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50 años del libro de texto en México

Antonio Meza Estrada
martes 17 de marzo de 2009, 22:13h
El pasado mes de febrero se celebraron 50 años de una de las instituciones más generosas y eficaces del Gobierno Mexicano: el libro de texto gratuito.

En sus inicios se pensó como un programa que garantizara el abasto universal de textos escolares en comunidades urbanas y rurales –sobre todo estas, donde los índices de analfabetismo rayaban en el 50%-. Es decir, compensar una deficiencia en un país mal comunicado, con amplios núcleos de población dispersa y con carencias educativas inaceptables.

A principios de los años noventa y con la obligatoriedad de la secundaria se plateó también la necesaria correspondencia del libro de texto. La primera entidad donde se aplico esta política educativa lo fue el estado de Tabasco, donde en 1995 iniciamos el programa de textos gratuitos, seleccionados mediante academias de maestros y adquiridos mediante convenios coordinados por la Conaliteg, a las empresas editoriales del país. Me correspondió como director del libro de texto, coordinar con las autoridades educativas de ese Estado y su equivalente en la Secretaria de Educación Publica del Gobierno Federal, su diseño y lanzamiento. Al año siguiente, y tomando las buenas experiencias de Tabasco, se iniciaría un programa piloto nacional impulsado por la S.E.P., destinado a otorgar el beneficio a escuelas secundarias del medio rural.

Poco a poco se fueron incorporando otros gobiernos estatales bajo el mismo esquema, es decir adquiriendo libros de texto adquiridos a las editoriales nacionales previamente autorizados por SEP y seleccionados por los maestros. La logística de adquisición y distribución a cargo de Conaliteg, hasta alcanzar la meta de la cobertura total de las escuelas secundarias en el año de 1997.

En ese momento podemos afirmar que ese año se logro el sueño de 1959: que todas las escuelas sin distinto de localidad, tamaño, régimen publico o privado, tuviesen los materiales básicos para la enseñanza, amen de que la obligatoriedad paso de seis a nueve grados de escolaridad universal.

Es mi punto de vista que el modelo de distribución de libros de texto estimulo sensiblemente a la industria editorial de nuestro país. Aparecieron nuevos autores y se abrió un abanico de opciones en el planteamiento de enfoques educativos. La industria editorial se impulsó considerablemente con la compra de varios cientos de millones de pesos anuales, con liquidez inmediata, economía de esfuerzo en la distribución –que ya no esta a cargo de ellos- y la ampliación de la base de lectores como consecuencia de la mejoría en el nivel cultural de la población al ampliarse el numero de grados de escolaridad obligatoria.

Sin embargo, es mi apreciación que el modelo de secundaria, que respeta la producción editorial independiente, se ha encontrado con algunos problemas, ninguno de ellos sin solución. Quizá el más importante tiene que ver con la necesaria actualización de los materiales y el problema de la calidad. En las primeras reuniones de trabajo con las editoriales, me correspondió plantearles un esquema similar al que ocurre en otros países, donde se establecen ciclos de renovación periódica, convenidos con la autoridad educativa.

A grandes trazos del sistema educativo de los últimos quince años, no se modificado ni los libros de texto tampoco. Ni el marco legislativo, ni los criterios de operación en planes y programas de estudio, ni los libros de texto han sido sujetos de modificaciones significativas. El modelo educativo reformado en 1992, en esencia, sigue siendo el mismo. Lo que si cambio fue la calidad física de los materiales atendiendo la falacia de la reducción de costos. Nunca como ahora se han distribuido materiales educativos de pésima calidad, que resulta ser un fraude para los educandos y un esquilo para los mexicanos que pagamos impuestos.

Las empresas editoriales del país habían incrementado sus niveles de operación, atrayendo a empresas de otros países para invertir en la mejora de los materiales educativos o bien en la asociación o adquisición de empresas editoriales previamente mexicanas. Inmersos en la globalización, cada día nuestros textos se asemejan más a los editados en otras latitudes que los esfuerzos pioneros de los educadores mexicanos convertidos en editores. También es importante resaltar la aparición de algunos esfuerzos editoriales particulares a cargo de organizaciones no gubernamentales o de maestros a titulo personal.

Finalmente, dijeran los teóricos de la sociología, los “efectos perversos” del modelo centralizado de adquisición y distribución de libros de texto le ha pegado a las pequeñas librerías independientes que hay en el país. A este respecto, seria saludable que las compras de los libros dejan de estar centralizadas y progresivamente fuesen los estados quienes las realicen, involucrando a las empresas editoriales y a las librerías de sus localidades. Eso seria un paso adelante en la necesaria descentralización de la vida nacional.
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