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El ocaso del kirchnerismo

Manuel Mora y Araujo
jueves 26 de febrero de 2009, 22:51h
Todo fue muy bien para Néstor Kirchner y su gobierno mientras la economía crecía al 9 por ciento anual, el desempleo descendía abruptamente y la inflación permanecía controlada –bien que en muchos casos estaba más bien reprimida-. Esos años dorados se extendieron desde 2003 hasta mediados de 2007. Entonces, la inflación comenzó a crecer, el gobierno persistió hasta el cansancio en negar el problema y dibujar la información estadística, y el idilio entre el gobierno y la sociedad entró en declive. Aun así, Cristina Fernández de Kirchner fue elegida presidenta con el 45 por ciento de los votos y, sobre todo, altas expectativas de mantener lo que andaba bien y modificar lo que no.

Distintos problemas contribuyen a explicar que desde la asunción de Cristina como presidenta el kircherismo entró en un ocaso del que no se consigue salir. De todos ellos, el más serio, el más determinante y el que conlleva consecuencias más profundas es el conflicto que el gobierno eligió abrir con el sector de los productores agroganaderos. La agricultura argentina da cuenta de casi la mitad del producto bruto nacional, no menos de la mitad de las exportaciones y entre un 25 y un 30 por ciento del empleo. Es un sector dinámico, innovador, altamente productivo; además, la opinión pública lo ve con mucha simpatía -desde hace décadas- y comparte sus principales demandas.

Por qué el gobierno de los Kirchner tomó el camino de la confrontación con la agro industria es algo difícil de entender. Lo cierto es que lo hizo, y persiste en esa línea, con ligeros matices que no alcanzan a modificar la situación.

Ese conflicto colocó a la inmensa mayoría de la sociedad del lado del agro, y propició una sensación de que mucha gente y muchos sectores políticos con ideas distintas sobre innumerables asuntos podían coincidir en un asunto puntual importante. Eso produjo por si sólo un cambio político en el país: se desató una corriente de demandas de diálogo, de acercamientos entre dirigentes políticos siempre distanciados, se conmovieron las bases políticas del peronismo -tradicionalmente disciplinadas cuando alguien de su partido ejerce el poder-. El gobierno sufrió entonces su primera derrota parlamentaria; de una histórica votación en el Senado emergió un nuevo dirigente con alta popularidad, el vicepresidente Julio Cobos. Varios gobernadores hicieron públicos sus desacuerdos con la política del gobierno. Y, progresivamente, diputados, senadores y dirigentes políticos van tomando distancia del gobierno o simplemente abandonan sus filas y constituyes bloques parlamentarios separados.

Néstor Kirchner, quien al instalar a su esposa en el gobierno buscó consolidar su liderazgo político desde el partido Justicialista (peronista), en un año ha pasado de ser un líder a ser un jefe con poder pero con baja legitimidad entre sus seguidores. Ahora, varias incipientes alianzas opositores están empezando a conformarse, y en todos los distritos del país hay dirigentes peronistas que analizan seriamente la conveniencia de correr por caminos separados.

No es la crisis global y su impacto en la Argentina la causa de todo eso, sino los errores no forzados en los que incurrió un gobierno que creyó que tenía todo consigo sin medir sensibilidades en la sociedad y sin tomar en cuenta que ningún viento sopla siempre favorablemente para uno.

Manuel Mora y Araujo

Sociólogo y analista político

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