Futuro y pasado en Galicia
sábado 18 de abril de 2009, 12:22h
Más allá del cambio en sí que supone el que ahora los 38 diputados que tenía el bipartito los tiene el Partido Popular, es decir, que la mayoría absoluta en Galicia es hoy de los populares y que, por tanto, serán ellos los que gobiernen, el debate de investidura celebrado esta semana en el Parlamento gallego dejó traslucir otro cambio menos previsible. No sólo se han intercambiado aquí los papeles de poder y oposición, sino que, por lo que se pudo oír en el discurso de investidura pronunciado por Alberto Núñez Feijóo y en las reacciones y réplicas de los portavoces de la ahora oposición, ha habido también un canje de imagen a partir de lo que, con bastantes dosis de ficción interesada, algunos se han empeñado en sentenciar como estereotipos perfectamente asentados y asumidos. En dos jornadas parlamentarias se rompió la idea fraguada durante años que asociaba al PP con el pasado, con el inmovilismo y con la falta de pluralismo y a los llamados partidos progresistas con el futuro, con la ilusión y con la pluralidad de ideas y planteamientos.
Feijóo se presentó en la Cámara como un dirigente preparado, realista, consciente de la difícil situación actual y conocedor de que la crisis económica se ha visto agravada por una no menor crisis de gestión. Dio imagen de líder consolidado, ofreció confianza y transmitió ilusión. Representó el futuro necesario.
El portavoz del BNG, además de lanzar críticas tan originales como que el candidato a presidente es conservador, hablar de cosas tan de futuro como aquello del sector de la “boina” en el PP o hacerle censuras tan de gran gestor como que quiera escuchar a los empresarios, se empeñó en afirmar que el aspirante a presidente no había anunciado ninguna propuesta concreta en su intervención. De lo que sólo se puede deducir que el nacionalista estuvo dormido durante el discurso, puesto que fueron nada menos que 174 las medidas que presentó Núñez Feijóo, 104 de ellas de carácter económico.
Por su parte, el representante de los socialistas logró con sus intervenciones lo que su partido no consiguió en cuatro años de bigobierno: una unidad total con los nacionalistas, qué desperdicio de entendimiento a destiempo. Coincidió tanto en el análisis retrógrado, carente de argumentos y repleto de tópicos, que casi pudiera hablarse de plagio. Aunque, como dejando bien claro quién representa aquí lo arcaico, le añadió algunos comentarios de tan rancio aroma como referirse a un retorno al pasado o a la vinculación de Feijóo con Manuel Fraga, hay que ver lo retro que son los progres.
En julio de 2005, socialistas y nacionalistas participaron exultantes en el debate que acabó con la investidura de Pérez Touriño como presidente de la Xunta. Se presentaron entonces como el cambio necesario y el futuro esperado para Galicia y se esforzaron en identificar a los populares con un pasado que nadie quería y que nunca debía volver. Cuatro años después, los gallegos han decidido que lo que no debe volver es el pasado más reciente y que su verdadero futuro está en un hombre que ha roto muchos tópicos y en un partido que se ha descubierto como alternativa real en contra de las expectativas agoreras de quienes no le daban más de dos telediarios una vez desterrado el mito fraguiano. Y los integrantes del desintegrado bipartito no han podido disimular eso que se llama mal perder. Sus caras y sus intervenciones han demostrado que no se esperaban protagonizar ese récord que supone dejar el poder después de tan sólo una legislatura, que ya es hacerlo mal. Y, en una reacción sólo explicable por los conflictos internos que están sufriendo sus respectivos partidos, tan sólidos mientras pisaron moqueta y tan desbaratados desde el mismo momento en que se conocieron los resultados electorales, han cedido sin contemplaciones el futuro a su adversario para anclarse ellos en el pasado que ya a nadie interesa.