas... y poco importaba que los “buenos” pusieran bombas en los autobuses provocando matanzas. ¿Para qué pararse en minucias tales como unos cuantos niños despanzurrados? ¿Acaso no se sabe que la violencia es la partera de la Historia?

Camus, que había nacido y vivido en Argelia y era partidario de la independencia argelina, no podía conformarse con el maniqueísmo circundante e introdujo los matices que exige cualquier situación compleja. Quien haya leído o visto , por ejemplo, una representación de “Los justos”, la obra de teatro que Camus colocó en la Rusia pre-revolucionaria, sabrá de esos matices camusianos.

Entre nosotros, Max Aub se propuso trasladar bellamente al lector la emoción de lo ya vivido; ése fue el “compromiso” asumido por Aub. Las novelas que componen el “Laberinto mágico” lo demuestran de forma contundente. Pero Aub se negó siempre a vivir a golpe de consigna. Nunca perteneció al “club de los inocentes”, aunque ello le costara buenos disgustos. Privado por el franquismo de su público natural, es decir, del lector español, tuvo que pelear en dos frentes. Contra Franco y su implacable censura y contra quienes, desde el estalinismo, pretendían marcarle el camino. Es más, su actitud crítica hacia los comunistas españoles le trajo no pocos desencuentros y distancias con personas, exiliadas como él, a las que había querido mucho y a las que siguió queriendo a pesar de todos los pesares. Sus diarios están plagados de referencias y reflexiones a este respecto. Como republicano y socialista, crítico en muchos aspectos con la política norteamericana de la época, nunca quiso oír los cantos de sirena, por ejemplo, de las agencias culturales (“el congreso para la libertad en la cultura”) convenientemente engrasadas por el Departamento de Estado, y se encontró entre la espada y la pared.
“El hombre de nuestro tiempo –dicen- está forzado a escoger entre dos soluciones políticas contrapuestas... Para nosotros, españoles republicanos, se añade el dilema de nuestra situación especial. Es evidente que la política de los Estados Unidos es favorable a Franco y que la de la URSS le es contraria... Pero ¿será cierto que debemos escoger? ¿No existe la posibilidad de un mundo donde se dé a la Igualdad lo que es de la Igualdad y a la Libertad lo que es de la Libertad?” (El falso dilema, en “Hablo como hombre”).

Pero no se trataba tan solo de su difícil posición política, el asunto tenía también que ver con su oficio, con su propia vida de escritor.

“Ahí es nada: decidir por decreto que la música de Prokofiev y Shostakovich es mala y hay que hacer otra” (respecto a un comunicado del Comité Central del PCUS. Diarios. 25 de abril. 1948).
“Pero, ¿qué te has creído? ¿Que soy un propagandista político o un escritor? ¿Qué me reprochas? ¿Que mis personajes se mueven por resortes sentimentales y no políticos? Echa una mirada a la estantería: Tolstoi, Balzac, Cervantes, los setenta tomos de Rivadeneyra… ¿qué escritores están con vosotros? ¿Neruda, Jorge Amado, Fast? ¿Queréis que hagamos una lista de los que no lo están?… Pedís unidad y desunís. No queréis más unidad que la que está bajo vuestra égida” (Diarios. 16 de mayo. 1951).
“Ahí está la obra política de vuestros escritores. ¿Qué vale? Bien poco… Los grandes cantos civiles de nuestro mundo no fueron escritos por consigna ni son consecuencia de limaduras de comités, centrales o no. Ahí reside, a mi juicio, una de las grandes equivocaciones de la política comunista” (Diarios. 27 de junio. 1951).
“O se es jesuita o se es escritor; o se es comunista o se es escritor. No se puede ser escritor comunista, a lo sumo comunista escritor, lo que es muy distinto” (Diarios. 24 de marzo. 1951)
“La imposibilidad de entenderse con los comunistas reside en que, para ellos, todo es política; es decir, movible, inseguro, sujeto a rectificación si viene al caso. No les importa más que el poder. Muy poco lo demás” (Diarios. 5 de diciembre. 1955).

Queda claro, por lo tanto, que el compromiso de Camus, de Max Aub y de tantos otros creadores parte de la honradez intelectual y complementa su otro compromiso, el que sostienen con su propia obra. Es el doble compromiso de los incorruptibles. Una lección moral y civil.
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