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La cacería de Garzón

sábado 14 de febrero de 2009, 01:22h
El magistrado de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, denegaba ayer la personación de la formación en la causa abierta tras la “operación Gürtel”. Con ello, impedía que el Partido Popular se personase en la causa que se sigue en su juzgado y, por ende, evitaba su posible recusación. Aducía para ello que no veía indicios de que el PP “estuviese siendo perjudicado por la instrucción de esta causa”, al tiempo que dejaba entrever la existencia de posibles “personas aforadas” implicadas en la investigación. Por lo que se refiere al aspecto estrictamente jurídico de la cuestión, Garzón se contradice en su auto, pues al deslizar la posibilidad de que hubiese aforados en la causa, queda en mal lugar al no abstenerse; la competencia excedería en este caso de sus atribuciones. Pero claro, eso sería tanto como desprenderse del sumario y, desde luego, Garzón no parece dispuesto a ello. Por otro lado, el hecho de que el PP se persone en la causa no debería suponer traba alguna para la instrucción del ínclito magistrado. Quien, por otro lado, ha de ser el único de toda España que no ve el daño que todo esta situación está originando al PP.

Fuera ya de tecnicismos legales, a nadie escapa que hay un indudable componente político detrás de todo este asunto. Baste con enumerar las reacciones que la instrucción de este sumario está teniendo en la vida política española. Aderezadas, desde hace unos días, con el ya famoso episodio cinegético-gastronómico del que fueron protagonistas Baltasar Garzón y Mariano Fernández Bermejo. Sobre el ministro de Justicia se ha pronunciado un compañero suyo de partido, Jerónimo Saavedra, a la sazón ex ministro de Administraciones Públicas y alcalde de Las Palmas. A su juicio, el señor Bermejo debe dimitir. Y en clave jurídica, el presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar, ha aseverado que un juez debe ser “discreto y silencioso”. No ha dado nombres, pero a buen entendedor pocas palabras bastan. Que la justicia investigue la posible comisión de delitos es normal; en eso consiste la seguridad jurídica. Pero de ahí a maniobras, en tiempo y con intención política, cuando más conviene electoral e informativamente -¿Alguien recuerda que hay crisis?- va un abismo. Por poner un ejemplo, si cuando Garzón investigaba a los GAL hubiera sido visto compartiendo mesa, mantel y escopeta con Alvarez Cascos o algún otro ministro del PP, no habría quedado títere con cabeza. Pero ahora los tiempos son otros. Como ha dicho la vicepresidenta De la Vega, el Gobierno no comenta la vida privada de sus ministros. Pese a que alguno de ellos, fruto de sus formas e indiscreciones, le salga a veces el tiro por la culata. Es lo que tiene ir de caza en compañía de amistades peligrosas.
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