Sacar a Dios de paseo
viernes 30 de enero de 2009, 22:09h
No está de más recordar, en estos días en que nuestro diario cumple su primer año de vida, que fue en sus páginas virtuales en donde se adelantó la reflexión sobre el curioso episodio del bus fletado para exhibir publicidad en torno a la probable inexistencia de Dios y sus consecuencias para la conducta humana. Fue José María Herrera, que suele acompañarles los domingos, quien publico el 29 de noviembre de 2008 su “Ateos y otros creyentes”, ironizando sobre la paradoja de que al creer que Dios no existe, hacemos un acto de fe idéntico al que la publicidad pretendía criticar. Lector de Baroja, recordaba aquello que un personaje le dice a otro, refiriéndose a las convicciones de un amigo anarquista: “Desengáñate. Se cree en todo como en la Virgen del Pilar”. Y naturalmente, tenía razón.
Mientras tanto el autobús ha llegado, en su lento viaje mediático, desde Londres a Madrid. Nuestras calles verán pasar algún urbano transporte con el enunciado “Probablemente Dios no existe” y la consecuencia: entonces disfruta de la vida. (Disculpen el exabrupto: ¿pero realmente queda alguien en este país que pueda sentirse preocupado ante el hecho de que Dios exista?).
Si se paran a pensar un momento y en su juventud leyeron las novelas de Dostoievski, notaran un aire de familia entre la publicidad teológica --¿o habría que decir a-teológica?—del bus y la estremecedora, aunque falsa, tesis de Ivan Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. En realidad es casi al revés. Cuando Dios existe como fe viva, que es la única forma de existir que puede tener para nosotros mientras no hayamos abandonado este “valle de lágrimas”, uno sabe a qué atenerse, pero también es consciente del peso de la propia libertad para acatar o disentir. Cobra entonces la vida un carácter dramático y una intensidad que muchos echan de menos. Sin Dios, todo se trivializa un poco. Pero no hay elección. Es curioso pero las épocas son las que toleran ciertas creencias y proscriben otras. Nuestros ateos del autobús son tan ridículos y están tan fuera de lugar como el párroco que saca en procesión “en serio” a la virgen de su ermita para poner fin a la pertinaz sequía.
Sin Dios estamos más solos y somos un poco más libres, es decir, vivimos con más dificultad y dolor el día a día porque no tenemos a nadie sobre quien evacuar nuestra propia terrible responsabilidad por las decisiones tomadas y las consecuencias no previstas. De modo que la asociación de ateos que asocia la probable existencia de Dios con el “pásatelo bien”, conectan indebidamente dos órdenes de realidad que nada tienen que ver. Desde la Ilustración en general y Kant en particular, sabemos que nuestro comportamiento moral es y debe ser autónomo y que no tiene más juez que el de la propia conciencia. Menudos ateos deben ser estos que esperan de la ausencia de Dios una especie de prebenda para gozar de las cosas de la vida. Es como si los adolescentes que hacen botellón, echados indolentemente sobre las aceras, pensaran al ver pasar el bus, que como Dios probablemente no existe, emborracharse, faltar a clase, incumplir las promesas, traicionar a los amigos, engañar a la novia o al novio (añada, hipócrita lector la falta o pecado que considere más repugnante) se puede hacer porque nadie te va a castigar por ello. Probablemente hacen lo que hace sin preguntarse si Dios existe. Probablemente, no necesitamos mensajes banales para justificar una existencia roma que se arrastra entre el egoísmo del yo-único publicitado y las buenas intenciones que nunca se convierten en acción. Probablemente los estoicos tenían razón cuando afirmaban que el pecado se bebe su propio veneno.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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