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El ministro de los toros

domingo 29 de marzo de 2009, 18:42h
El taurineo se siente maltratado por la Administración, en general. Atrincherado en los tópicos de mayor obsolencia se considera perseguido. Su ombligismo, endogámico, anclado en el inmovilismo, le lleva a acuñar mensajes confusos y dentro de su recelo general, con toda la Administración, discrimina derecha con izquierda, sintetizando en PP, PSOE, concediendo el beneficio de sus dudas, sobre el mínimo apoyo a la Fiesta, a los populares y no pierde ocasión de demonizar al socialismo.

Cierto es que, por su concepción monolítica, el mensaje, breve –muy breve–, de estar al lado de “los toros” propalado por los conservadores es unívoco, tanto como equívoco por retórico y teórico. Mientras la filosofía federalista y la heterogeneidad del socialismo -bastión del cajón de sastre vastísimo (cabría también con b, en muchos casos) de lo que autodenominan progresismo- permeabiliza la beligerancia de sectores periféricos, filiales o afines bloqueando sus múltiples acciones en pro de la Fiesta atendiendo principalmente a la base, su difusión y su promoción, lo menos lucido y lo más costoso: ocurre en Andalucía con sus Aulas, sus escuelas taurinas y con la programación de Canal Sur. Otro tanto hace Castilla La Mancha con su canal televisivo, y en menor escala Extremadura y Aragón. Los ayuntamientos de Coruña y Vitoria, por poner un par d ejemplos, han hecho esfuerzos por rehabilitar o sacar del lodazal, aun en precario, las corridas de toros. El de San Sebastián, al menos –entonces- no enredó para que el proyecto de Manolo Chopera de restituir los toros en Donosti, tras 25 años de abstinencia, fuera una realidad. No así en Madrid ni en Valencia que –como me he pronunciado tantas veces- expolian al sector sobre los 7.5 millones de euros (entre la dos) sin “arriesgar” un alamar.

Con todo el arsenal competencial transferido a las comunidades autónomas son estas las susceptibles de juicio para evaluar una balanza ecuánime sobre el tratamiento a este espectáculo por parte de unos y otros.


Sin embargo se reclama por parte de los taurinos, respecto del Gobierno, que el testimonio jurisdiccional pase de Interior a Cultura, sin reparar, ni exigir, a los entes regionales (auténticos ejecutivos en materia taurina) tal trasvase: el que no tiene a los toros en Gobernación, lo tiene en Presidencia, o en “asuntos varios”, nunca en Cultura.

Por ello fue gratificante que, hace dos domingos en un programa radiofónico de alcance nacional, el Ministro actual de Cultura, Cesar Antonio Molina, “progre”, poeta y gallego, hiciera si no una defensa un testimonio de respeto, tan sereno como tibio pero sin resquicio a la repregunta, réplica o el debate, de “los toros” al ser inquirido perversamente con pregunta de respuesta inducida por su presentadora – presunta vejadora ¿maltratadora? convicta y no confesa de humanos- sobre la “mala imagen” de España y su cultura, en el exterior, simplificada a fútbol y toros.

“La imagen de nuestro País a través del torero ha sido rodada en grandes películas e interpretada por grandes pintores como Goya o Picasso y también es un manera del ser español y por lo tanto contribuye a esa imagen nuestra en el mundo, que afortunadamente no la tenemos por tener ojivas nucleares o demás, si no que todo esto, lo que nos estamos refiriendo, lo hace gente de paz, gente de concordia, gente que quiere un mundo mejor, un mundo mejor para todos, y que es solidaria”

Cierto es que el ministro se ufanó de nuestra gran industria de la cultura mencionando todos los sectores menos “el toro”, incluso cifró en un 5% del PIB nacional su producción, sin reparar en “los toros” como manifestación cultural y aportar el 30 % de dicho PIB (1.5) y de la calidad de nuestra cultura como instrumento turístico citando museos y otros activos patrimoniales sin dar bola a “Las Ventas”, o la feria de San Isidro que en hecho sin parangón concentra a 25.000 espectadores diarios durante un mes. Se jactó de tener los mejores cineastas, actores, cantantes, músicos y grandes representantes del más amplio abanico de las bellas artes. Y se felicitó de que la crisis no haya afectado a nuestra cultura aportando un dato: los cinco millones de espectadores en 2008 que pasaron por los teatros (tantos como aglutinan el Madrid, el Atleti o el Barca) ignorando los cerca de 20 millones de espectadores de toros.

Pero al menos ante la sombra del ataque soportado por el tópico, los respetó y, más importante, consiguió se respetara, o al menos se obviara la invectiva preconcebida de la individua.

Gracias Sr. Ministro por que el que da lo que tiene no está obligado a más. Quizá el resto de los datos los ignore por que el sector tiene la asignatura pendiente de ponerle cara, voz y firma, ya que sus máximos representantes, principalmente los toreros, han abdicado de cualquier responsabilidad delegando en puntilleros y mozos de espada con el vestido de sindicalistas.
Y es que un torero, vestido de calle, hoy, es generalmente un bulto sospechoso, y eso sí se lo han contado al ministro, quizá con cierta razón.

No ha pronunciado soflamas cínicas de gran aficionado, ni proclamas hipócritas de cómo su partido ayuda a los toros según en que autonomía al contrario que el discurso autocomplaciente de los peperos que tanto gusta a los ociosos taurinos. El ministro no es la “esperanza” y no ha dicho “pío”, pero al menos ha sido sincero, respetuoso y ha parado en la raya el gañafón habitual del consabido buey; bueno, “bueya” –con perdón–.

Así mismo es verosímil que el PSOE tiene un problema de conciliación, convergencia y comunicación respecto de La Fiesta, que si entiende no ser un caladero de votos en la ambigüedad si puede ser un coladero.

Pedro J. Cáceres

Crítico taurino y Periodista

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