www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Carta abierta al recién nombrado Ministro de Educación

miércoles 15 de abril de 2009, 17:38h
Estimado Ángel,

Te pongo estas letras, ante todo, para felicitarte por tu reciente nombramiento como Ministro de Educación —a secas. Dudé en un primer momento si hacerlo, porque no me parecía suficiente motivo el que te hubieran hecho Ministro de Educación de Ceuta y Melilla, y de Asistencia Social y de Deporte y de no sé cuántas cosas más —o menos. Pero luego me enteré de que han devuelto a Educación las competencias de la universidad. La medida de rectificación, en la que seguro que has tenido algo que ver, ha sido generalmente bien recibida: la enseñanza desde primaria hasta universidad, unida de nuevo, y el deporte para Zapatero. Todos salimos ganando.
En estos momentos en que se te van a multiplicar los amigos —y los consejeros— sin necesidad, me voy a tomar la libertad de hacerte algunas observaciones en relación con lo que todo el mundo acuerda que es y va a ser tu principal tarea: la reforma de la Universidad, consumando la implantación del plan “Bolonia”.

Pero, probablemente, y como tú sabes mejor que yo, el problema de la universidad no es universitario, como el problema de la técnica no es técnico. Cuando los estudiantes llegan a la universidad han cumplido 18 años, aunque no es despreciable la porción que lo hace a los 20. A esas edades es tarde para ciertas cosas en la vida, aunque esté casi toda ella por delante. Y es tarde, específicamente, para formar los hábitos decisivos que hacen de un universitario un buen o un mal estudiante. Supongamos que los profesores y los recursos en la universidad española son razonablemente buenos y supongamos que los jóvenes han encaminado sus pasos hacia “lo que les gusta”, después de haber pasado con éxito la prueba de la selectividad. Pero si les falla la capacidad de concentración, el hábito de lectura, un mínimo de competencia en el acto de comunicar lo aprendido mediante la escritura, y algunos conocimientos básicos, todo lo demás fallará.

Ignoro lo que dicen las teorías psicológicas del aprendizaje, pero mi experiencia (treinta años enseñando en “medias”) me confirma que es entre los 14 y los 18 años—el intervalo que cubría el antiguo bachillerato (B.U.P.)— cuando procede configurar esa masa difusa de técnicas, habilidades (esto es, hábitos consolidados) disposiciones e informaciones (lo que ahora han decidido resumir con el término de “capacidades”) que será más tarde el suelo firme desde el que escalar los conocimientos de especialización que demanden sus estudios “superiores”. Un ejemplo: no se puede llegar a la universidad sin tener claro como está estructurada la historia occidental. El concepto “Edad Media” tiene que ser pensado con precisión porque eso no se lo van a enseñar en la universidad, del mismo modo que el profesor de composición en un conservatorio superior de música se queda pasmado cuando al final de curso, uno de sus alumnos se le acerca y le pregunta: “¿Oiga, quien es ese Bach de quien habla a todas horas?” (La anécdota fue contada en un programa de Radio 2.). El problema de la universidad no es Bolonia sino los estudiantes “logseros” que, con las excepciones que haya que hacer, llegan a la universidad como zombis mediatizados por los lugares comunes de la sociedad de la información, pero sin las herramientas indispensables para adentrarse en el mundo maravilloso de los altos estudios, la lectura y la memoria. El pronóstico, a mi juicio, es claro: uno de los males de la universidad es nuestro bachillerato de dos años.

De hecho el plan “Bolonia” reconoce indirectamente el problema del desplome en la formación de nuestros bachilleres al diseñar el grado, la antigua licenciatura, como una especie de “superbachillerato”, insistiendo en las técnicas de trabajo intelectual. No es mala solución para asegurar el plano de los conocimientos generalistas, pero me atrevo a pronosticar que en España no funcionará si no se combina con una reforma en la estructura de la enseñanza preuniversitaria. Se trata de relacionar causalmente dos hechos: que tenemos el bachillerato más corto de Europa y que ocupamos los últimos lugares en las encuestas que miden los rendimientos de los sistemas educativos en el entorno de la Comunidad Europea. ¿Por qué no un bachillerato de tres años, señor Ministro?

No se me escapa que subyace una cuestión que no he tocado: la dificultad política que podría plantear semejante reforma, que choca directamente con tal cúmulo de intereses creados, que podría remover la silla del ministro mejor aposentado. Pero quizá ha llegado el momento de llevar a cabo un gran pacto en educación. La circunstancia de la crisis económica, que es mucho más que de dineros, parece favorecer el momento de plantear, por lo menos, el debate en serio. Porque cuando surge uno de esos problemas que nadie sabe como encarar, todo el mundo hace lo mismo: se invoca la educación. En efecto, una de las cosas que se están diciendo estos meses atrás es que nuestro modelo de crecimiento económico tiene que cambiar radicalmente. En el futuro se hace necesario uno basado en una más alta cualificación técnica y científica, lo que pasa por un aumento en el nivel y calidad de formación de nuestros escolares.

Resulta entonces que tenemos la ocasión, y que ésta demanda una voluntad política capaz de promover el debate sobre una reforma educativa integral, pero sacándolo de la legítima lucha política partidaria para tratarlo como lo que es: un asunto de Estado. Y eso es lo que creo que te corresponde hacer. Estimado Ángel, no seas sólo ministro de la Bolonia, sino de todos los niveles educativos, también de los bajos pero decisivos niveles formativos en que muchos estudiantes se juegan —y pierden— su futuro profesional.

Disculpa mi osadía por darte consejos y acepta estas líneas como expresión de mis mejores deseos para la resolución de las tareas que te aguardan en el ministerio.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios