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La sombra

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 20 de marzo de 2009, 23:24h
El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid están mostrando desde el 10 de febrero al 17 de mayo una impresionante y exquisita exposición artística bajo el título de “La Sombra”. Como bien dice el Ministro de Cultura, César Antonio Molina, “tradicionalmente empleada para enfatizar el naturalismo, la sombra ha servido asimismo para hacer patente “lo divino”, y desde el siglo XVIII para invocar ese contrapunto de la razón que es “lo siniestro”.

Esta exposición, difícilmente repetible, se compone de ciento cuarenta obras maestras de la Pintura Universal. Algo hecho para gozo de la mente y los sentidos. Desde el punto de vista conceptual y desde los objetivos que configuran el fin de esta exposición se encuentra el libro de Victor Stoichita, A Short History of the Shadow, que por una parte constituye la piedra angular o keystone de la muestra, y por otra, ha hecho que el propio Victor Stoichita sea su comisario, o incluso autor, en el sentido más estricto, de esta señalada exposición, como reconoce el propio Director Artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, Guillermo Solana.

Fue la sombra el origen mismo de la pintura, cuando aquella muchacha corintia, según cuenta Plinio el Viejo en su Naturalis Historia, cap. 35, puntos 15 y 43, recreó apasionada la silueta de su amante con la plantilla del propio cuerpo amado sobre el muro de su alcoba con manchas de sombra ( Magníficas las versiones sobre este mito del origen de la pintura de Joseph Wright of Derby, en La doncella corintia, la de David Allan, en El origen de la pintura, y es sublime y atroz parodia la de Vitaly Komar y Alexander Melamid en su tremebundo cuadro Los orígenes del realismo socialista ). El propio Marco Fabio Quintiliano, nuestro gran rhêtor calagurrense, decía en su Institutio oratoria, 10, 27: “non esset pictura nisi quae lineas modo extremas umbrae quam corpora in sole fecissent circumscriberet”. Como Plinio, nuestro Quintiliano ve a los cuerpos como una plantilla. Quintiliano llamó a Apolodoro de Atenas (s. V a. C. ), skiagraphós, es decir, el pintor de las sombras, y es por ello que, según esta noticia, Apolodoro de Atenas debió ser el primer artista de las sombras.

Es así que la sombra (skiá) es la huella efímera del hombre mortal, y la pintura vendría a ser una versión de la sombra más permanente, con vocación de indeleble plenitud de la belleza. Entre la sombra y la luz, límites del espectro cromático, límites ciegos, se desenvuelve lo visible. Es así que somos esencialmente mezcla de luz y sombra.

La verdadera entrada de la sombra en el arte europeo ocurrió en el Renacimiento. Mancha negra, perfil inestable y opaco, la sombra parece no contribuir aparentemente a la “belleza” de una obra, aunque casi siempre nos la revela poderosa en el contraste. Su connotación simbólica se percibió como definitivamente positiva: así ocurre, por ejemplo, en las Anunciaciones italianas y flamencas, en donde el reflejo opaco del Ángel Gabriel o de la Virgen alude a la “sombra del Todopoderoso” (“et virtus Altissimi obumbrabit tibi”), bajo cuyo poder (“virtus”) se produce el milagro de la Encarnación.

Giovanni di Paolo otorga un carácter diferenciador a la sombra, siendo ella la que configura la realidad de los paisajes, salpicándolos de sombras esbatimentadas, mientras que los personajes de la historias sagrada ocupan la obra tranquilos y bidimensionales, puras formas coloreadas y sin sombra.

Asombran ( a+sombra ) los usos y finalidades de las sombras a lo largo de toda la Historia de la pintura universal. La sombra como la críptica lobreguez del mundo en la Estigmatización de San Francisco, de Gentile da Fabriano. La sombra reveladora de la santa faz proyectada en unos cortinajes en Cristo bendiciendo, de Pier Maria Penacchi. Espléndida la arquitectura de sombras en La Anunciación, de Gentile Bellini. Paisaje siniestro e inquietante el de las sombras domésticas y palaciegas de La negación de San Pedro, de Jean Leclerc. Potenciadoras sombras de luz o sombras madres de luz para los rostros en La Cena de Emaús, de Matthias Stom. Sombras apacibles y hondas, sapienciales, en el espléndido y hechizador cuadro de La educación de la Virgen, de Georges de La Tour, con la sabia y mística cara achinada de la Virgen Niña. La sombra de la muerte eminente sobre el cuello de un condenado con el cuerpo ya de cera en La decapitación de San Juan Bautista, de Mattia Preti. La sombra incrédula de la cabeza de Tomás en el blanquísimo torso de Jesús, en la Incredulidad de Santo Tomás, de Matthias Stom. Sombras de infinita desesperación cósmica en Romeo y Julieta, de Joseph Wright of Derby. La sombra de la angustia y de los terribles destinos que acechan al hombre, en La gran sombra, de Heinrich Wilhelm. La congeladora y estremecedora sombra del miedo informe en la Escalera con luz nocturna, de Adolph von Menzel. Las sombras orates, desquiciantes, chillonas y tristes en el Corral de los locos, de Francisco de Goya. La sombra geométrica y “blanca” de la dignidad en La muerte del duque de Enghien, de Jean Paul Laurens. La sombra amenazadora del presentimiento revelador y divino en La sombra de la muerte, de William Holman Hunt. La sombra minaz, torva, enorme y hueca de El desafío (El Ídolo negro), de Fantisek Kupka. La sombra alargada y tremolante de los abrazos y los besos apasionados de Conversación amorosa (Intimidad), de Félix Valloton. Las sombras gris-azuladas del futuro, espectrales, silenciosas e inhumanas, que se extienden como una infección, de La noche, de León Spilliaert.

Y tantos y tantos tipos de sombras que componen esta “histórica” exposición en la capital de España. Hoy ninguna institución privada aporta tanta cultura de calidad a la sociedad española como la que preside Tita Cervera. ¡Felicidades, una vez más, baronesa Thyssen!

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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