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Libros de texto

José María Herrera
sábado 28 de febrero de 2009, 17:09h
España tiene un gravísimo problema con la educación. Informes internacionales difíciles de cuestionar lo confirman. De la escuela a la universidad, nada funciona como debiera.

Hasta ahora, amparados por la bonanza económica, el problema podía soslayarse sin dificultad. La fórmula pan y circo jamás perdió su vigencia. Con la crisis, la herida vuelve a abrirse. No es sólo que pueda faltar el pan, es que, como sentenció Séneca, “el ocio sin letras es la muerte”. ¿Qué nos ha llevado a esta situación? Los profesores culpan a la administración de reformar el sistema educativo sin contar con ellos.

La administración los desmiente diciendo que ha obrado de acuerdo con los consejos de los expertos (los pedagogos, no los profesores) y el respaldo de los sindicatos. Ambas cosas son verdaderas y eximirían a quienes las alegan si no fuera porque la pedagogía es menos una disciplina científica que una ideología y porque los sindicatos no son gremios a quienes corresponda vigilar el recto ejercicio profesional. De hecho, y habida cuenta quien los sostiene, está por ver incluso que sean algo del trabajador y no del empresario. Pedagogos y sindicalistas, por su parte, atribuyen el desastre a la desidia de los profesores, los cuales, pese a la buena voluntad del gobernante, se han negado a poner en práctica los principios de la ley o han sido incapaces de hacerlo. Los padres sabemos, sin embargo, que no es así, al contrario, nos consta que los profesores han cumplido la norma hasta sus últimas consecuencias. Demasiado, a mi entender. Si ellos nos acusan de ejercer más de amigos que de padres de nuestros hijos, nosotros podemos acusarlos a ellos de haber supeditado su condición de docentes a su condición de funcionarios. ¿Por qué el profesorado no alzó la voz para precaver a todo el mundo del desastre que se avecinaba?, ¿no debían haber denunciado que estábamos viviendo en el orden educativo una situación similar a la que vivieron los rusos cuando el gobierno soviético, asesorado por falsos expertos, tuvo la ocurrencia de cultivar patatas de acuerdo con las ideas de Lamarck y no con las de Mendel y Darwin, a quienes previamente se tachó de reaccionarios?

La situación es muy mala y todos de alguna manera la vamos a pagar. Los niños ya lo hacen. Cada nuevo informe negando la eficiencia del sistema da lugar a una nueva norma destinada a incrementar su control. Control, como si lo que interesara fuese sólo y nada más que mantenerlos a buen recaudo. De resultas los institutos –intenten acceder a uno para comprobarlo- se han convertido en penitenciarias, con gravísimos problemas de disciplina, violencia, etc. Esto ha afectado naturalmente a los profesores, ahora más ocupados en labores de vigilancia que en impartir sus materias. La libertad que antes se respiraba en los centros de enseñanza, y que tan esencial es para una buena educación, ha desaparecido.

A quien no afectan las malas notas es a la administración, que sigue en sus trece con ayuda de pedagogos y sindicatos. Digo esto porque la administración también tiene competencias exclusivas que mal cumple sin que nadie se lo eche en cara. Ejemplo, la aprobación de los libros de texto. Si ustedes tienen hijos sabrán de qué estoy hablando. El mío me ha pedido hoy que le ayudara a estudiar una página de “ciencias sociales”. Mi hijo tiene 12 años y cursa primero de secundaria. Les juro que he tenido que leer el texto varias veces para empezar a desbrozarlo. No es que fuera difícil, que lo era, es que estaba mal escrito, mal estructurado, mal explicado. En veinte renglones una cascada de términos técnicos (ferralítico, taiga, garriga, maquia) capaces de marear al más pintado. Para el niño, nada de subrayar la palabra patata, ojalá, memoria pura y dura, sin atisbo de comprensión. ¿Fracaso escolar? No me extraña. De pronto he descubierto que en lo más elemental –y el libro de texto es lo más elemental, aquello con lo que el estudiante tiene que enfrentarse cada día- la reforma del sistema educativo es una quimera. Mucha foto y mucho esquema para agradar al pedagogo del ministerio encargado de dar el visto bueno a la publicación, pero nada que verdaderamente ayude al estudiante a aprender la lección. ¿Será que un texto críptico y mal organizado es el mejor camino para aprender a aprender?, ¿no se perseguirá de esta forma tan sutil hacer más competentes a los niños para vivir en un mundo que tiende a la confusión?

Y, sin embargo, lo que estos necesitan, igual que los mayores, es claridad, una claridad que ahora no puede proporcionarles el profesor porque difícilmente logra dar su clase, y que tampoco le ofrece el libro de texto porque es malo, muy malo. La pregunta es: ¿quién ha aprobado estos libros?
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