Galileo y sus rehabilitaciones
sábado 07 de febrero de 2009, 18:48h
La Iglesia se propone rehabilitar a Galileo. Es una vieja costumbre que se repite desde 1741, fecha en que Benedicto XIV ordenó imprimir sus obras. La última fue en el pontificado de Juan Pablo II. Aparte problemas de conciencia, al Vaticano parece que le falla la memoria. Ya le ha ocurrido anteriormente. Todavía hay quien se pregunta cómo hubo un Juan XXI si no hubo un Juan XX.
Lo que nunca queda claro es si se rehabilita a la persona o a la ciencia. Ravasi, el presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, dice que debemos honrar a Galileo, el primer hombre que observó el cielo con un telescopio. Deliberadamente mezcla ambas cosas. Todo sería mucho más fácil si no se hiciera. Redimir a alguien acusado de herejía por profesar teorías que luego resultaron ciertas es sencillo, máxime cuando la autoridad competente no firmó la sentencia condenatoria. Si se trata, en cambio, de la ciencia, más que una rehabilitación que nadie va a tomar en cuenta, la Iglesia podría simplemente aclarar lo sucedido.
Pero: ¿es que acaso no conocemos suficientemente el episodio? Sí y no. Como en todo ejercicio de memoria histórica, sobran datos. Las interpretaciones han acabado confundiéndose con los hechos y no hay forma de separarlos. Desde hace mucho tiempo la verdad incontrovertible es que Galileo fue un mártir de la ciencia. Sin embargo, que un tribunal eclesiástico se arrogara el derecho a juzgar la validez de una teoría científica demuestra que la ciencia, como tal, no existía y que el rigor inquisitorial, agudizado con la Contrarreforma, no se dirigía a ella, sino a cualquier especulación sospechosa de sobrepasar los límites de la ortodoxia.
El fondo de la cuestión era otro. Las luchas entre católicos y protestantes sumían a Europa en una de las mayores crisis de su historia. En este contexto los papas, como el resto de los monarcas, hicieron lo posible por fortalecer su autoridad. El mayor defensor del poder absoluto de los papas fue el cardenal Belarmino, presidente del tribunal que juzgó a Galileo y autor de un importante texto, De clericis, en el que exalta la figura del Santo Padre como arbiter mundi. Un somero vistazo a este escrito basta para constatar que el problema de la verdad o falsedad del heliocentrismo era para Belarmino una cosa menor.
Aunque esto deslustre un poco la historia, la suerte de Galileo dependió menos de sus posiciones teóricas, incluso de las consecuencias subversivas de esas posiciones, que de la simpatía o aversión de los poderosos. Si alguien cree que en Roma la defensa del geocentrismo constituía entonces un asunto de vida o muerte está equivocado. La jerarquía no poseía esa vista de largo alcance que tenemos nosotros por haber nacido siglos después. Igual que nuestros políticos, miraban más por los intereses inmediatos que por las cosas mismas. Roma era, además, el centro de la diplomacia europea y, por tanto, un nido de influencias cruzadas.
Otro punto sobre el que se suele pasar de puntillas son las peligrosas amistades de Galileo. En la época de Padua, solía relacionarse con el grupo de patricios del círculo de los Morosini, de donde salieron los protagonistas del conflicto entre Venecia y Roma que llevó a Paulo V a excomulgar a la República: el dogo Leonardo Doná, el teólogo Paolo Sarpi (objeto de tres atentados de los que se acusó a la curia), etc. Cuando dejó el territorio de la Serenísima y marchó con los Medici de Florencia, Roma favoreció a Galileo con todos los honores. Luego, cuando las relaciones entre Roma y Florencia se deterioraron, las cosas cambiaron totalmente. Esto ocurrió por culpa de Urbano VIII, otrora protector de Galileo, que arrebató el ducado de Urbino a Ferdinando Medici, su legítimo heredero. Las luchas entre ambos culminaron en la guerra de Castro. Existen pruebas abundantes que demuestran que el proceso contra Galileo fue sólo una jugada en la larga partida que enfrentó a ambos magnates. El golpe que la Iglesia no podía dar al duque, se lo dio al criado.
En fin, sigan ustedes. Si contemplamos el proceso de Galileo como una suerte de simulacro en el que se hablaba de una cosa y se pensaba en otra (no olvidemos que por aquel entonces cuando un pintor pretendía aludir a la corona de espinos de Jesucristo pintaba un jilguero) quizá acertemos más que si nos quedamos con las explicaciones habituales. La cosa no es vana, especialmente en época de memorias históricas, porque nos ayudaría a entender mejor lo que se oculta siempre detrás de estas rehabilitaciones. Pero sean precavidos, sé por experiencia que cuando se juntan dos cables sueltos es fácil salir chamuscado.