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Irak, Perejil, Kosovo

lunes 30 de marzo de 2009, 21:53h
Tras la chapuza de Kosovo, el Gobierno ha desplegado toda su artillería propagandística y gestual para que el sector crédulo y “progre” de la opinión pública –acostumbrado a ingerir (prefiero no decir “comulgar con”) ruedas de molino- acepte que todo ha quedado resuelto y olvidado. Para eso ha ido el Presidente a rendir pleitesía a Biden hasta Santiago de Chile. Los argumentos de Zapatero, en el Pleno del Congreso la semana pasada, tratando de justificar lo injustificable, no convencieron a nadie pero fueron la mejor y más completa exhibición de la carencia de fundamentos de la política exterior de este Gobierno y del carácter errático e ideologizado de la misma. Falto de razones para explicar una decisión tan grave -que no solo no se consultó con los aliados sino que tampoco se debatió en el Congreso ni se acordó en Consejo de Ministros- Zapatero volvió a echar mano de la guerra de Irak.

Sobre aquel polémico caso, que tan rentable ha sido para el PSOE, montaron Zapatero y su gente un descomunal monumento basado en el engaño y la falsificación que, desgraciadamente, todavía no se ha desmontado. Es mentira que España fuera a aquella guerra porque nunca envió tropas de combate y es mentira que actuara contra la famosa “legalidad internacional”. Aquel Gobierno envió primero al buque Galicia, dotado de importantes capacidades sanitarias y con una unidad de protección compuesta por 120 Infantes de Marina que, por supuesto, nunca entró en combate porque no era esa su misión. Después, ya en agosto de 2003, marchó a Irak la Brigada Plus Ultra que viajó con todos los “sacramentos legales”. En efecto, las Resoluciones del Consejo de Seguridad 1483 (22 de mayo de 2003) y 1511 (16 de octubre de 2003) avalaban aquella expedición. La primera hacía un llamamiento a todos los Estados miembros de la ONU para que contribuyeran a garantizar la estabilidad y seguridad del país asiático, que era, precisamente, la misión del contingente español. La segunda autorizaba expresamente la creación de una fuerza multinacional, en la que se integraron los españoles, con la misma finalidad.

Zapatero se apresuró a retirar aquellas tropas no tanto por cumplir una promesa electoral como para que no se le adelantaran las Resoluciones de la ONU. Trataba de jugar al hecho consumado y a evitar (?) quedar con las vergüenzas al aire. Aquí, la parte más lanar de la opinión, con el correspondiente aderezo de buenismo y pacifismo a ultranza, se tragó las mentiras socialistas, que todavía no ha digerido. Pero si recurrir a Irak, a estar alturas, es una muestra de caradura y mala fe, la alusión crítica a Perejil es como el epítome de una política exterior basada en el apaciguamiento, a costa de lo que sea, incluida la rendición y la cesión de nuestros derechos como Nación soberana. La crítica que hizo Zapatero el otro día de la actuación del Gobierno de Aznar en el caso Perejil refleja, además, un desconocimiento de cómo se produjeron los acontecimientos y lleva a la conclusión de que, ante un hecho similar, Zapatero habría hecho caso del “consejo” de Chirac a Aznar que, según cuenta el autor francés Tuquoi (Majesté, je doit beaucoup a votre père, 2006), fue este: “Cede a Mohamed VI Perejil y también Ceuta y Melilla”. Otros dos autores franceses, C. Graciet y N. Beau (Quand le Maroc sera islamiste, 2006) afirman que “Mohamed VI habría planeado, junto con Francia, una estrategia para castigar a la arrogante España que consistiría en descartar a las empresas españolas de los mercados y los concursos marroquíes”.

Lo que nunca habrían imaginado ni Chirac ni Mohamed VI es que sus planes –de los que Perejil sería solo el primer paso- llegarían a merecer al aplauso del sucesor de Aznar en la Presidencia del Gobierno. La actitud de la mayor parte de los periódicos españoles, antes de que los marroquíes fueran desalojados del islote, fue más bien cobardona, por decirlo del modo más suave. Y ello a pesar de que la operación no pretendía ninguna “conquista” sino, simplemente, la vuelta al status quo ante. Una vez terminada con éxito la intervención militar una encuesta de CIS daba, sin embargo, un 76’6 por ciento de opiniones favorables a la misma. Ahora Zapatero sigue estando en contra de aquella operación, como dijo el otro día en el Congreso. Nada que extrañar en un entonces líder de la oposición que había viajado a Rabat, tras la retirada del embajador marroquí, y que se había dejado fotografiar delante de un mapa del reino alauita que incluía como territorios propios Ceuta, Melilla y las Canarias. Con esos antecedentes no puede extrañar el nuevo desastre exterior de Kosovo, que arrastra de nuevo el nombre de España por los suelos. Lo que parecen ignorar estos genios de la diplomacia es que todas estas pifias se acumulan y van conformando una imagen de España como socio y aliado no fiable. Una imagen que no borran los apretones de manos y las palabras educadas, aunque se hayan ido a buscar a 11.000 kms. de distancia.
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