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Plácido Domingo

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 09 de febrero de 2009, 23:40h
Hace cuarenta años el tenor italiano Franco Corelli, aquejado de una súbita indisposición, tuvo que ser sustituido a última hora cuando en el Metropolitan neoyorkino estaba a punto de comenzar la representación de la ópera “Adriana Lecouvreur”, en la que el cantante interpretaba el papel estelar de Maurizio. El sustituto tuvo que ser convocado a toda prisa y llegó con el tiempo justo antes de que se levantara el telón. Junto a la soprano Renata Tebaldi el entonces joven y desconocido tenor tuvo un gran éxito, que serviría de feliz presagio para su carrera posterior. Se trataba de un cantante español llamado Plácido Domingo. Era la primera vez que cantaba en el teatro de ópera de la “gran manzana”.

Cuarenta años y unos meses mas tarde, el 6 de febrero de 2009, Plácido Domingo ha vuelto a cantar en el Metropolitan el papel de Maurizio de “Adriana Lecouvreur”. En realidad estaba previsto que dirigiera la ópera desde el foso orquestal pero un conjunto inesperado de circunstancias –el tenor que esta vez debía interpretar a Maurizio, el argentino Marcelo Álvarez, se vio obligado a cancelar su participación en “Adriana” para encabezar el reparto, tambien en Nueva York, de “Il Trovatore” verdiano- hicieron que la dirección del Metropolitan sugiriera, y Domingo aceptara, volver a desempeñar el papel en el que los neoyorkinos le habian escuchado por primera vez hace cuatro décadas. Y Plácido Domingo ha hecho frente al reto con una voz modulada, potente y juvenil, con una impresionante presencia escénica, con una excepcional musicalidad en la expresión y en el fraseo. La noche del estreno, cuando ya su presencia en la escena había sido recibida con una ovación incluso antes de que hubiera emitido una sola nota, el complicado publico de la ciudad la aplaudió durante largos minutos y con un delirio que solo las figuras excepcionales despiertan. Cada vez que el español salía al proscenio para emocionadamente agradecer las muestras de entusiasmo la sala parecía estremecerse con una bocanada de sonoras adhesiones.

Plácido Domingo acaba de cumplir sesenta y ocho años y el tenor tiene la coquetería inversa de no ocultarlos. El mismo dice preguntarse todas las mañanas si puede seguir cantando y, al comprobar que así es, sigue con su deslumbrante carrera, para asombro de propios y extraños. Hace dos años, tambien en el Metropolitan, repuso la casi olvidada “Cyrano de Bergerac”, pocos meses después de haber interpretado el “Otello” de Verdi, que para muchos de los incondicionales aparecía como el canto de cisne del tenor. Ahora mismo está preparando para cantar la próxima temporada el “Simón Boccanegra”, uno de los pocos papeles verdianos que le quedan por interpretar. Y durante la temporada cantará “La Valkiria”, “Ifigenia en Taulide”, “Parsifal” y “Cyrano” en varios teatros del mundo. Todo ello, por cierto, con la calidad, la entrega y el sentido artístico que el cantante español ha sabido mantener intactos, cual si de milagro se tratara, durante cuarenta años.

Pero además el Domingo cantante se triplica en los papeles de director de orquesta y de director general de dos compañías de ópera, las de Washington y Los Ángeles. El hecho de que la misma persona pueda con solvencia cantar el papel protagonista de una ópera o alternativamente dirigir la orquesta que interpreta su partitura debe ser único en la historia de la música. Que además esté a cargo de la multiplicidad de tareas administrativas, artísticas, financieras o promocionales de dos teatros de ópera separados por cinco mil kilómetros y tres husos horarios supera el terreno de la comprensión para entrar en el de la leyenda. Christine Hunter, la actual presidenta del Metropolitan, con una larga experiencia en el mundo de la ópera, me confesaba la noche del estreno de “Adriana” su admirada y agradecida incredulidad ante la resistencia, la dedicación y la sobrehumana capacidad del tenor español para empeñarse con tanto vigor y acierto en esa carrera larga, multifacética y fructífera. “Es una fuerza de la naturaleza”, me decía, “y todos le debemos admiración y agradecimiento”.

En verdad nadie se los regatea. Recuerdo una representación en la ópera de Washington, hace años, cuando todo lo que podía salir mal estaba saliendo mal: varios cantantes sustituidos; los subtítulos estropeados; mal movimiento de los decorados. Ante cada una de las pifias, Plácido Domingo, como director del teatro, salía a dar la cara para ofrecer explicaciones y pedir excusas pero lo que en circunstancias normales se hubiera convertido en una fenomenal bronca con Placido se transformaba en crecientes ovaciones a su persona. Profesionalidad, dedicación, esfuerzo. El permanente ejemplo de un español excepcional.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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