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De espionajes y corrupciones, cacerías y recusaciones

viernes 13 de febrero de 2009, 01:44h
El juez de instrucción de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, ha sido recusado a instancias del Partido Popular “por enemistad manifiesta” en el sumario que sigue por el llamado “caso Gürtel”. Si bien el detonante fue la coincidencia en una cacería del ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo y el propio Garzón, el paso dado por el PP no ha causado sorpresa alguna en mentideros jurídicos. Los motivos en los que se fundamenta la recusación son aparentemente sólidos. Baste señalar la trayectoria política de Garzón, en la que sobresalen tanto su vinculación con el PSOE -con el que llegó a ocupar un alto cargo- como sus declaraciones en contra del PP, para darse cuenta de que los antecedentes políticos del magistrado no le coloca en un lugar precisamente imparcial a la hora de enjuiciar asuntos con un trasfondo como el del “caso Gürtel”.

Vaya por delante que el mero hecho de coincidir, entre varios invitados, en un evento (la cacería, en este caso) no tiene, en principio, que ir más allá de una imprudencia, más o menos obscena, dado el contexto y los actores en cuestión -sobre todo, en el caso de un magistrado que entendía una causa tan sensible para uno de los dos principales contendientes en varios procesos electorales en puertas. Si el hecho hubiese quedado ahí, sacar conclusiones de una mera coincidencia, sería una muestra más de ese rasgo tan hispano como es el de “pensar mal”, en el doble sentido de la palabra. Esto es, un ejemplo de pensamiento desordenado que convierte una correlación casual en una relación de causalidad. Una falacia, el de este ejemplo cinegético, no menor que la de repetir incansablemente en la TV que pagan los contribuyentes la imagen de uno de los imputados hoy en su aparición, bastantes años atrás, como testigo del yerno del Presidente Aznar. En ambos casos, se busca producir una reacción emocional que oscurezca el análisis racional: el Ministro y nuestro magistrado mediático, rodeados de “bambis” ametrallados, en un caso; la boda de “pijos” y “yupis”, de dudosa honestidad, asociada a la imagen de Aznar, en el otro.

Pero es que, a un lado y otro, hay algo más. El ministro y Garzón no sólo cazaron juntos el sábado, sino que cenaron juntos esa misma noche y, en una cita bastante más discreta, la noche anterior. Eso, unido a que este tipo de asuntos no llegan, como otros, al juez instructor en reparto aleatorio, que, además, datos del sumario “secreto” se filtrasen a medios habitualmente sectarios en relación al PP, y que destacados socialistas siguiesen ese hilo para hacer labor de desgaste, han sido las gotas que ha colmado la paciencia de los populares. Desde la sede socialista de Ferraz, se insiste en que todo se circunscribe a un encuentro, más o menos desafortunado pero casual, en una cacería. Una afirmación sin duda verosimil para ciudadanos de a pié pero más difícil de explicar para quienes saben lo que es una montería: un evento que, dadas sus características y organización, siempre está previsto con mucho tiempo. Y, para el cual, por motivos de seguridad, los escoltas del ministro de Justicia y del magistrado de la Audiencia Nacional han de saber, con toda certeza, quién acude a cita tan elaborada –y armada- con suficiente antelación. Por eso mismo, si había indicios de que la posible recusación de Garzón pudiera tener una motivación fundada, la torpeza -si es que es sólo eso- de Garzón y Fernández Bermejo durante su fin de semana cinegético deja a ambos en muy mal lugar, amen de aportar un inesperado apoyo a dicha recusación. En política importa el fondo, pero también las formas.

Y a ello se agarra el PP. Quien, por cierto, parece haber salido de su letargo al rebufo de todo este asunto, con una puesta en escena dramática y contundente, acusando al Ministro de Justicia de haber propiciado una “trama contra el Partido Popular”, cara a unas elecciones parciales en que iba muy justo y para desviar la atención de una situación económica y social catastrófica. Mientras, el Gobierno y medios afines, que no pasan precisamente por su mejor momento económico, señalan que la teatralidad de la cúpula popular quiere ocultar una realidad incuestionable: que los espionajes son de gentes del PP a otros populares y las imputaciones de corrupción se localizan en municipios de mayoría popular, en buena medida, a instancias y por denuncias de otros políticos populares.
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