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Experiencias microeconómicas

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 13 de abril de 2009, 20:10h
Un amigo residente en otra ciudad sureña que la del articulista le ha trasmitido una reciente experiencia doméstica que, no obstante su reducido ámbito, puede ser muy ilustrativa de algunos lances y peripecias de la actual economía española y, en especial, de la andaluza.

Engolfada la persona en cuestión, por imperativo cronológico, en la reforma parcial de su casa debió acudir a diecinueve instancias y a treinta y dos operarios para materializar su proyecto, de bien modestas proporciones, por lo demás. Hombre muy meticuloso y quizás algo avisado de episodios anteriores de la misma índole, anotó con detalle la respuesta de las empresas y trabajadores movilizados a su petición. Entre las primeras las había de todo tipo: pequeñas, grandes, acreditadas, poco conocidas, competitivas, desganadas, instaladas en la vanguardia del marketing y las más flamantes técnicas de mercado o bien de vuelo corraleño y nada modernizadas. De modo semejante, en los albañiles, carpinteros, electricistas, pintores, mecánicos… a los que solicitó sus servicios, los había, por supuesto, de toda condición: más o menos cualificados, motivados unos más que otros, jóvenes, maduros, mayores y en la frontera de la senectud, con estudios profesionales, de aprendizaje libre, de corta experiencia, de larga trayectoria y familiaridad con el oficio…

Tan estimable y variada cifra de negocios y empleadores tenía, empero, un común denominador: la inoperatividad. De las veinte empresas traídas al retortero solamente dos cumplieron con los encargos comandados en tiempo y forma, aunque una de ellas infringió un tanto el primer factor. De su lado, los trabajos nunca se verificaron en el momento acordado y los materiales provistos jamás se acomodaron a lo estipulado con el cliente, así en elementos insignificantes como en los más valiosos. El tamaño de los objetos no era de ordinario el demandado; su color se ofrecía casi siempre diferente al solicitado y su ubicación o implementación se descubría al final descolocada, con el acrecentamiento consiguiente de gastos, contrariedades y frustraciones en un hogar habitado por ancianos.

Respecto al horizonte laboral, éste se presentó todavía más sombrío. En medio de glosas continuas y, a las veces, tronitronante de la actualidad deportiva y municipal, la desmaña, la inefectividad y la impuntualidad se adueñaron de las horas y los días del quehacer de maestros, oficiales y aprendices, con el correspondiente impacto crematístico y anímico en el audaz reformador arquitectónico de su vieja mansión. Hubo, naturalmente, excepciones, y, en ciertos casos, muy destacadas; entre ellas, la del propio encargado de obras, persona de pulcra honestidad y adornada de incontables virtudes, mas incapaz, como Felipe II, de “luchar contra los elementos”. Pero ni su abnegada actividad ni la de alguna que otra empresa y operario de las protagonistas en el proceso mencionado valieron para contrapesar la marea arrolladora de la ineficacia y la irresponsabilidad.

Para el común de los ciudadanos, en el que se encuentra el amigo del cronista y él mismo, la macroeconomía y el complicado mundo del capitalismo, de la ingeniería financiera y los sistemas bancarios pasan invariablemente por la economía doméstica, real y tangible. Y de su experiencia cuotidiana extraen muy a menudo la conclusión que la productividad es el motor básico del progreso material y social, estando éste, hoy por hoy, en España “gripado” y con escasas posibilidades de reparación. Ojalá que sea únicamente una consideración de mesa camilla o tertulia de café sin más significado ni entidad.
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