La sonrisa del Buen Dios
jueves 22 de enero de 2009, 22:56h
Mi ángel de la guarda, a quien he puesto el nombre de Baltasar, me acaba de susurrar un chisme celestial. Por lo visto, de un tiempo a esta parte y mientras Dios contempla la humanidad terrícola, se desgañita de risa cada vez que alguien descubre en el planeta unos extraños autobuses con leyendas sobre su existencia y las correspondientes consecuencias en torno a vivir felizmente. Añade Baltasar que cuando alguno de sus compañeros angélicos se muestra mohíno por el hecho, Dios le responde que no hay para tanto y que, en realidad, le llama la atención la nueva intensidad con que los humanos, sus propias criaturas, debaten sobre Él y su relación con sus pequeñas vidas. La infinitud de coros angélicos han llegado a comprender que Dios es tan Bueno que acaba por sonreír ante la mayoría de estupideces humanas, no tanto nacidas del odio vengativo como de pasiones incontroladas. Como ésta.
Recuerdo, al efecto, que hace años, en los setenta, el obispo reformado Robinson puso de moda aquello de el silencio de Dios y todos repetíamos la expresión cuando no sabíamos qué responder frente a los males de este mundo. Hasta que algo más tarde, creo que fue Ignacio Ellacuría quien advirtió que el problema no estaba en el silencio de Dios, siempre elocuente en Jesucristo y su Evangelio, antes bien en el silencio del hombre, responsable directo e inmediato de la tierra regalada desde el comienzo. Quedamos admirados ante tal reconvención del más tarde asesinado en El Salvador, y decidimos cambiar la hoja de ruta un tanto cabizbajos. El problema no era la actitud divina sino la nuestra, la tan frágil actitud humana.
Ahora pues, sonríamos como el Buen Dios ante esta trama de los autobuses y pensemos en nosotros mismos. Es el momento de preguntarnos, de verdad, si somos creyentes o increyentes. Ya ven.
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Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas
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