Berlusconi confunde un terremoto con un camping
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 12 de abril de 2009, 15:22h
Quien lea los lunes mi columna, probablemente pensará que tengo una especie de obsesión maniaco-persecutoria por Silvio Berlusconi: creerá que nutro en contra del premier italiano un mixto de rabia intrínseca, odio acrítico, gana de perseguirle y vergüenza ajena. Pensará que, a lo largo de mis columnas, no he perdido ni una ocasión y he aprovechado todas las oportunidades que he podido para darle caña: en parte es verdad, sobre todo teniendo en cuenta que el personaje se presta, me ayuda cada semana a encontrar un nuevo argumento, soltar nuevas maldades, escribir nuevas críticas. Es como mi musa, me inspira, es mi Melpómene.
El punto es que cada vez que Berlusconi habla sin tener un discurso escrito por un infra-pagado becario, genera perplejidad y, dentro de mí, un fuerte deseo de explicarle cómo me gustaría ser representado por un político. No se trata de compartir ideología, el asunto es mucho más simple: evitar provocar vergüenza e hilaridad. Vulgarmente, no meter la pata, pesar las palabras y las acciones. Lo que me asusta es que hasta cuando no lo está haciendo mal y me prometo dejarle en paz, el Cavaliere tiene que decir algo que chirría. ¿Un ejemplo? Frente a la tragedia de los Abruzos, el premier no estuvo mal y, mientras su diligente servicio de prensa (y propaganda) se ocupaba de hacer llegar a las agencias mundiales las imágenes más emotivas de su visita entre los escombros, Berlusconi volvía a jugar la carta de la cercanía. Hasta aquí bien: al igual que durante la crisis de las basuras de Nápoles (solucionada con la ayuda, complicidad o connivencia de la Camorra), el presidente estaba dando muestra de su lado humano, sus visitas a la zona y sus llamamientos a la unidad están trasladando un imagen creíble de su compromiso gubernamental. Además hay que subrayar que ha reaccionado a la primera, llegando antes de Giorgio Napolitano, el Presidente de la República (¿su próximo escalón?) y del Papa (ambición frustrada para el premier).
Sin embargo, contestando a la televisión alemana N-TV, brillantemente afirma: “No les falta de nada. Tienen cuidados médicos, comida caliente... Por supuesto, su lugar de abrigo actual es provisional, pero hay que tomarlo como un fin de semana en un camping”: eso mientras la cámara graba centenares de personas durmiendo en tiendas de campaña, centros de acogida rebosantes de gente, edificios en ruinas, hospitales sin capacidad de respuesta y búsquedas desesperadas entre escombros. ¿Lo peor? Algunas horas después del desafortunado símil, un Berlusconi molesto subrayaba que su intervención “no parece fuera de lugar, porque los niños se han reído”, añadiendo que “no debe crearse una atmósfera de pesimismo, de negativismo y de muerte”. ¡Te jodes! Acaban de morir más de 280 personas, 40mil se quedaran sin casas y los daños ni quiero contarlos. No se trata de ser tiquismiquis sino de respetar el dolor de la gente frente al peor terremoto en tres décadas.
Divagando sobre el tema y moviendo mi atención al terremoto, me sorprende que el mundo acabe de descubrir que Italia es tierra de seísmos. Y me sorprende aún más que son los italianos mismos a descubrirlo ahora: en la bota itálica se registran cada año un millón de pequeñísimos terremotos mientras un centenar de ellos alcanzan 5 grados de la escala Richter; uno cada 4 días. Al menos nueve grandes desde 1980, donde dejo tras de sí miles de muertos en Nápoles e Irpinia. Sin embargo, en ningún momento se ha planteado la necesidad de una exigente edificación antisísmica o la aplicación de criterios de construcción y seguridad estrictos. Los terremotos son emergencias que la acción humana puede favorecer; son tragedias naturales que se pueden contener, intentando limitar los daños y las consecuencias nefastas. ¿Cómo? Manutención del enorme patrimonio cultural nacional, evitando la concesión de nuevas “bulas” urbanas, frenando la flexibilidad urbanística, cuidando los edificios y construcciones antisísmicas. Además, en Italia, nadie construye respectando las leyes convirtiéndolo en un país fuera de las normas.
Pero, ha llegado la hora de no volver a olvidar lo sucedido, sino de sacar enseñanza de esta nueva desventura. Mientras Italia se convierte en un país acostumbrado a las promesas incumplidas, los Gobiernos tienen el deber de hacer todo lo necesario para evitar llorar en el futuro su imprudencia. Hala Berlusconi, menos propaganda y más cabeza.
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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adonofriohotmailcom/9/9/17
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