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Narcotráfico en México: otro reto para Barack Obama

sábado 21 de marzo de 2009, 00:43h
La narcoviolencia en México continúa siendo motivo de actualidad a diario. Esta semana, entre las noticias de nuevas muertes por el enfrentamiento entre carteles rivales, se ha colado un dato positivo: la detención de Vicente Zambada, uno de los máximos líderes del poderoso cartel de Sinaloa, que dirige el recientemente incluido en la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo, Joaquín Guzmán, alias "El Chapo".

A pesar de los méritos de las fuerzas institucionales, que libran una auténtica batalla contra el narcotráfico desde que el presidente Calderón así lo ordenara en 2006, la guerra contra los carteles dista mucho de ser ganada. La violencia generada en torno al negocio de la droga hace de México uno de los países más peligrosos de América, además de constituir una auténtica lacra económica y social para su desarrollo.

La conflictiva frontera con Estados Unidos, principal destino de la droga, es el escenario habitual de innumerables crímenes que la Policía mexicana es incapaz de contener. La red tejida por el narcotráfico es demasiado tupida, un auténtico estado paralelo que todo lo permea, desde pequeños negocios de barrio, hasta las más altas esferas gubernamentales, pasando por mandos policiales y del Ejército.

Los periódicos muestran la cara visible del problema: asesinatos, capos que conducen coches de alta gama y lucen cadenas de oro. Pero detrás de eso se oculta un problema más complejo en el que los actores protagonistas son profesionales de bajo perfil, empresarios de apariencia intachable en cuyas redes de oficinas se gesta el negocio del narcotráfico. La estructura delictiva funciona como un engranaje perfecto, maneja alta tecnología y ha fraguado su éxito en la especialización del trabajo: unos siembran la droga, otros lavan dinero y otros más actúan como sicarios. Cada uno tiene claro su papel y no es difícil atraer nuevos adeptos al negocio que sueñan con enriquecerse algún día.

Los carteles mexicanos son ya la mayor mafia del mundo, además de un problema que desborda al Estado. La solución al mismo solo puede y debe venir de la cooperación con Estados Unidos, que es, además, parte implicada. El país que dirige Obama no solo es el primer destino de la droga de los clanes mexicanos, sino que constituye el lugar de aprovisionamiento de armas de los narcos (recordemos que el año pasado se produjeron más de 6.300 muertos por enfrentamientos entre grupos rivales). El narcotráfico debe ser objeto de la mayor atención para el nuevo Gobierno de Estados Unidos, el cual debe terminar por reconocer algo que siempre recuerdan, con razón, las autoridades mexicanas (o, para el caso, colombianas): el hecho incontrovertible de que, si hay tráfico desde los países latinoamericanos, es porque hay consumo en los EE.UU. –delictivos, en ambos casos, o muy en relación con una delincuencia organizada a gran escala. La narcoviolencia es una amenaza creciente y exige una actuación sin demoras. Una cita ineludible en la apretada agenda de Barack Obama.
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