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La “normalidad” española

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 23 de febrero de 2009, 21:45h
El comienzo de la edición de las Obras Escogidas de una de las más destacadas figuras del poco habitado mundo –en el presente español- de la gran cultura universitaria, el Prof. Juan José Storch Gracia , propicia toda consideración acerca del destino de nuestro país en el marco de la contemporaneidad. Una de las tesis vertebradoras del admirable quehacer de este reputado sociólogo –y, acaso, también, su predilecta- descansa en el paralelismo y afinidad radicales del itinerario de los dos últimos siglos de existencia hispana respecto del recorrido por la comunidad de naciones europeas de la que siempre formó parte –y principal…- la española.

Conforme a sus posiciones doctrinales, no hay exotismo ni singularidad ni menos aún folklore romántico o de cualquier otro signo que haya convertido en específica e intransferible la andadura de España a los largo de los doscientos años que nos separan de la alevosa invasión napoleónica. Las líneas de fuerza de su evolución fueron de igual naturaleza que las que pautaron la marcha de los pueblos de su entorno cultural y geográfico, sin que los rasgos más genuinos de su identidad bastaran para diferenciarla sustantivamente de Italia, Portugal o Francia. Tomada ésta, según suele ser común, como principal elemento comparativo, se encuentra, en efecto, una semejanza estrecha en no pocos aspectos esenciales de sus respectivos pasados más recientes.

Así, en el plano que reclama de ordinario más poderosamente la atención del público y los estudiosos, el político, se ofrece un panorama sin diferencia ostensible en su nervadura. En el marco constitucional un número casi parigual de los Textos Fundamentales rigió sus avatares en el siglo y medio transcurrido desde la restauración borbónica que siguiese en París y Madrid a la “aventura bonapartista” hasta el periodo de entreguerras. Pero de manera aún más trascendente y llamativa las vicisitudes ministeriales de uno y otro Estado se acomodaron al mismo ritmo. A partir de que en Francia y en España, al igual que en Italia y Alemania, se iniciara verdaderamente la edad contemporánea –la denominada, con una terminología usufructuadora no ha mucho tiempo de gran difusión manualística y pedagógica, baja edad contemporánea-, esto es, entre el arranque de los años setenta del ochocientos y el estallido de la segunda contienda planetaria 91 gabinetes se sucedieron en los meridianos galos y 88 en los hispanos; y en ambas naciones ninguno de sus diferentes gobiernos llegó a alcanzar los 4 años de permanencia en el poder. Variante tan significativa y elocuente se acentúa todavía más en la recta final de la praxis gubernamental del liberalismo hispano-francés al anotar entre 1914-40 cuarenta y cinco ministerios en la rectoría de uno y otro Estado.

La textura, pues, del sistema constitucional-burgués se hiló con la idéntica urdimbre a ambos lados de los Pirineos. Una sociedad muy semejante tardaría en consolidarse en un suelo mental fuertemente impregnado por la atmósfera del Antiguo Régimen. Por encima de notas particulares en el transcurso del siglo XIX, el que va de Waterloo al Somme –Francia: indescepable vocación cesarista; y España, arraigo del carlismo: dos excruciantes guerras civiles-, una tonalidad común envuelve el desenvolvimiento de las dos colectividades latinas. Transformaciones socio-económicas, secularización, ordenamiento centralista imprimen su decisivo perfil en la fisonomía de los dos Estados-nación de mayor pedigrí de la modernidad occidental. De esta forma, la “normalidad” española semeja dibujarse con caracteres peraltados, corroborando la premisa mayor del vasto esfuerzo investigador de un universitario del mejor linaje que ve hoy culminado su sueño más ilusionado: la botadura de sus Obras Escogidas

Lejos del poder ejecutivo que caracterizara la evolución franco-española durante la III República y el sistema canovista, el franquismo se distinguió por su permanencia, fruto y expresión de un régimen dictatorial. Obviamente, ningún paralelismo cabe trazar aquí con relación al curso de la vida francesa durante el mismo periodo, bien que sí, por ejemplo, con la portuguesa y aun con la de los flecos o fase terminal del fascismo italiano. Como se sabe, en tal extremo la obra del profesor granadino –Granada, siempre Granada en la ruta de la particular y aleccionadora historia de la teoría política española y de sus definidores y exegetas más buidos- sin romper, claro es, lanza alguna en pro de la similitud o equiparación del franquismo con las formas políticas reinantes ultrapuertos terminado el segundo conflicto mundial, ciertamente ha defendido con copiosa documentación y finura analítica la esencia del poder franquista una vez traspasada la frontera del Referéndum de julio de 1947 como un sistema fundamentalmente autoritario, de colindancias dictatoriales durante su travesía más prolongada, desembocada justamente en una democracia.

Según fuese fácilmente predecible desde el instante mismo en que se formulara, la interpretación del franquismo llevada a cabo por Juan José Linz se vio acompañada de la polémica, a veces muy híspida, como se estila en el bronco solar ibérico. En la torrencial bibliografía brotada en esta parcela de la contemporaneidad española, la visión de Linz recibió el refrendo de gran parte de los autores más acreditados al paso que en la aparecida en el extranjero –sobre todo, en la de los países anglosajones- halló un respaldo casi universal. Indudablemente, la defensa de dicho planteamiento respondía, en el conjunto de la magna tarea intelectual acometida por Linz, a su indesmayable creencia en la normalidad europea del paradigma social y político de la España del pasado reciente, el más sometido a una introspección e, incluso, a una “psicologización” a las veces, en verdad, desmesuradas. Según es sabido, su segunda patria, Alemania, ha conocido en su singladura última un proceso de igual índole, a consecuencia de los efectos en su conciencia nacional de la dictadura hitleriana. En ninguna de sus dimensiones principales ni tampoco en las secundarias, la franquista se equiparó a la nazi, conforme se muestran contestes las plumas de los especialistas más relevantes. Al subrayar sus rasgos autoritarios y rebajar su vitola dictatorial a unos caracteres y, sobre todo, a una fase cronológica muy limitada, Linz, sin apriorismo alguno ideológico ni menos aun banderizo, la inserta en una corriente de frecuente plasmación en los pueblos mediterráneos y eslavos del postrer tramo de su historia.

Muy flanqueada a la crítica en varios puntos, el núcleo de su argumentación abona incuestionablemente la “normalidad” de la nación que nuestros antepasados, remotos y próximos, así como las generaciones actuales -nosotros mismos- han construido a golpe de esfuerzo y voluntad de convivencia.

En ocasiones, la historia continúa siendo, como en los días de Cicerón y Cervantes, maestra de la vida. Gratitud a un honesto y eximio intelectual como Juan José Linz por haberlo, envidiablemente, ilustrado en tiempos muy revueltos y, por ende, propicios a la confusión y al engaño. Votos también para que los universitarios de las hornadas más flamantes lo tengan como espejo y guía.
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