Revolución y Bienestar en clave latinoamericana
martes 14 de abril de 2009, 20:18h
Según el filósofo Joseph Raz, todos tenemos el deber de contribuir con el bienestar de la Sociedad en la cual nos ha tocado en suerte vivir. La construcción del ámbito público es, en gran medida, el resultado de la actividad que realizamos como miembros de un determinado proyecto socio- político; cuyo funcionamiento requiere que los ciudadanos cumplamos con el principio de corresponsabilidad. Éste puede ser concebido de manera amplia en cuanto que nos involucremos en actividades voluntarias que buscan crear ‘valor público’, o de manera más limitada, asociado al cumplimiento de las leyes y de las responsabilidades especiales que tenemos con quienes convivimos de manera cercana. Lo importante, en todo caso, es que ha partir de esta concepción se nos plantea la existencia de un sujeto que activamente realiza actividades que lo llevan a realizar esfuerzos por alcanzar su felicidad y a contribuir, de alguna manera, con la de los demás miembros de la Sociedad. Siendo esto así, nos encontramos con una perspectiva acerca del individuo que lo concibe como un sujeto con plena capacidad para decidir por sí mismo los contenidos de sus intereses y sus preferencias y para actuar en consecuencia. Todo esto hace que el sujeto tenga capacidad autonómica para el ejercicio de la libertad.
Uno bien podría decir que una de las ventajas de las Sociedades Abiertas, radica precisamente en la posibilidad que tienen los individuos para actuar por sí mismos sin que las restricciones que se colocan sobre ellos por vía del establecimiento de determinadas normas para regular la convivencia sean excesivas, en cuanto que no limiten excesivamente su libertad. Esto hace que el individuo adelante sus propias iniciativas, innove en diversos procesos, decida por su propia cuenta y riesgo, y defina los contenidos de aquellas cosas que le permiten ser feliz. Esto, en el entendido de que la felicidad está referida a la propia existencia durante el lapso de tiempo que dure nuestra vida, debe ser tangible y debe tener un carácter personal. La felicidad, entonces, está referida a uno mismo y tiene que ver con las oportunidades de realización que, razonablemente, la sociedad le proporcione a los sujetos que la constituyen.
El tema adquiere interés en el contexto de la transición hacia los ‘nuevos modelos revolucionarios’ que se están imponiendo en algunos países de América Latina (Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y, claro, Cuba), cosa que requiere, en nuestra opinión, poner algunas cosas en perspectiva. En mi opinión, aún cuando se intenta decir lo contrario, estos modelos de organización socio- política, sobre todo el venezolano, con su prédica del Socialismo del Siglo XXI, se parecen en demasía a lo que se conoce como el Socialismo Real que imperó en el mundo dominado por la Unión Soviética durante la segunda mitad del siglo pasado. Si esto es así, nos enfrentamos con una concepción acerca del orden social que tiene un carácter militarista y profundamente dogmático, en el cual la construcción del éste sólo es posible mediante la imposición de un criterio de verdad que se considera incuestionable y que, en la experiencia histórica, ha terminado homogeneizando a la sociedad, privatizando el espacio público y restringiendo las libertades individuales.
Este modelo restrictivo de la individualidad y de la iniciativa privada, busca colocar los procesos de construcción ideológico- conceptual en manos del Aparato del Estado y de la nomenclatura en el poder, y en el cual la manera como se concibe la individualidad esta referida de manera indiferenciada al funcionamiento de la colectividad, a su modo de organización y a su dependencia vertical con las instancias de poder. El individuo se diluye en el colectivo y funcionar en razón del aquel, subsumiendo sus propias aspiraciones y expectativas a aquellas que se conciben para el colectivo, anteponiendo el interés de la colectividad al propio.
Para concepciones de lo social que se instrumentan desde la perspectiva antes mencionada, el problema de la felicidad individual tiene un carácter accesorio y despreciable. Los individuos no valen por sí mismos sino como miembros del colectivo, en consecuencia las actividades que no están claramente referidas al colectivo son consideradas dañinas e inconvenientes, razón por la cual son desestimuladas. Esto no es casual, si se recuerda bien en la vieja prédica leninista se plantea que en las necesidades de la revolución justifican que se sacrifiquen varias generaciones a favor de las generaciones futuras. Ante este argumento uno tendría que preguntarse carias cosas: ¿Qué generación va a sacrificarse y a quienes dentro de ella?, ¿bajo que criterio sacrifico elementos tangibles que suman a mi felicidad a favor de elementos intangibles cuya realización queda supeditada a logros futuros que no se encuentran definidos en el tiempo? Al primer cuestionamiento yo diría que la distribución de cargas y beneficios debería ser equivalente para todos los miembros de la sociedad y debe tener un carácter intergeneracional. A la segunda diría que yo, en lo particular, no estoy dispuesto a realizar la transacción si las reglas del juego y sus consecuencias no son suficientemente claras.
La transformación de la sociedad debe contemplar la construcción de oportunidades para la realización de todos los individuos que conforman a esa sociedad; la definición de normas por vía del consenso democrático; la apertura de los espacios de diálogo y la definición de lo común a partir de la discusión pública y respetuosa de las diversas concepciones del Bien que existan en una sociedad en un momento histórico determinado.