O de todos, o de nadie
martes 10 de febrero de 2009, 22:20h
En una sala de exposiciones madrileñas está a punto de cerrarse una exposición que, tomando como motivo el 75 aniversario la inauguración de la antigua Facultad de Filosofía y Letras, en la Ciudad Universitaria madrileña, ilustra el brillantísimo momento cultural y
académico que se vivió en aquellas aulas y que se truncó, trágicamente, con el desencadenamiento de la guerra civil.
La muestra nos ofrece las imágenes de una juventud ilusionada que contó con la guía de maestros inigualables, que secundaban los
proyectos educativos que encarnaba un joven decano, Manuel García Morente. El crucero de estudiantes y profesores por el Mediterráneo,
en el verano de 1933, se convirtió en un excelente ejemplo de aquellos aires que Ortega y Gasset evocaría, años más tarde, en una carta a
Victoria Ocampo: “era una verdadera maravilla; en ciertos aspectos, algo sin par en todo el mundo”.
La exposición, que evoca con maestría aquel ambiente, ha merecido algunas páginas enfervorizadas en la prensa impresa y nos lleva de la mano por lo que fue, sin duda, un luminoso esfuerzo modernizador que quedaría sepultado en la barbarie de la guerra. El contraste queda aún más claro por el empeño de los diseñadores de la muestra por separar ambas situaciones.
De una parte, las luminosas salas dedicadas a la amable experiencia académica de jóvenes, brillantes e ilusionados, dirigidos por un selecto grupo de hombres sabios. De otra, un espacio en penumbra completamente ocupado por una siniestra maqueta, en la que se representa la geografía de la lucha fratricida en lo que había sido ciudad universitaria, mientras los medios audiovisuales nos traen imágenes y sonidos de guerra. La maqueta parece representar el cementerio de todas las ilusiones que se habían forjado en las salas anteriores.
Dejando a un lado la idea, muy discutible, de que aquel proyecto de Ciudad Universitaria fuese un producto exclusivo de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza –en donde siempre se pensó que era mejor construir personas que edificios- resulta difícil creer que ninguno de los dos bandos tuviera mucho que ver con los proyectos educativos que se habían forjado en aquel campus universitario entre enero de 1933 y julio de 1936.
García Morente, figura central de la exposición, tuvo que salir precipitadamente de España, dos meses después del comienzo de la lucha, conmocionado por la noticia de que su yerno había sido fusilado en Toledo por ser miembro de la adoración nocturna, y consciente de que su propia vida corría peligro. Un discípulo y colega suyo presidía la comisión depuradora que había propuesto que se le privara de la cátedra.
Ortega y Gasset, una de las figuras más destacadas de aquel claustro, había abandonado España un mes antes, después de haber vivido sus últimos días en Madrid bajo la protección del pabellón británico, y Américo Castro –otro de los grandes inspiradores de aquellas reformas- se había ido a San Sebastián en cuanto estalló la sublevación militar. Desde allí pasaría a Francia, preámbulo de un exilio que se prolongaría durante más de treinta años.
No. En aquella lucha del mes de noviembre de 1936 no se dirimía ya ningún proyecto modernizador ni era posible ya reconocer las ilusiones y esperanzas de los universitarios que habían ocupado, a comienzos de 1933, un luminoso edificio salido de las manos de los arquitectos Agustín Aguirre y Modesto López Otero, con la ayuda del ingeniero Eduardo Torroja.
Lo que se vivió en la maltrecha Ciudad Universitaria madrileña desde finales de 1936 era, simplemente, la expresión de un pavoroso fracaso colectivo de todos los españoles, empeñados únicamente en el exterminio mutuo.
Con víctimas y verdugos en ambos bandos. Con canallas, héroes y mártires en ambos bandos.
Aquellas iniciales ilusiones universitarias habían quedado definitivamente enterradas y no son ya de nadie.
Aunque debieran seguir estimulándonos a todos
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Catedrático de la UCM
OCTAVIO RUIZ-MANJÓN es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid
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