La victoria de Mauricio Funes, candidato del FMLN, en las elecciones presidenciales de El Salvador, abre un nuevo capítulo en la historia del país centroamericano, cuyos niveles de pobreza y violencia, lo sitúan entre los más necesitados y peligrosos de la región.
Mauricio Funes, reputado periodista y antiguo corresponsal de la cadena de noticias CNN en Español, nunca se imaginó que a los 50 años se convertiría en la noticia al llevar su partido, el ex grupo guerrillero Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), a lo más alto de la política de Estado, al conquistar la presidencia de uno de las naciones latinoamericanas más golpeadas por la violencia, la mortandad infantil y la pobreza: El Salvador.
Contradictoriamente a lo que su místico nombre significa, la historia contemporánea de este país centroamericano está escrita con sangre. A principio de la década de los ochenta del siglo pasado, El Salvador fue el triste protagonista de uno de los peores conflictos civiles de América Latina, cuando en 1980 tuvo lugar el cruento enfrentamiento entre la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) contra la milicia insurgente de izquierdas del FMLN.
La confrontación que duró diez años, además de dejar tras de sí a alrededor de 75.000 muertos y 8.000 desaparecidos, unas cifras que no pasan inadvertidas en un país de 21.000 kilómetros cuadrados de extensión; también arrastró la herencia de una población sensiblemente polarizada. Un hecho que quedó evidenciado con esa victoria del 51,27 por ciento obtenida por Mauricio Funes, tan sólo 2,54 puntos más con respecto a su contrincante de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), Rodrigo Ávila.
El pasado domingo la sociedad salvadoreña manifestó su cansancio hacia ARENA, la plataforma de derechas que a lo largo de poco más de dos décadas mantuvo su hegemonía sobre el país; apostando por la alternancia política. Aún cuando las siglas del FMLN son asociadas a las temidas guerrillas latinoamericanas, el grupo guerrillero dejó a un lado los fusiles AK47 y las M16 para ejercer como actor político después de la firma de los Acuerdos de Paz en 1992.

Desde 1994, en las primeras elecciones democráticas celebradas en El Salvador tras el cese de la Guerra Civil, el FMLN se convirtió en la segunda fuerza política más importante del país, así como también la oposición más férrea y crítica del partido gobernante: ARENA.
Si bien, este giro político contribuye a favorecer la democracia y el Estado de Derecho del pueblo salvadoreño, es inevitable no cuestionarse a qué dirección se dirige El Salvador tras la victoria del Frente Farabundo Martí, si la misma contempla mantenerse por la senda de los gobiernos de centro izquierda como el de la presidenta chilena Michelle Bachelet y el de su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, o está destinado a sumarse al emergente club de la izquierda radical conformado por Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa y Evo Morales.

El tiempo dirá si Funes fungirá como un verdadero motor de cambio en la sociedad salvadoreña o será, como muchos de sus detractores temen, un “amigo más” de Chávez. Por ahora, al otrora corresponsal de CNN, le toca poner en orden un país que según la BBC,- a través de datos aportados por el Observatorio Centroamericano sobre Violencia-, es la nación más violenta de la región con una tasa de homicidio que ronda los 67,8 por cada 100.000 habitantes, uno de los índices más altos del mundo, a causa de la actividad y la guerra descontrolada entre
los maras, las pandillas juveniles centroamericanas.
Asimismo, no se puede omitir los profundos problemas de salud pública por los que atraviesa el país, en donde la falta de médicos y la gastroenteritis aguda se cobran la vida de centenares de personas, entre ellas, a un significativo número de niños, que por no poder acceder a una atención médica adecuada se mueren de diarrea.
Por lo que el verdadero reto del presidente electo va más allá de haber desbancado del poder a su eterno rival político. El compromiso real de Mauricio Funes no es con los integrantes o los partidarios del FMLN, si no con un país llamado El Salvador, que lo eligió en aras de un cambio de rumbo.
América Latina espera que la vasta experiencia que posee Funes narrando las duras realidades de su país ante las cámaras de televisión, le otorgue el criterio para llevarlo por el camino del progreso y el desarrollo, y no se convierta en uno de esos tantos líderes latinoamericanos, que les da por imponer revoluciones caducadas.