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Toros de Cuaresma

viernes 03 de abril de 2009, 19:38h
Marzo ventoso y abril lluvioso. Semana Santa. Domingo de Ramos: el que no estrena, se queda sin manos. No sé qué me hace asociar el dicho a unos calcetines blancos, escasos, finos (seguramente de hilo) que se apresuran por el suelo refulgente; un estallido de luz sobre las palmas largas, albas y elásticas, sombras finas que se bambolean desde las iglesias, camino de la explanada de la plaza de toros. Una alegría falsa, rápida, menguada, de pastelería; alegría de domingo, tras la que se adivina el rumor de las telas moradas tapando la carne rígida de las imágenes, los lutos del Viernes Santo, el ruido amortiguado y un olor a torrijas, a Valdepeñas y a prohibición, en bares y tabernas. Procesiones. Vacaciones. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Desde que se inventó la isidrada no solía haber corridas de campanillas en Madrid el Domingo de Ramos. Ni el de Resurrección: los oros carteleros de postín se ponían a calentar para estar en el foro al rojo vivo en el mayo florido y hermoso. En cuaresma venían de Valencia, de las tracas de azahar y aire azul y salino que se adelantan a la primavera; viajaban a Sevilla, como las diosas madres, que llegaron allí siguiendo el curso del sol allí y se quedaron escondidas, siglo a siglo, cambiando de cara, de vestido y de nombre. Domingos especiales en Madrid, de lustre sordo, de toreo secreto y silencioso. Tengo la sensación de que todas los Domingos de Ramos, de que todos los Domingos de Resurrección, torea Bernadó —exquisito y silencioso, melancólico, como ellos— y trae una ola dulce y templada del Mediterráneo para adormecer Madrid, para calmar su cháchara y sus gritos.

Algunas cosas han cambiado. Ahora la gente viaja en vacaciones, se van al sur, buscan el sol y el mar y encuentran la lluvia con la que las diosas, milagrosamente vírgenes, preñan cada año la tierra, como siempre, por la primera luna llena de primavera. Sin embargo el Domingo de Ramos mantiene su discreción en la monumental plaza de Las Ventas del Espíritu Santo. Apenas hay palmas y calcetines blancos, pero tras los pasteles tristes del domingo, los aficionados bajan a la explanada que circunda el coso, donde les aguarda un cartel silencioso —quizá exquisito—, un cartel de ramos, católico y pagano, universal y cómplice: Un madrileño (Uceda), un francés (Juan Bautista) y un colombiano (Bolívar). Memorias marinas del este y el oeste con cita en el puerto seco del poblachón. En el tendido 10 los mirará, melancólico, Bernadó.

Y al siguiente domingo, pasados los lutos, los gritos, las saetas y las madrugás, volverá a resucitar, por todas partes, el toreo de luces y campanas. Volverá renacido el mundo antiguo —el sur, el mar—, y a su sombra, volverá Madrid. Morante, El Cid, Manzanares, en Sevilla; Conde, José Tomás, Perera, en Málaga; las arenas de Arles con los miuras listos para Padilla, Rafaelillo y Lescarret. Y Talavante, firme y solitario, en Madrid con seis toros. Plazas de primera vestidas de gala para tocar clarines y timbales por Pascua Florida.

Aún esperará Brihuega la primavera remolona desde su ruedo amurallado en piedra. En pocos días, se extenderá la vida por todo el campo y llegará el calor al páramo de Castilla. Viene en las muñecas de Ponce, Perera, Cayetano.
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