Darwin, Santo Tomás y el aborto
Carlos Madrid Casado
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carlosmadrideducamadridorg/13/6/13/19/26
martes 14 de abril de 2009, 20:15h
Vivimos tiempos solemnes. Lean la prensa, escuchen la radio, enciendan la televisión o, simplemente, pongan la oreja en el trabajo. Día tras día nos bombardean con rotundas declaraciones a favor o en contra de la última ocurrencia del Gobierno: cambiar la ley del aborto. Unos y otros hablan del tema sin precaución alguna y, lo que es mucho peor, sientan cátedra en nombre de la Humanidad, así, con mayúscula, como si la estuvieran tocando con la yema de los dedos. Y uno se pregunta si no tendrán vergüenza o, al menos, un mínimo de honestidad, para pararse en barras y reflexionar sobre si lo que se está gritando a los cuatro vientos en la plaza pública es o no es una completa majadería.
En sus manifestaciones, la mayor parte de los principios que abortistas y anti-abortistas invocan no son más que pura retórica: ambos bandos ya se han formado un juicio y se limitan a apuntalarlo con argumentos más o menos ad hoc. Por un lado, por ejemplo, las feministas se posicionan a favor, al tiempo que corean el célebre “nosotras parimos, nosotras decidimos”. Ancladas en la metafísica de “el cuerpo es mío y sólo mío”, las feministas olvidan que el feto no forma parte de su cuerpo, porque es otro cuerpo distinto –con su propio corazón u oídos- dentro del suyo. Creer que el feto es propiedad exclusiva de la madre es despreciar el imprescindible concurso del padre, del varón.
Por otro lado, los pro-vida, agitando pancartas con eslóganes propios de un vitalismo decimonónico que, a comienzos del siglo XXI, ha sustituido el término “alma” por el de “vida”, aunque con el mismo olor a incienso y casulla de antaño. Si aquéllas regalan panfletos con tufillo progresista, éstos reparten fotos tremebundas, que muestran fetos despedazados camino del cubo de la basura. Estas imágenes sanguinolentas le remueven las tripas a cualquiera con un poco de humanidad y calor. Ahora bien, estas fotos nos producen exactamente el mismo rechazo y la misma repugnancia que unas fotos que mostraran, por ejemplo, la extirpación de un tumor o la amputación de un miembro. Con esta clase de propaganda pro-vida (como si la otra fuera anti-vida), se corre el riesgo de confundir el rechazo a la sangre y las vísceras con la negativa al aborto, esto es, lo genérico con lo específico.
Simultáneamente, los anti-abortistas defienden y reclaman que con la concepción aparece la vida (ya digo, el alma). Pero el puñado de células que conforma el zigoto no está “vivo” en el mismo sentido en que ustedes o yo lo estamos. Una persona es mucho más que un ADN. Identificar la vida con la aparición de un código genético nuevo, como hacen algunos, es dar palos de ciego: supone creer que cada vez que froto mis manos entre sí, con el consiguiente desprendimiento y destrucción de miles de células epiteliales (que portan mi ADN y permiten en potencia clonarme), me convierto en asesino.
El Catecismo condena el aborto en cualquier supuesto. No en vano, el Concilio Vaticano II califica como crímenes abominables el aborto y el infanticidio, apelando al carácter sagrado de la vida. Sin embargo, la teología católica ha olvidado la doctrina al respecto del insigne Tomás de Aquino. En el Suplemento a la Suma Teológica (80, 4), Santo Tomás realiza una afirmación que hoy sonaría revolucionaria a los pro-vida: tras el Juicio Final, cuando los cuerpos de los muertos resuciten para que nuestra carne participe de la gloria celestial, los embriones no participarán, al no habérseles infundido todavía el alma racional y, por tanto, no ser seres humanos.
La Iglesia repudió el traducianismo, tanto en la versión grosera de Tertuliano (el alma se transmite a través del semen) como en la más espiritual de San Agustín, prefiriendo acogerse a una suerte de creacionismo según el cual el alma es puesta por Dios en el feto durante la gestación. Pero, ¿en qué momento? Para Santo Tomás, el feto atraviesa varias fases. En las primeras, únicamente tiene alma vegetativa o sensitiva. Y sólo a partir de la última, tiene alma racional (que sería, al igual que el logos aristotélico, lo que nos capacita para hablar y razonar). Con sus propias y sutiles palabras: “El embrión tiene, al principio, un alma exclusivamente sensitiva, sustituida después por otra más perfecta, a la vez sensitiva e intelectiva” (Suma Teológica I q76 a3 s3).
El fundamentalismo católico actual, tendente a ver vida en todas partes, a la manera del panteísmo oriental, es –según Umberto Eco- de origen protestante. Frente a la teoría vigente del alma, de raigambre platónica por su esencialismo y fijismo, estaría la teoría de la animación progresiva de Santo Tomás, de cuño aristotélico, y que encaja mejor con el evolucionismo darwiniano. Darwin sigue, hoy como ayer, haciendo saltar los candados teológicos.
En verdad, el problema radica en que la cuestión no es dicotómica, no es cosa de sí o no, de todo o nada, de 1 ó 0, sin condiciones. Porque no se trata de una cuestión científica, por más que algunos –entre ellos, algún ministro- se empeñen en desplazar el debate. Tampoco se trata, desde luego, de una cuestión religiosa. Ni mucho menos. Dios nos libre de explicar lo oscuro por lo más oscuro. Se trata, sencillamente, de un problema filosófico, por cuanto la idea de vida no se agota en los conceptos biológicos o teológicos que se tengan, puesto que requiere su confrontación con otros conceptos históricos, sociológicos, políticos e, incluso, éticos y morales. Y la solución a este problema pasa por dar con un criterio filosófico, es decir, con un criterio que tenga en cuenta todas las vertientes del problema.
En líneas generales, desde unas coordenadas bioéticas lo menos metafísicas posibles, una condición necesaria –y casi suficiente- para que puede hablarse de ser humano es que haya un cuerpo bien formado. Ya sé que el óvulo recién fecundado puede en potencia dar lugar a un cuerpo; pero también una cualquiera de mis células epiteliales puede hacerlo. Resulta difícil pensar que el zigoto, el blastocito o el embrión sean seres humanos (personas), careciendo de un cuerpo bien formado. Sin embargo, a partir de la octava semana, las manos y los pies del feto comienzan a desarrollarse rápidamente, quedando la forma de cuerpo humano completamente dibujada durante la duodécima semana, aunque no sea hasta la vigesimocuarta cuando el feto comienza a presentar patrones coherentes de actividad cerebral.
Actualmente, la Ley sólo despenaliza el aborto en tres supuestos: por violación (hasta la semana 12), por malformación del feto (hasta la semana 22) y, finalmente, por riesgo físico o psíquico para la madre (sin límite de tiempo). La intención del Gobierno de cambiar esta legislación por una ley de plazos evitará la fuga o el coladero que a día de hoy supone el tercer supuesto; pero, a lo mejor, el plazo que se propone (¿25 semanas?) escapa a toda racionalidad positiva. A nuestro entender, el aborto está justificado (en nombre de la misma vida humana) en todas aquellas situaciones en las cuales la continuidad del embrión o del feto pone en peligro la vida física de la madre. En cambio, lo que no puede quedar justificado es la práctica incondicional del aborto de fetos bien formados, fundada en la premisa de “no haber sido deseado el embarazo”. Quien esto dice –sea mujer u hombre- es culpable de no haber usado los métodos anticonceptivos y de control de la natalidad de que dispone nuestro presente.
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Profesor de Bachillerato
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Últimos comentarios de los lectores (1)
1823 | IOR - 07/02/2016 @ 23:00:28 (GMT+1)
Tu postura acerca de lo que es un embrión humano es reduccionista (quien hubiese perdido sus extremidades, o quien naciese con cualquier tipo de deformidad no podría considerarse humano, pues su cuerpo no es "humano") no es nuestro cuerpo lo que nos hace ser humanos; y, desde luego, no realiza una descripción completa, ni describe la realidad de lo que allí hay, no en potencia sino en acto, a saber, un nuevo ser independiente y que de manera autónoma, salvo por lo que a la alimentación se refiere, es capaz de desarrollarser por que contiene en sí mismo todo lo que va a ser a falta de que el tiempo y su maduración le dejen expresarlo.
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