Educación y valores
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 13 de febrero de 2009, 21:49h
Ahora que por decisión gubernativa el concepto de familia se ha abierto como una sombrilla de playa, capaz de acoger bajo su sombra semántica los más diversos y peregrinos vínculos entre los seres humanos, y, por tanto, quedar diluido en la nada de un océano de innúmeros significados contradictorios, el Gobierno quiere sustituir la familia, sistemáticamente ninguneada, dándonos su doctrina de valores dogmáticos. Una vez más recordamos el terror de Nietzsche: sustituir a Dios por la fría máquina del Estado sería ir a mucho peor.
Los hijos de la familia aniquilada pasan a ser moralmente tutelados por el Estado a través de la correa de transmisión de los funcionarios escolares que, dejando de ser los delegados de los padres, como los viejos maestros, pasan a ser el clero docente de la nueva “Iglesia” constituida en el Estado. Hoy se busca el gregarismo moral, cuando el viejo maestro ayudaba a su alumno a pasar del gregarismo chato a la singularidad señera, a oír su propia voz interna, maravillosa e irrepetible. Existe la intencionalidad expresa de que los alumnos adquieran los patrones de conducta que prescribe la ideología gubernativa, una standarización de su comportamiento moral, una disminución en la posibilidad de la variabilidad de la acción moral.
Frente a este totalitarismo de lo “políticamente correcto” se impone la alternativa de la escuela liberal y pluralista (y convendría reflexionar sobre el estado de algunos derechos humanos – libertad de expresión – en nuestras propias escuelas). La dimensión ética de una educación liberal supone la formación de personas capaces de construir autónomamente su propio sistema de valores y, a partir de él, capaces también de enjuiciar críticamente la realidad e intervenir para transformarla y mejorarla (incluso después de Zapatero – aunque parezca increíble – puede haber vida). Sólo ayudando a forjar su propia ética a cada alumno – con la ayuda de la razón y la controversia – puede éste posteriormente detectar y criticar los aspectos injustos de la realidad cotidiana y de las normas sociales vigentes, o idear e imaginar formas de vida más justas tanto en los ámbitos interpersonales como en los colectivos. No existe un límite del bien moral. Siempre podemos ser mejores.
Para Piaget el fin de la educación moral era la construcción de personalidades autónomas aptas para la cooperación (no para desfiles unánimes). Por lo que una buena educación moral supondría facilitar el paso de la primitiva moral heterónima del niño a la moral autónoma.
El Estado no está concebido para hacer el papel de Moisés, bajando del Sinaí las tablas de absolutamente todos los valores morales, sino sólo de aquellos que nos ayuden a convivir a todos libres y democráticamente. Si alguna cosa tiene de maravillosa y mágica la educación es la de sacar la singularidad irrepetible de cada niño, con sus sueños y valores. ¿De qué serviría la participación en una Democracia si todos fuesen elementos clónicos? ¿Para qué sirve la Democracia en una sociedad de clones?
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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