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Guinea

José María Herrera
sábado 21 de febrero de 2009, 12:12h
Guinea era hace cuarenta años una provincia española. Pocos españoles lo saben. La mayor parte seguramente no podría encontrarla en el atlas. El hecho no tiene nada de peculiar porque aquí nos relacionamos con la historia de una forma extraña: la memoria nos interesa sólo cuando podemos sacar alguna ventaja de ella.

Aunque el tono del párrafo anterior pudiera hacer creer que yo soy uno de esos pocos españoles que conocen bien la tierra y la sociedad guineanas, debo advertirles que no es así. Al contrario. Sin embargo, hace tiempo que me proponía escribir un artículo sobre el asunto. No se asombren porque escribir acerca de lo que no se sabe forma parte de las prácticas periodísticas habituales. Además, hay que aprovechar la ocasión cuando se presenta y los sucesos acontecidos allí el martes pasado me han dado el pretexto para hacerlo.

No, no soy un cínico. A mí también me parece una desfachatez hablar de lo que no se sabe como si se supiera. No pretendo informarles de que lo ocurre en Guinea, sino trasladarles el rumor de que están sucediendo cosas muy graves, y aunque no estoy en condiciones de explicar su naturaleza, quisiera al menos recoger la preocupación de quienes comienzan a denunciarlas.

Es esto lo que se pide en una carta abierta que recibí semanas atrás por internet. Su autor se llama Fernando Gamboa y es escritor, aunque yo no lo conozco. Describe en ella la lastimosa situación en que se encuentra la región, antaño conocida como “la perla de África”. Guinea Ecuatorial posee ricas reservas de petróleo y madera que explotan compañías multinacionales. Pese a ser un país pequeño y poco poblado, es uno de los más subdesarrollados del planeta. Una jerarquía tiránica usufructúa en su beneficio la mayor parte de la riqueza nacional y explota a la población como si fueran esclavos. Aterrorizados por prácticas que sólo tienen parangón en los regímenes totalitarios, los guineanos sufren sin que nadie en el mundo pestañee. Esto no es extraño porque, como ustedes saben, la solidaridad es muy selectiva. El hecho de que la población haya sido diezmada por las propias autoridades del país –eso afirma Gamboa y ciertos informes de Amnistía Internacional- preocupa a la opinión pública internacional mucho menos que otras situaciones igualmente atroces. En realidad, ni siquiera preocupa. ¿Por qué? No lo sé.

Gamboa cree que la indiferencia del solidario pueblo español por la situación de unas gentes que hablan nuestro idioma, cantan nuestras canciones y conservan nuestras costumbres, es inexplicable. En ningún momento dice que debamos sentirnos culpables por lo que allí pasa –sólo de pensar en añadir otro pecado a la larga lista de aquellos por los que debemos hacer penitencia histórica se me pone la carne de gallina-, pero sí un poco más interesados por ella. Máxime cuando, tras el patinazo de Irak, es improbable que nadie aspire a deponer a un déspota que favorece el comercio y la paz mundial sin coste alguno. Las grandes potencias, que son las que obtienen mayores beneficios de la situación, no van a mover un dedo por un pueblo cuya única desgracia es vivir encima de un pozo de petróleo y bajo la bota de un tirano. Tampoco lo van a hacer los partidos políticos, las organizaciones internacionales de ayuda ni nadie mientras su Estado sea considerado una organización respetable.

Yo no soy de esos que sueñan con que todos los pueblos disfruten de las mismas cosas que tenemos aquí. El derecho a la felicidad de los otros no me parece tan grande como su derecho a no recibir lecciones de nadie. Si algunos alumbrados no se hubieran empeñado en enseñar a los africanos a pescar estos nos andarían matándose ahora con una ametralladora bajo el brazo. Lo confieso: soy la persona menos solidaria del mundo, Mientras la mayoría de ustedes se manifestaba en algún momento de su vida a favor de cualquier ideal irreprochable yo probablemente me entretenía en mi biblioteca tratando de averiguar que fue del niño que Salomón devolvió a la madre verdadera después de mandar que se lo repartiera con la falsa. Lo he escrito en este periódico: me conmueven mucho más los lamentos de Ariadna que el dolor de los bisnietos de los desaparecidos en la guerra civil. Es sólo un ejemplo, pero demuestra que debo ser muy mala persona. ¿Qué le voy a hacer si en mis tiempos no se enseñaba educación para la ciudadanía? Dicho esto, sin embargo, y quedando claro que no me gusta llevar a nadie en hombros hasta la meta, no creo desdecirme si afirmo al mismo tiempo que tampoco me gusta que no pueda hacerlo porque otro le puso una cadena en la pierna. ¿Es esto lo que pasa en Guinea?
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