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La otra cara del secuestro

sábado 07 de febrero de 2009, 00:26h
Esta semana, seis secuestrados por la guerrilla de las Farc dejaron atrás la soledad y la espesura de la selva para reencontrarse con sus seres queridos. Por primera vez en muchos años, las familias de Alan Jara, ex diputado Sigilfredo López, la de tres policías y un oficial del ejército, pudieron tocar y abrazar el famélico cuerpo de los cautivos que, tras una larga espera, pudieron saborear la libertad.

Cuando se habla de secuestro, siempre se piensa en esa víctima que, por giros del destino, se convierte en una presa, cuyo ímpetu e independencia, ceden al sometimiento de sus captores por la fuerza, mermando su moral a costa de cadenas, golpes, gritos y hambre. No obstante, cuando se secuestra a una persona, también se retiene la vida de una madre, de un padre, de una esposa, de un hijo y de un hermano.

Los familiares de los secuestrados viven en paralelo el sufrimiento y la desolación del que se halla privado de su libertad, ya que también se encuentran atados a las cadenas invisibles de la tristeza, la incertidumbre y la angustia. Unas cadenas que son capaces de infligir tanto daño y dolor como los densos eslabones de metal que rodean los cuellos de los capturados. Ellos, al igual que los rehenes, están inmersos en una realidad paralela que puede llegar a lo irreal, como si de un mal sueño se tratara.

Afortunadamente, la pesadilla acabó para seis familias colombianas que esta semana pudieron sentarse juntos en la misma mesa. La silla que durante muchos años permaneció vacía en la esquina del comedor, ya tiene su ocupante.
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