Atropellar al adversario
lunes 23 de febrero de 2009, 22:07h
Hace muchos años el gran constitucionalista alemán Carl J. Friedrich, planteándose la cuestión del futuro de la democracia en Alemania (“y en el resto del mundo”, añadía) subrayaba la importancia de los modos de comportamiento. Quería decir que para que una democracia funcione no basta con el cumplimiento estricto de las leyes sino que es necesario afrontar las peripecias de la vida política con una actitud de moderación y respeto al adversario. Aludía Friedrich a la idea inglesa del fair play como expresión de esta actitud. Un “juego limpio” que algunos han definido con una frase también muy británica: Hay ciertas cosas que no se hacen entre caballeros. Concluía el maestro alemán afirmando que era necesario estar dispuesto a “no atropellar al adversario solamente porque se tiene con ello la posibilidad de mantenerse en el poder” y estimaba que estos comportamientos basados en el respeto y el juego limpio “han de considerarse como la verdadera condición previa para instaurar una democracia capaz de cumplir con su cometido”. Como comentario final Friedrich añadía que “la inexistencia de este tipo de conductas se considera, con razón, como el motivo por el cual en ciertos países la democracia no funciona”.
Hechas estas reflexiones hace más de cuarenta años se acomodan, como un guante, a la presente situación española y nos ayudan a entender como nuestro sistema político es una democracia puramente aparencial “que no funciona”, porque desde el poder socialista no hay más objetivo prioritario que el de atropellar al adversario. Aunque quizás les moleste a los socialistas este es un régimen “liberal”, en el sentido de que, en general, se respetan las libertades fundamentales, aunque el asfixiante control por parte del poder de los medios de comunicación más importantes supone un enorme contrapeso que hace ficticio el ejercicio de la más importante de estas libertades, la de expresión e información. El aparato propagandístico del Gobierno y su partido (cuya vocación de partido único o, al menos, imperialmente hegemónico es cada vez más patente) llega a todos los intersticios del cuerpo social y conforma a su medida la mentalidad colectiva de amplios sectores de la población, como ocurría en la Alemania de los años treinta del siglo pasado.
La decisión estratégica no ya de atropellar sino de aplastar al adversario viene de muy atrás y ha empleado distintas tácticas. Es obligado referirse al pacto del Tinell, insólita iniciativa impensable en cualquier democracia que quiera seguir siéndolo. Desde entonces se ha tratado de aniquilar al principal partido de la oposición, de arrojarle a extramuros del sistema, de dejarle reducido a la mínima expresión electoral, de dividirle. Incapaces de lograrlo, han estimado que lo mejor sería suscitar la disensión interna. Y lo malo es que algunos han caído en esa trampa sin aquilatar todo lo que estaba en juego. En este momento político, ante una triple convocatoria electoral los socialistas no han vacilado en desplegar lo que algunos han llamado una “causa general” contra el PP. Un Gobierno que ha acumulado ingentes pruebas de su incompetencia, que está siendo incapaz de afrontar una crisis económica que primero no quiso ver y después no ha sabido tratar, ha decretado el “todo vale” con tal de atropellar al adversario.
Al hacerlo, los gobernantes muestran la nula calidad de sus convicciones democráticas y revelan que desconocen los fundamentos morales en los que se sustenta la democracia, que era el objeto de la reflexión de Friedrich con que empezábamos este artículo. Y así hemos visto como un fantoche desvergonzado en nombre del PSOE –el partido más sucio y corrupto de la democracia española, el partido del GAL, de Roldán, de Filesa…etc- se atreve a tildar de corrupto al principal partido de la oposición en su conjunto. Bien está que se desenmascare a los indeseables que se han refugiado en sus filas o que han acampado a sus alrededores a la búsqueda del lucro fácil y delictivo. Pero es intolerable que se quiera descalificar a toda una organización política y a quienes la constituyen que son los más interesados en detectar y expulsar a cualquiera que pretenda usar los fondos públicos en beneficio propio. No hay Filesas en el PP. Y lo peor de esta campaña es que se están utilizando los cuerpos y servicios del Estado, puestos a la orden del partido que gobierna. Lo que está ocurriendo, por ejemplo, en la policía de Canarias, la politizada actuación del juez Garzón y de algún otro elemento de las carreras judicial y fiscal… más el “hecho cinegético” de ese ministro de película franquista que con la bendición del Presidente se aferra a su cargo y tantas otras cosas más… Todo ello son elementos de la operación diseñada desde el poder para aplastar al PP y, a la vez, la muestra de que a “esto” le falta mucho para que pueda ser considerado una democracia.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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