Kráisis3th
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 03 de abril de 2009, 17:44h
Ya es imposible sostener que la economía socialista o morbosamente intervencionista sea ( o haya sido ) más favorable a la convivencia internacional que la economía de mercado y la ideología liberal. Por el contrario, la economía estatista o prosocialista, intervencionista y tutelar, ha devenido siempre en los tiempos de crisis como un camino de aislacionismo autárquico y patrioterismo barato – es decir, no sincero -, y en los tiempos de vacas gordas en una corrupción masiva y desorden financiero ( velay los resultados de la politización de la economía en la Caja de Castilla-La Mancha, paradigma perfecto de las Cajas de Ahorro, en donde la politización de la esfera de la economía sigue fiel el principio “Cuius regio, eius economia” ).
La cruzada estatalizadora emprendida por Obama y otros obamitas europeos contra el predominio y la arbitrariedad del mercado, en donde se deroga el principio de separación entre la política y la esfera económica en aras de una fusión de imperio y dominio, tiene que terminar necesariamente con un empeoramiento insuperable e incurable de la situación existente. La supresión de la economía de mercado, como principio rector del orden económico y su desplazamiento por la economía de las autoridades ( economía de administración centralizada ) llevará sin duda a gigantescas bolsas de pobreza y hambre en el mundo.
La verdad es que la izquierda nunca ha sido internacionalista ni cosmopolita en términos económicos. No hay que olvidar que el propio Marx dijo aquello de “¡Proletarios de todos los países, uníos!” en su Manifiesto Comunista porque los liberales, verdaderos creadores del internacionalismo económico, estaban gritando ya aquello de Cobden, “Free Trade, Goodwill and Peace among Nations”. El panmonopolismo y el supermonopolismo son fracasados modelos socialistas, con los que todavía se nos quiere liberar del desorden y de los costes excesivos del “capitalismo”.
Todo socialismo tendrá siempre algo de nacionalsocialismo, de ideario bóxer. El propio Marx, al final de su Manifiesto Comunista, tuvo que hacer propuestas que suponían necesariamente una “nacionalización del hombre”. No debemos olvidar que la presente crisis nace con la total aniquilación de la sana separación entre el “political power” y el “economic power” ( que eso era precisamente lo que los socialistas querían aniquilar, y lo han conseguido ), y ello nos abrirá caminos inquietantes para la economía y el bienestar mundial. Karl Schmitt reconocía hace ya más de cincuenta años que el oden de Derecho internacional de la economía mundial supone en cada Estado un “mínimo de orden constitucional, liberal”, consistente en la “separación de una esfera pública-estatal del ámbito de lo privado, ante todo en el carácter no estatal de la propiedad, el comercio y la economía”. Pero setenta años después de la Segunda Guerra Mundial volvemos a vivir una militarización de la vida económica, de turbias e imprevisibles consecuencias sin duda, pues no se puede sustituir artificialmente el orden natural de las cosas. “Esta es la índole de las cosas:/ a lo natural no le basta apenas el universo,/ lo que es artificial requiere un espacio cerrado” ( Goethe, Fausto, II, 2 ).
Intentar cada país por su cuenta escapar de la crisis mediante una planificación nacional de la economía acabará destruyendo la libertad de mercado y comercio en el mundo. Al pasar a depender el proceso económico de la instancia política nacional, que le “planea” e impone su “plan”, con los medios coactivos del Estado, es evidente que se cumple la siguiente ley general: cualquiera que sea el plano en el que la economía de mercado sea sustituída por la economía de las autoridades gubernativas, la fusión del proceso económico y la autoridad del Gobierno creará siempre una barrera política y económica entre este ámbito de poder ( v. gr. Obama ) y el resto del mundo. La planificación nacional contra la crisis conducirá a la destrucción de la comunidad internacional. La planificación internacional del G-20 debería consistir en dejar en manos de todos los ciudadanos particulares del mundo la economía, si es verdad que creen en la libertad política. Si el cambio de paradigma significase debilitar la economía de mercado la crisis se prolongará, y los instintos nacionalistas se reforzarán y se enquistarán, estrangulando la economía mundial y la libertad.
Lo peor del G-20 ha sido triplicar el contingente de dinero que ya tiene el F.M.I. ( No hay nada peor ni más letal para la libertad y la igualdad ante la ley que un político o un funcionario que gestiona dinero que no es suyo, que no es de nadie, como dijo una sabia ministra socialista ).
Lo mejor del G-20 es su rechazo explícito al proteccionismo, que se contradice con el propio espíritu “revisionista” ( de la libertad de mercado ) del mismo G-20. Si nuestro bienestar económico dependiera hoy de los políticos apañados estamos.
Aunque pueda uno ser tachado de hereje – mi infinita pequeñez lo hace imposible -, la raíz de esta crisis financiera quizás esté en lo contrario de lo que se combate ahora; en haber herido de muerte el ordenamiento natural de la economía, en la aquiescencia del poder político para con toda iniciativa privada, la concurrencia y el libre comercio, en haber tajantemente prohibido la vida privada, que en tiempos se expresaba con el optimista adagio civil “laissez-faire, laissez-passer”.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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