Cara Italia
jueves 29 de enero de 2009, 23:22h
A muchos de nosotros, y desde hace ya bastantes años, la situación italiana nos produce una desasogante perplejidad. Ocurre que no nos acostumbramos a reconocer en esta sociedad a la deriva aquella referencia imprescindible que era en muchos aspectos la vida cultural y política de Italia. Cierto que el sistema político italiano pivotando siempre sobre el fulcro inamovible de la democracia cristiana albergaba una clase política endogámica y superflua, pero confiábamos que la verdadera izquierda pudiese presentarse como alternativa. En cualquier caso, mientras tanto, la economía italiana permitía trasformaciones sociales envidiables para nosotros y la cultura italiana de perfiles claramente progresistas presentaba un fascinante panorama en muchos de sus campos. Si se piensa en la Universidad y en concreto en los estudios jurídicos, no se podía pasar por alto la brillantez de algunos de los exponentes, ya hablemos de Bobbio en la Teoría del Derecho, pero también de Mortati , Crisafulli , o Giannini en sectores del derecho público como el derecho constitucional o el derecho administrativo.
El tinglado de la vieja sociedad se ha venido abajo y el panorama es bastante preocupante, como muestra un interesante trabajo que acaba de publicar la New York Review of Books (número de diciembre), recapitulando el contenido de algunos libros recientes sobre la situación italiana actual. Tenemos una sociedad de crecimiento económico estancado, desde comienzos de los noventa, que asume muy mal la globalización del mercado, en parte por el carácter artesanal de buena parte de su producción, con un margen muy estrecho para manejar la situación económica, al haber pasado los instrumentos de política monetaria a las autoridades europeas, con una burocracia hipertrofiada y corrupta, con una clase económica dirigente, mayor y anticuada, una universidad encastada y atrofiada y, en general, una comunidad incapaz de asumir decisiones que pongan en cuestión los intereses de cada sector. Sobre esta sociedad “paralizada y disfuncional, enfadada, intensamente insatisfecha” pero incapaz de reaccionar se sitúa un aparato político, preocupado de sus prerrogativas, inmunidades y privilegios a cuya cabeza está ese personaje, chusco y provocador, incomprensible en un país de la sabiduría y elegancia italianas, Silvio Berlusconi.
Afortunadamente no solo nos llegan de Italia señales equivocadas, se refieran al trato hipócrita oficial respecto de los inmigrantes, o actitudes absurdas en relación con la igualdad de las mujeres o los derechos de algunos colectivos marginados como el de los homosexuales. La vida cultural italiana muestra, sino a través de su universidad, por medio de otras expresiones, una vitalidad envidiable. No me refiero al cine sino al ensayo. Les propongo la lectura del último libro de Magris, La historia no ha terminado, recientemente publicado en España, donde encontrarán las reflexiones libres, sabias y valientes de un gran moralista sobre los problemas de nuestros días, en especial sobre la laicidad y el necesario respeto de la Religión , como valores culturales en las sociedades actuales.
La sugerencia quizás más interesante que yo he encontrado en el libro de Claudio Magris es su demanda para estos recios tiempos de hombres buenos, que no son aquellos que se adaptan bobaliconamente a cualquier propuesta de mejora del mundo, procurando complacer a todos, sino quienes, con inteligencia a la vez que coraje, son capaces “de reconocer el mal, enseñarle los dientes y arremeter contra él”.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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