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Sartre y Camus

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Entre 1940 y 1950, Sartre y Camus escribieron un puñado de obras imprescindibles (ensayos, novelas, obras de teatro), todas ellas decisivamente influyentes en aquellos años, los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial, y varias, entre las mejores de toda la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX. Camus publicó El extranjero (1942), El mito de Sísifo (1942), La peste (1947), Calígula (1945) y Los justos (1949); Sartre, El ser y la nada (1943), Las moscas (1943), A puerta cerrada (1944), La puta respetuosa (1946), Los caminos de la libertad (1943-49), Las manos sucias (1948).


Sartre y Camus proyectaron una visión del hombre y la vida que enfatizaba ante todo la inutilidad y el absurdo de la existencia misma, y en la que el hombre aparecía como alguien forzado a vivir en un mundo carente de valores y de sentido. Acertaron a expresar la situación del hombre contemporáneo (con calidad e interés literarios que nadie supo o pudo emular). Escribieron sobre la condición humana, sobre qué es el hombre. Pero escribieron también, e inevitablemente, sobre los grandes dilemas que en aquella circunstancia -el mundo de la posguerra- se planteaban ante la conciencia, desesperanzada y confusa, de los intelectuales: el compromiso político, el comunismo, la violencia revolucionaria, la rebeldía, la libertad, la crítica.


Pese a las diferencias de origen y personalidad -Camus era un pied-noir, un emigrante nacido en Argelia e hijo de una mujer (española) de la limpieza; Sartre nació en una familia culta de la burguesía media y se graduó en la Escuela Normal Superior, el bastión de la elite francesa-, colaboraron intensamente entre 1943, año en que se conocieron, y 1948, y mantuvieron luego, hasta 1951, buena amistad. La ruptura entre ellos en ese año, provocada por la despiadada crítica que del libro de Camus El hombre rebelde apareció en Les Temps Modernes, la revista sartriana, por indicación del propio Sartre, fue por ello una derrota para el pensamiento y para la literatura (o como tal, al menos, la vivieron muchos intelectuales europeos).


Pero la ruptura fue también uno de los debates, político y filosófico, más significativos de la cultura contemporánea. Desde su idea, central a su filosofía existencial, de que el compromiso político del individuo (que Sartre entendía como un compromiso con la Historia, que él identificaba con el comunismo y la Unión Soviética) era condición necesaria al ejercicio de su propia libertad, Sartre actuó en la práctica, en los años cincuenta, como un leal compañero de viaje del Partido Comunista Francés y del régimen soviético (como luego, en los años sesenta, distanciado del PCF y de la URSS, defendería la violencia de los movimientos de liberación del Tercer Mundo y los regímenes comunistas cubano y chino). Sartre escribiría en Los comunistas y la paz (1952) algo estupefaciente, especialmente para una filosofía como la suya para la cual el hombre está por definición condenado a ser libre: "un anticomunista es un perro". El hombre rebelde (1951) de Camus era exactamente lo contrario: una apelación moral, en nombre de valores como la dignidad humana y la solidaridad, a la rebelión contra el absurdo y contra un mundo que a Camus -en esto, como a Sartre- le parecía sin sentido e incoherente; y una crítica de marxismo, comunismo y violencia revolucionaria en tanto que formas del totalitarismo y la opresión.


Sartre (1905-1980), el hombre que quiso ser al tiempo Spinoza y Stendhal, fue un intelectual de inteligencia fascinante y talento torrencial, pero fue paralelamente una personalidad de vanidad turbia y fondo moral dudoso, cuyo nihilismo existencial probablemente tuvo mucho que ver -en alguien que creía que el psicoanálisis existencial daba las claves de la personalidad (como argumentó en sus ensayos sobre Baudelaire, Genet y Flaubert)- con insatisfacciones psicológicas insalvables respecto de su origen familiar y social, y respecto de sí mismo; y cuyo nihilismo político radical enmascaraba una carencia lamentable de todo sentido político y una indiferencia última, si no desprecio, por la política entendida como principios y valores morales.


Con sus propias obsesiones y parcialidades ideológicas, Camus, que muy joven (nació en 1913) se comprometió valientemente con causas como la guerra civil española y la Resistencia francesa, fue ante todo un moralista. Sartre, indiferente en política casi hasta el final de la II Guerra Mundial, careció justamente del sentido de moralidad en política: por eso apoyó todas las causas erróneas, su verdadera tragedia ante la historia.
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