El ataque al pasado
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 06 de abril de 2009, 17:59h
En la España actual la valoración positiva de cualquier manifestación política o fenómeno cultural semeja carecer de legitimidad si no va acompañada de un ataque al pasado. La historia se contrapone así gratuita y constitutivamente al progreso. Reino del error, del oscurantismo o la desmaña, el ayer –remoto o próximo, pero sobre todo éste- resulta sistemáticamente descalificado como elemento válido de comparación para medir con justeza los aciertos y avances del tiempo presente. Al pretérito se lo identifica de ordinario, simple y llanamente, con la negación, sin que en él quepa encontrar, por lo común, factores estimulantes para las tareas de nuestros días ni se hallen en sus diversos capítulos elementos reconfortantes de la condición humana.
Ningún sector de la vida social escapa a esta anatematización; ni aun tan siquiera los atañentes a los estratos estatutariamente más cultivados y garantes de la memoria de la colectividad. En el alborotado debate acerca de las malaventuras o bienandanzas que la aplicación del famoso Plan Bolonia provocará en el curso de la Enseñanza Superior, sus apologetas esgrimen monocorde e incesablemente como premisa mayor de su argumentación la insania del antiguo sistema basado en la clase magistral y la autoridad “despótica” del profesorado, erigido en retrógrado y arriscado defensor de viejas rutinas e inercias. De acuerdo, pues, con los paladines boloñeses el futuro se ofrece despejado y aun refulgente para la remecida Alma Mater: desterrados sus criticados métodos, las luces sustituirán automáticamente a las sombras.
El expedito y milagroso procedimiento goza, como se recordaba más atrás, de ancho crédito en otros muchos campos de la comunidad española hodierna, debido sin duda a su sencillez y baratura mental. No se libran de la epidemia ni aun las esferas que por su trayectoria y misión podrían parecer más inmunes a sus estragos, a la manera, v. gr., de la Magistratura o el Ejército. El plus al punto y aparte, la popularidad que enmarca la ruptura violenta y el corte de amarras en cualesquiera facetas de la España de 2009 explican la renuncia a usos seculares y el abandono de señas de identidad no menos dilatadas.
El adanismo a que, a fin de cuentas y en definitiva, conduce tal mentalidad puede, sin embargo, alumbrar secuelas nocivas para la convivencia en la España del inmediato porvenir. Educadas en la descalificación de su historia, las generaciones aprestadas ya a tomar el relevo carecerán de un mínimo sentido de la responsabilidad para el cumplimiento de deberes ineludibles. El derecho a equivocarse reivindicado en todo tiempo por los protagonistas de las diversas etapas históricas adquirirá en ellas hipertrofia cancerosa. Si el pasado se les presenta como un tejido de fracasos, entregado al dominio de poderes reprobables por esencia, será muy difícil inculcar en sus integrantes cualquier ideal de perfección. El mismo principio de la solidaridad, eje y guía de la moderna formación, poseerá bases muy infirmes, ya que la conciencia histórica sustenta sus raíces más hondas.
Con todo, hay motivos para la esperanza. Una escuela democrática no ha de alzarse sobre la almoneda sino sobre la herencia y el espíritu de superación del legado recibido, patrimonio de incontables y nobles afanes, plataforma de lanzamiento para nuevos y ambiciosos proyectos colectivos. Como siempre en la historia española, los educadores de los niveles primarios y, por ende, más trascendentes, sabrán encontrar puntos de encuentro fecundos entre el pasado y el mañana.