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Nieve en la Cabrera

Concha D’Olhaberriague
domingo 12 de abril de 2009, 19:22h
La sierra madrileña está este año más blanca que nunca. La línea de nieve que otros inviernos asoma, si acaso, fugitiva, es manto denso tendido hasta el pie de monte. Salpica el blanco las moles graníticas encabalgadas en peligroso equilibrio. A su pedregoso suelo, más propicio para triscar que para pasear muellemente, debe, sin duda, su nombre este trozo de la sierra de Guadarrama. No es un caso excepcional. Basta observar el perfil de la isla balear homónima o de la italiana Capri para adivinar la razón transparente de estos nombres. Es posible que su vecina Pedriza sea más legendaria; también más cóncava y sinuosa, con senderos siempre cambiantes, menos abierta.

En La Cabrera no nace el Manzanares, ni hay un castillo que se refleje en las aguas de un amplio lavajo. Pero ascendiendo desde el pueblo encontramos un refugio de misioneros Identes, y, más arriba todavía, en el Cerro de la Cabeza, los restos de un castro céltico carpetano, plantado en medio de los riscos. Por eso queda algo de él. Otros yacen entre nudos de autopistas o bajo las construcciones intrusas, mermando la tierra a los jabalíes que ya se han rebelado alguna que otra vez irrumpiendo allí donde no se les esperaba. Un par de años atrás, bajó uno siguiendo el cuso del Manzanares, y llegó hasta la colonia de hotelitos cercana al Puente de los Franceses, granate aún, como cuando lo pintó Beruete.

La luz poderosa que reverbera en los puntos cuarzosos de los peñascos serranos es engañadora. En invierno, sobre todo, confunde al paseante desprevenido, sin avisarle de lo rápido que cae la noche por estos lugares.

Guadarrama es una cadena de montañas viejas, decía Ortega. En ella situó una de sus salidas al universo, su Norte; en el mar de Ontígola, por Aranjuez, puso la otra puerta, la que avistaba el Sur. Desde un lugar de los Pirineos dedicó el filósofo un texto espléndido de su Espectador a la sierra madrileña y segoviana “El Alpe y la sierra”. Muestra en él su preferencia por la última, menos ciclópea que el Alpe, más a medida del alcance del ojo del hombre. Léanlo. Si lo conocen verán su frescura siempreviva; si no, les sorprenderá su escueta y sentida argumentación.
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