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Ha llegado el momento en Galicia

Olga González Alonso
lunes 02 de marzo de 2009, 23:19h
A Emilio Pérez Touriño le fallaron hasta los últimos cartuchos. Ni el PP buscaba la abstención, ni la alta participación registrada en las elecciones del domingo favoreció a los integrantes del ya desintegrado bipartito, sino todo lo contrario. Tampoco convencieron las últimas y desesperadas promesas-limosna como esa tan zapateril de dar algo más de cuatrocientos euros a cada parado. Y, sobre todo, los gallegos no dieron credibilidad alguna a ese repentino desmarque del hasta ayer líder del PSdeG respecto de sus socios del BNG que tan férreo marcaje le hicieron durante estos casi cuatro años.

Sin embargo, la culpa real de que Touriño tenga que abandonar San Caetano y Monte Pío con todos sus carísimos muebles y el excesivo coche oficial que su sucesor electo se ha apresurado ya a poner a la venta, y se haya visto forzado a dejar también la dirección de su partido, no hay que buscarla en los quince días de campaña, ni siquiera en los intensos meses de precampaña. El domingo, en las urnas, los gallegos juzgaron, y sentenciaron con contundencia, toda una legislatura que se inició con grandes promesas de cambio, ilusión y progreso y ha terminado en importante decepción. Y uno de los pilares de aquel mensaje que llevó a socialistas y nacionalistas a bipartir la Xunta, esto es, la regeneración democrática, ha dado tantos pasos atrás, con evidencias sangrantes de falta de transparencia, amiguismo, despilfarro y tendencia desmedida al lujo en tiempos de crisis, que más bien se ha tornado en una degeneración democrática. Y eso difícilmente lo perdonan los ciudadanos, y menos a la izquierda del purismo y el buenismo.

El nacionalismo pierde puntos en Galicia y sus habitantes han dicho no a un socialismo que le ha abierto demasiado las tragaderas a esa decadencia. Y que, junto a ella, no ha sabido gestionar ni los buenos tiempos con los que empezó su matrimonio ni, mucho menos, los gravemente peores de ahora. Los gallegos quieren buenos gestores para retomar el rumbo perdido y hacer frente a la crisis económica que el bigobierno primero negó y después no supo capear. Y han confiado en un Partido Popular renovado y en un hombre, Alberto Núñez Feijóo, que ha dirigido con sabiduría la transición de su partido desde aquel fraguismo tras el cual parecía que sólo cabía la nada hasta una modernidad que ha ilusionado lo suficiente como para, entre otras cosas, recuperar el voto urbano y lograr el hito inédito de descabalgar a un gobierno después de sólo una legislatura.

Tras el éxito, que de paso afianza la figura de Rajoy a nivel nacional, queda una difícil tarea en la que el nuevo presidente de la Xunta podrá permitirse pocos fallos. La situación de partida es, sin duda, de las peores posibles, y las expectativas creadas colocan el listón muy alto. Acogiéndonos al lema de campaña de los populares, ha llegado el momento en Galicia. Pero ahora va en serio y la frase no es para quince días, sino para cuatro años. La ilusión y la esperanza de los gallegos está ya en manos de Núñez Feijóo y su equipo. Y ha quedado más que demostrado que traicionarlas se paga con creces.
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