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La izquierda italiana a la deriva

miércoles 18 de febrero de 2009, 22:48h
Tras la derrota de su candidato, Renato Soru, en las elecciones regionales de Cerdeña, Walter Veltroni decidió dimitir, abandonando la jefatura de la oposición italiana y el liderazgo del Partido Demócrata (PD). La dimisión abre una grave crisis dentro de la izquierda italiana y la hipótesis de convocar una asamblea constituyente para que elija al nuevo líder parece la más probable.

El partido reformista italiano, nacido en noviembre de 2007, padece una manifiesta crisis de identidad y la falta de un liderazgo colectivamente aceptado. En la actualidad el PD representa una fuerza deprimida, donde diferentes “familias” y numerosas corrientes dividen el partido de forma irreconciliable. Walter Veltroni, al que se le ha dado el apelativo de Walterloo por las recurrentes derrotas electorales, parece incapaz de crear un grupo homogéneo: su formación política no ha amalgamado a los ex comunistas, a los ex democristianos, a los ex radicales, creando una realidad fragmentada y separada. Veltroni ha pagado factura a la carencia de una política firme, a las divisiones manifiestas en corrientes, a la decisión de hacer una oposición “discordantemente concorde”.

El riesgo que el PD acuda a las europeas dentro de pocos meses sin un líder es evidente. La dimisión de Veltroni son el epilogo a la crisis de identidad que la izquierda italiana está viviendo en los últimos años: una crisis compleja que inviste su perfil político, sus programas, su liderazgo y su relación con el electorado de izquierda. Por eso, es legítimo esperar una asunción de responsabilidad por parte del PD, evitando esconderse detrás de una falsa unanimidad o volviendo a la creación de un inútil puzzle de partidos.

Finalmente, el voto en Cerdeña ha significado un respaldo a Berlusconi y un duro golpe a Veltroni. Italia se ha confirmado una vez más como una democracia anómala y no hablamos sólo de su primer ministro, sino de un país sin una verdadera oposición al Gobierno. Las derrotas de la izquierda certifican que los ciudadanos están hartos de la falta de oposición y deseosos de que de las cenizas del Partido Comunista más fuerte de Occidente y de la izquierda de la Democracia cristiana surja una formación política capaz de presentar una alternativa al berlusconismo y a su forma degenerativa de Estado. Por eso, la izquierda italiana debe encontrar un nuevo equilibrio interno para constituir por fin una alternativa creíble. Sería demasiado ambicioso anhelar un “partido de la gente honrada”, como decía Berlinguer, pero no estaría mal crear un partido que se preocupe de crear una alternativa al modelo propuesto por Berlusconi. Sería una buena noticia no sólo por la izquierda italiana, sino para el futuro del país y de toda Europa, huérfana, desde hace décadas, de una presencia italiana consistente.
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