A pesar de que el enfrentamiento no sea tan grave como en pasado, la situación va controlado cuidadosamente ya que un eventual fracaso de las conversaciones podría generar nuevas fracturas dentro del oficialismo y una grave crisis institucional.
El campo vuelve a la carga y organiza la primera huelga comercial del año, tras las protestas de 2008. Sin embargo, las cuatro entidades que representan a los productores rurales de Argentina (Sociedad Rural, Federación Agraria Argentina, Coninagro y Confederaciones Rurales) han aceptado la propuesta del Gobierno de Cristina Fernández para dialogar sobre el tema. Por eso, los dirigentes agropecuarios acudirán a la reunión convocada por la ministra de Producción argentina, Débora Giorgi, el próximo martes. La huelga, cuya duración ha sido de cuatro días, consistió en la no comercialización de carnes, ganado en pie y granos, excluyendo la leche y otros productos perecederos.
La situación se presenta muy compleja ya que la economía sufre y, de momento, la política no parece capaz de arrimar soluciones. El diálogo con los dirigentes del agro representa una necesidad: se espera que la cita del martes represente una ocasión para discutir “sin condicionamientos” de todos los temas relacionados con el campo, inclusive de los impuestos a las exportaciones de granos, tema “caliente” que provocó el conflicto del pasado marzo. En la actual coyuntura de crisis global, el
Gobierno debe preocuparse de ofrecer soluciones concretas a problemas reales, recuperando la confianza rifada si debe encarar en el futuro alguna negociación política delicada. El oficialismo debe tomar nota del impacto que puede generar un nuevo áspero enfrentamiento con el campo, sobre todo teniendo en cuenta el difícil momento que vive su agrupación y que la fuerzas centrifugas, presente dentro del Senado, han empezado a funcionar.
Un 2008 difícil
Hace poco más de un año, Cristina Fernández asumía la presidencia con la sensación de que, después de la cesión del bastón presidencial por parte de Néstor Kirchner,
el “matrimonio presidencial” se quedaría al poder por mucho tiempo más. Néstor había dejado un imagen altamente positiva, había logrado ser el presidente del Partido Justicialista, el mayoritario del país, mientras Cristina había sida elegida con el 44 % de los votos y se presentaba como una “woman power” capaz de gobernar el país.

Sin embargo, el 2008 se confirmó un año difícil, de traiciones y conflictos: desde el juicio en Miami por el caso del maletín supuestamente enviado por Hugo Chávez para apoyar la campaña de Cristina a las repercusiones de la estatización de los fondos de jubilaciones; desde la vuelta de Aerolíneas argentinas a la órbita del Estado al conflicto con el campo. Propio este último ha representado el momento más difícil de la gestión política de Cristina parece que le está pasando facturas:
el round de cuatro meses entre gobierno y el campo ha generado consecuencias sobre la popularidad de la Presidente y, sobre todo, dentro del gobierno. Se vieron nuevamente las calles llenas de ciudadanos protestando por la actitud del Gobierno; se asistió al voto “no positivo” del vicepresidente (Julio Cesar Cobos) a la propuesta del Ejecutivo que el mismo integraba; se presenció a la “fragmentación” de la unidad peronista, ya que varios miembros del oficialismo empezaron a engrosar el sector disidente de esa expresión política; y finalmente, varios ministros renunciaron a su cartera, desde el ministro de la Economía, a la Jefatura del Gabinete, pasando por la Agricultura. Todos esos cambios fueron consecuencia y repercusión directa e indirecta de la resolución 125. Por eso, según varios analistas la crisis representó el inicio de una nueva etapa política ya que permitió descubrir la fragilidad política del gobierno y cómo sus límites en la gestión económica estaban tapados por el crecimiento que el país venia experimentando.
Actualidad
El conflicto del campo, que estuvo a punto de provocar la dimisión de Cristina el año pasado, dio origen a su bajada de popularidad y representa una temática sensible que no puede ser infravalorada. Pese a que el enfrentamiento no sea tan intenso como ahora, la situación va controlado cuidadosamente ya que
un eventual fracaso de las conversaciones podría generar nuevas fracturas dentro del oficialismo y una grave crisis institucional.
No cabe duda que la crisis del campo representó una derrota política por la actual mandataria y hubo varias consecuencias negativas para el Gobierno: demostró que la Presidenta
no puede permitirse el lujo de cometer dos graves errores, como acumular el poder en sus manos (y en la de su esposo) o buscar simplemente soluciones de emergencias o acuerdos temporales, cuya escasa duración peligraría la estabilidad del gobierno.
Nuevos desafíos
Cristina Fernández se enfrenta a cuatro grandes desafíos: en primer lugar debe distender la rigidez con el sector agropecuario, luego afrontar un nuevo vencimiento de la deuda, responder a los reclamos de las provincias y, finalmente, validar su poder en una elección legislativa. Todo eso al mismo tiempo que el gobierno evite una fuerte depredación en las economías locales por la crisis financiera internacional y el aumento excesivo del gasto público.
Es evidente que el gobierno sufre una crisis política y, sobre todo, una crisis de sus políticas. De gran importancia serán las elecciones legislativas del próximo octubre, en las que se renuevan la mitad del Congreso de Diputados y un tercio del Senado. Será el primer test electoral y definirá las condiciones de gobernabilidad del país. Los datos actuales deben preocupar al matrimonio presidencial ya que
se registra un “importante retroceso” electoral del kirchnerismo tanto que varios analista ya hablan de un ciclo agotado. Una eventual derrota del oficialismo podría abrir a una grave crisis institucional.
Actualmente, el oficialismo o aparato peronista-justicialista no representa un bloque único y sin fisuras, sino una agrupación de intereses diversos que a veces oscila y se rompe en varios frentes. Por eso, Cristina deberá intentar recuperar la unidad perdida o se verá obligada a enfrentarse no sólo a una oposición tradicional (radicales y socialistas, que mantienen un acuerdo propio), sino también a una guerra dentro del peronismo. Ambos con el mismo objetivo: quitarle la mayoría a Kirchner en el Congreso. Y todo eso sigue siendo consecuencia del conflicto con el campo: la batalla perdida evidenció las autoritarias maneras de Néstor Kirchner y su incapacidad para comprender el alcance del conflicto. De allí los enfrentamientos con los diputados peronista que votaron contra de su ley. Por eso, Cristina deberá gestionar este nuevo conflicto con mayor cuidado y sacar enseñanza de los precedentes errores.
A lo largo de su mandato, Cristina Fernández debe tener en cuenta que para salir de la crisis económica será fundamental parar la recesión, aumentar la producción, crear empleo y reducir el gasto publico. Mientras, por lo que concierne la política, la presidenta debe preocuparse de reconstruir el Estado. Cristina Fernández ha cumplido su primer año como Presidenta entre pocas luces y demasiadas sombras:
por eso debería replantear políticamente su gestión y garantizar mayor gobernabilidad en el país, antes de que la situación empeore.