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Pensar la historia y el futuro hoy

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
domingo 15 de febrero de 2009, 12:20h
La semana pasada se celebró en la Universidad Complutense de Madrid el congreso bianual de la Sociedad Académica de Filosofía española. Bajo el título “Pensar el futuro” y durante tres días, filósofos de todos los gustos buscaban el qué del presente y el qué del futuro. Si bien era imposible escuchar todas las aportaciones por la cantidad de ponencias que se encontraron en Madrid, si que había una constante en los planteamientos que llegué a presenciar: vivimos en un mundo postmetafísico que debe pensarse desde nuevas categorías.

En la época de la pérdida de los valores absolutos, de la validez de los grandes relatos y de las grandes certezas de la teología y la ciencia, hay que crear nuevas maneras de pensar el relativismo. Novedades que afectan incluso a la manera de pensar el pasado.

Nietzsche hace más de un siglo propuso transvalorar los valores occidentales, cambiar la jerarquía y poner en la cúspide de lo deseable aquellas actitudes, acciones y aspiraciones que hasta ahora eran despreciadas. Dijo que ya no había hechos, sino sólo interpretaciones, produjo el cambio del juego de lo que es al de cómo se aparece. Las cosas dejan de ser identidades estables y se convierten en objetos que hay que definir y caracterizar constantemente, ese decir creativo es lo que él llama las interpretaciones.

La hermenéutica propuso y propone jugar con esas interpretaciones y sus límites, ver hasta dónde podían llegar en la interpretación de la realidad. El juego es el siguiente: entre las varias interpretaciones que se dan sobre un acontecimiento, ninguna es más verdad que la otra, pero todo tiene un límite y hay que buscar un criterio para que no sea admisible que cualquiera haga cualquier interpretación. Quizá el consenso entre los diferentes intérpretes sea el único criterio, como señala Habermas.

Un ejemplo. En la época de las conmemoraciones culturales asistimos constantemente a juegos de interpretaciones cuya materia es el pasado y el juego consiste en traerlo al presente y celebrarlo.

Este año se conmemoran infinidad de cosas: 4º centenario de la muerte de El Greco, se celebran los 200 años del nacimiento de Charles Darwin y del gran periodista José de Larra, y otros 200 de la muerte de Floridablanca, el gran ilustrado; 100 años del nacimiento del compositor Albéniz; 25 años de la muerte de Maruja Mallo y Vicente Alexaindre; nuestro periódico, El Imparcial celebra un año en red y “con buena salud”, el 5º centenario de la Universidad de Alcalá, los 40 años de la Universidad Autónoma y la Universidad Complutense celebra 75 años de la semi-inauguración del edificio de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria….y todos lo conmemoran.

La libertad de interpretar qué se conmemora y cómo se conmemora sale a la luz en los actos y exposiciones que se organizan. Cuando acudes a las exposiciones te preguntas por la lógica que subyace a las cosas que se exponen conmemorativamente y en ocasiones te llegas a preguntar si es que subyace alguna lógica a la relación entre el título, el contenido de la exposición y los textos del catálogo en cuestión. La libertad produce tergiversaciones.

A veces es difícil hasta determinar qué se conmemora, si lo que pasó, si la repercusión que tuvo, si las lecturas (léase: interpretaciones) que predominaron o que hoy se quieren poner de moda….o lo que queda de aquello en nuestra sociedad actual.

Y es que conmemorar no es nada fácil. Cada conmemoración además está limitada por lo que queda de lo conmemorado. En el caso de la Universidad Complutense no se sabe si se conmemora lo que allí sucedió: la inauguración del edificio en 1933 fue la ocasión para innovar en los métodos educativos y en las costumbres universitarias. O si se conmemora lo que quedó. A veces por sesgo en los testimonios, sobre todo cuando se trata de la historia reciente, a veces por la falta o descuido en la recuperación de documentos, el caso es que el ámbito para interpretar es demasiado grande.

Muñoz Molina en un Babelia reciente destaca la emoción de reencontrarse con los papeles de profesores y estudiantes de la Complutense (entonces Universidad Central) de la época de la República. Si bien no cabe duda de que despierta la nostalgia de los que la vivieron, directa o indirectamente a través de familiares o amigos, la pregunta es qué es lo que transmiten este tipo de exposiciones y sus respectivos catálogos, qué es lo que transmiten a los legos, a los visitantes curiosos, a las nuevas generaciones y a los que nunca pisaron la universidad.

Vivimos en un adoctrinamiento constante por parte de las instituciones culturales que han hecho de la vida cultural madrileña, y por extensión la del resto del país, una espiral de conmemoraciones históricas y culturales. Como ya sabemos que no hay hechos sino interpretaciones, este traer al presente estará ya siempre sesgado, será siempre una interpretación del pasado y no una reproducción de lo ocurrido.

En el traer se juzga el pasado, se seleccionan fragmentos y se vuelven a ordenar. De este modo, no hay conmemoración inocente ni objetiva, sino que, como pasa al leer un libro, cada lectura es interesada, parcial y creación del propio lector. Por ello, hay que volver a pensar el pasado, constantemente, a estudiarlo y siempre comprenderlo de nuevo, pero con la conciencia y la prudencia de nuestras propias limitaciones, personales, culturales e históricas a la hora de interpretar y pensar.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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