La ruptura de relaciones diplomáticas entre el reino de Mohamed VI y la república islámica de Ahmadineyah, esconde un fondo de fragilidad institucional en Marruecos, que no soporta la injerencia iraní en su tejido religioso ni los flirteos del régimen de los ayatolás con el Frente Polisario en lucha contra el gobierno de Rabat por la soberanía del Sáhara Occidental.
El pretexto marroquí han sido las declaraciones de Ali Akbar Nateq Nuri, jefe de gabinete del ayatolá Ali Khamenei,
tildando el reino de Bahrein como “14ª provincia iraní” – lo que desgraciadamente recuerda las proclamas del dictador Saddam Hussein acerca de Koweit como “13ª provincia” iraquí -, y la vigorosa respuesta de Mohamed VI al enviar un mensaje de apoyo al rey de Bahrein, Hamad Ben Issa Al Jalifa, apoyando la integridad territorial del minúsculo reino petrolero del Golfo.
La reacción iraní a la decisión de Rabat no se hizo esperar, y
Teherán acusó indirectamente a Marruecos de “servir los intereses de Israel y de Estados Unidos” y de “asestar un duro golpe a la lucha del pueblo palestino”. La diplomacia de Mohamed VI encajó malamente las críticas y “rechazó vigorosamente los fundamentos y comentarios de la reacción iraní”.
Sin embargo, hay razones más profundas que han empujado al Reino de Marruecos a tomar una medida impensable en la era de Hassan II. En efecto en los casi 40 años de su reinado, el anterior monarca alauita nunca llegó a ese extremo ni con la Yamahiria libia del coronel Gaddafi, a pesar de los varios intentos de éste por derrocar al monarca; ni con Francia, que acusó oficialmente a los militares más próximos a Hassan II, Oufkir y Dlimi, de haber asesinado al disidente marroquí Mehdi Ben Barka, subentendiendo que la orden fue dada por el propio rey. La única ruptura de relaciones fue con Argelia en 1976, tras los combates directos entre los ejércitos marroquí y argelino en la localidad sahariana de Amgala y el apoyo militar de Argel al Frente Polisario.

El comportamiento diplomático de Mohamed VI difiere con el de su padre. A mediados de enero,
Rabat cerró su embajada en Caracas en protesta contra “la creciente hostilidad de las autoridades venezolanas respecto a la integridad territorial del reino de Marruecos y las recientes
medidas de apoyo al Frente Polisario”. Marruecos quiso marcar su hostilidad a la visita del presidente bolivariano Hugo Chávez a Tinduf, la primera que un jefe de Estado realiza a los campamentos de refugiados saharauis.
Las Autoridades de Rabat sospechan que Venezuela no se ha quedado con los brazos cruzados y que además de acrecentar su apoyo material a la guerrilla del Polisario,
está usando de su diplomacia para atraer apoyos a la causa independentista saharaui. Entre ellos el de Irán, con quien el régimen de Chávez ha tejido una estrecha alianza. El gobierno marroquí lo ha insinuado directamente : “Irán debe asumir su entera responsabilidad en esta degradación de relaciones bilaterales de la que conoce perfectamente sus orígenes”. En los cálculos de Rabat no está exento el intento de atraerse el apoyo del nuevo presidente norteamericano Barack Obama, para cuya administracion Irán sigue formando parte del “eje del mal”.
La diplomacia de Mohamed VI no ha escondido por otra parte que “algunas actitudes de Irán atentan contra la uncidad del rito malakita sunita en Marruecos”, base y fundamento de la cohesión religiosa marroquí y del Emir de los Creyentes. En efecto, Teherán está fomentando la constitución de grupos chiíes en Marruecos, lo que ha provocado un debate religioso dentro del Reino como nunca antes se había conocido.
Una delegación del Partido de la Justicia y el Desarrollo, formación islamista con fuerte representación en el Parlamento de Rabat, viajó hace pocas semanas a Teherán. La iniciativa del PJD ha suscitado polémica entre las otras formaciones islamistas. Mientras que el movimiento Justicia y Espiritualidad del jeque Abdesslam Yassin permanece al margen de las discusiones, el partido de la Virtud y el Renacimiento, una escisión del PJD, dirigido por Abdelbari Zemzi, ha criticado el viaje y alerta sobre el auge del chiismo en Marruecos. Para Zemzi “la corriente chiita, cuyos adeptos se cuentan por miles sobre todo en el norte de Marruecos, amenaza la estabilidad de la sociedad marroquí y pone en peligro su cohesión”. Las Autoridades de Rabat no ocultan su temor de que el prestigio que ha alcanzado el chiismo, gracias a la “resistencia” del Hezbolá libanés y del movimiento palestino Hamas aliados ambos de Teherán, cuestione los fundamentos mismos del poder en Marruecos basado en el frágil equilibrio entre la institución del Emir de los Creyentes y la legitimidad histórica de la dinastía alauita.