Violencia sin género
sábado 24 de enero de 2009, 17:44h
Escribo esta página después de conocer el último caso de violencia machista. Ha ocurrido en Cataluña y lo ha protagonizado una mujer que atropelló mortalmente a su ex pareja tras una discusión.
Quizá se extrañen de que use la expresión “violencia machista” para describir un crimen en el que el agresor es una mujer, pero: ¿saben ustedes el nombre exacto bajo el cual se tipifica esta figura delictiva?
Mi primer impulso fue denominarla “violencia de género”. Un error, según me han dicho, porque la ley reserva esta fórmula para los casos en los que el agresor es un varón. La agresión de una mujer a su pareja sería, en cambio, “violencia doméstica”. No se trata de palabras, la cosa es relevante porque en este último caso las penas son menos severas, bastante menos. En la ultravanguardista legislación española, ser hombre se ha convertido en un agravante.
El asunto tiene miga. Está primero la arbitrariedad de incluir bajo el concepto de género una violencia que puede responder a causas diversas y no sólo al machismo del agresor (locura, venganza, piedad eutanásica). Está luego la duda de si dicha fórmula no será fruto de un descuido nada inocente del legislador, más interesado por la gestión del delito que por el delito mismo. Por último, alarma que en nuestro ordenamiento jurídico exista todavía el delito de autor, una aberración jurídica incompatible con el principio de igualdad, fundamento del estado de derecho.
La dulce Bibiana quizá rebajaría la importancia de las consideraciones anteriores diciendo que son menudencias escolásticas al lado del montón de mujeres asesinadas a causa de la violencia machista. La democracia española no debe sentirse acomplejada si, para protegerlas, atropella un poco los principios. ¿No actuó acaso de la misma forma el Senado de los Estados Unidos al suspender el 8 de septiembre de 2006 el habeas corpus para las personas detenidas como sospechosas de terrorismo? Escrúpulos de esta clase son por otra parte absurdos en un país que, tras borrar las diferencias entre matrimonio, concubinato y contubernio, se ha puesto a la cabeza del derecho mundial. Además: ¿por qué el triunfo de la política sobre la ley no puede representar también un progreso?
Pero no todo el mundo aceptaría sin más estas observaciones. Algunos piensan que la distinción entre violencia de género y violencia doméstica, nuestro guantánamo legal, se basa en un prejuicio del legislador: que el género de la violencia de género es, a priori, el masculino. Sin embargo, el número de varones asesinados por sus mujeres no es tan irrelevante como para que ni siquiera se mencione. ¿Por qué no se hace?, y sobre todo, ¿por qué no se hace nunca?, ¿quién ha decidido que no constituye una información útil?
Mucha gente cree que el mayor defecto de nuestra democracia es su torpeza para defenderse. Somos demasiado indulgentes con los malhechores. Azora sin duda que un terrorista condenado a mil años de cárcel permanezca en ella sólo un par de lustros. Esto probablemente tenga que ver con la forma en que nació nuestro régimen político. Los padres de la Constitución, preocupados con la reconciliación nacional y conscientes de que el sueño de un mundo sin violencia es un sueño muy peligroso, prefirieron restringir el poder del Estado en favor de los derechos ciudadanos. Había que evitar que logros costosamente adquiridos en la lucha por la libertad peligraran aquí con la excusa de que limitando el ejercicio del poder se recorta la capacidad de las instituciones para resolver los problemas.
El equilibrio entre seguridad y libertad nunca es fácil. Siempre hay partidarios de inclinar la balanza de un lado o del otro. Por eso es tan esencial respetar los principios. Si estos se supeditan a las decisiones políticas lo que se pone en peligro es el estado de derecho. Tal ha ocurrido en Estados Unidos debido a la psicosis desencadenada por la amenaza terrorista. Una larguísima tradición fue quebrada al limitar los derechos de los sospechosos. Nosotros hemos incurrido en el mismo error. La estigmatización de que ha sido objeto la condición masculina por parte de los sectores más tajantes del feminismo –último reducto del pensamiento patriarcal, es decir, del utopismo, aquella posición que consiste en creer que la vara que uno empuña es una varita mágica –, lejos de resolver el problema de la violencia machista, lo está enquistando. Y es que si una hoja nos impide contemplar el panorama, el remedio es cortarla, no arrancar de cuajo el árbol.