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6 orejas en Málaga

José Suárez-Inclán
viernes 17 de abril de 2009, 17:30h
Hace treinta años Málaga era una ciudad antigua y anticuada. El olor del jazmín y del magnolio mezclaban su dulzura con incesantes efluvios portuarios a cloaca, los espetos de sardinas, las frituras doradas, convivían alegremente con cazadores de recompensas turísticas sobre las tierra negra, sucia y chata de sus playas; la Alcazaba, destartalada y abrupta, ardía al sol, emergiendo de edificios sin gracia ni cuidado, hijos del desarrollo cutre y rápido, que se inmiscuían entre hermosas casas decimonónicas y barrios humildes llenos de gracia. Un revoltijo de calles en el centro, donde la suciedad campaba por sus respetos, compartía tópicos con la luz del poniente mediterráneo, la brisa templada de la noche, la sabiduría irónica de sus gentes. De este a oeste, desde el marinero barrio del Palo hasta la salida hacia Torremolinos, era frecuente verse prisionero en la humareda de un tráfico irracional y espeso.

La semana pasada Málaga seguía siendo la antigua ciudad fenicia —la segunda, tras Cádiz, que se fundara en España— pero ya no era una ciudad anticuada. Era otra Málaga. Aún no asomaba la temporada de magnolias y jazmines, de los ramos de biznagas clavados en palas de chumberas o en hojas de pita, que embriagan el aire desde las manos, las solapas, las cabelleras de las mujeres; pero un aroma de azahar y pitosporo se esparcía de la Alameda al Limonar, fluido el tráfico, limpias las calles, renovada la arena en las playas donde se siguen asando las sardinas y dorando los pescados. Seguía charlando la ciudad, gentes de mil pueblos y mil tiempos, de sonrisa fácil y tolerancia larga, pasada ya la obsesión coyuntural y cinegética del turista. Bares, tiendas, edificios y monumentos, paseos y plazas rejuvenecidas, a los que ahora sombrea la Alcazaba esplendorosa, que surge de un teatro romano recuperado, y mira desde los alto la catedral, el Museo Picasso, la plaza de toros, el puerto y su farola, la ciudad toda, el mar, con aire complaciente. En 500 metros Málaga pasa del paganismo al cristianismo y al islam, de la época clásica a la neoclásica —dejando en medio lunas, fuentes, cruces, tronos y arquivoltas— , del comercio al ocio, del aroma sensual y romántico a la vanguardia y la industria. Todo cabe y nada ha dejado. Tampoco los toros.

El sábado santo, dos toreros españoles y un francés. Todos mediterráneos. 1ª Corrida Picasiana. Un cartel pintado por Pablo Alonso que decía unir tradición y modernidad y que no era picassiano ni dejaba de serlo: en el ojo del toro la mirada del genio puesta en la embestida certera del negocio. Hubo mucho viento, pero ni el aire ni las nubes, que se lanzaban al mar desde las peñas circundantes, podían oscurecer la alegría sin ostentación de La Malagueta, aunque los trombones resfriados de la banda de la Expiración no pudieron remedar la gracia natural de la defenestrada banda de Miraflores. “Por 100 euros” —dijo uno. Mucha media blanca en los vestidos, mucho abalorio dibujando soles, estrellas, arabescos; solo el francés se arlequinó de azul y fucsia la taleguilla blanca y azabache. Y solo el francés, como Picasso hiciera, toreó. No hubo un recuerdo de la genialidad torera del pintor ni en El Cordobés ni en Francisco Rivera, sus paisanos. Como tienen ya oficio y vestían de postal, se estiraron una o ninguna vez por si algún fotógrafo les inmortalizaba los símbolos solares y la exageración de machos de azabache. Sebastián Castella, sin embargo, ajustó el capote en verónicas, le dio calma, lo afiló en chicuelinas y galleó pausado hacia el caballo. Pese al aire. Brindó, quedó boca arriba la montera, y se fue a por el toro sin mirarla. Trasteó con enjundia, cambió de manos con lentitud para que pudieran verlo los aficionados dispersos por los montes de Gibralfaro, y, a toro parado, aún consiguió muletazos. Estaba puesto, a punto de reencontrarse con el sitio que atisbó en la vida, pero le faltaba —o el viento le quitaba— el trazo seguro y ligero de Picasso. Hubo majestad en el capote que recibió al segundo (aunque se lo echase un poco encima), majestad compuesta en los estatuarios, majestad fría en los cambiados por detrás y en el desmayado desplante. Con la plaza caliente consiguió augustos naturales, luego la quietud —de excesivo efecto— y finalmente la estocada a ley, lenta y en lo alto. Puerta Grande.

Domingo de Resurrección. Duelo en la cumbre. El aire, que aventaba de nuevo la plaza, no encontró un hueco en los tendidos. Perera aventajó en dos metros a sus compañeros de terna en el paseíllo, tal se revelaba su intención. Conde fue comparsa taurina en su tierra. Ni Eolo, ni el motórico de Lagunajanda que salió primero, lograron despeinar su pelo agitanado, cargado de gomina, mientras se coreaban sus pases huidizos con oles malagueños de admiración dudosa. Pinchó muchas veces, todas con precaución, como en un grabado francés. En su segundo ensayó carteles, envarado, más caña que mimbre, con buena estética, a compás abierto, dando derechazos flamencos, teatrales, remirados, sin naturalidad ni ligereza, de falso embrujo, lo que eclipsó la belleza de una trinchera y un cambio de manos.

No eclipsó el aire la decisión de torear de José Tomás, ni la de replicarle de Perera. Ambos, contra viento y marea. JT, solemne en la verónica, se enroscó el primer Cuvillo, hondo y sin planicies, con sosegada media y remate en larga. Escalofríos en las gaoneras, sin enmendarse hasta lo inverosímil, en viajes que el toro cerraba hasta que dio con él y lo encunó. No esperó Perera para responder con otros tres escalofríos, capote atrás, y parar igualmente sobre el lomo del toro, que acertó a penetrarle una pantorrilla. Esta fue la tónica de uno y otro: voluntad de mandar, de gobernar embestidas sin reservas, con un viento que desordenaba los engaños, hasta conseguir el silencio, la sumisión templada de sus oponentes. Faenas de belleza moral, de compromiso tan ético como estético. Cuatro faenas, cuatro estocadas, cuatro orejas. Hábil, impasible, técnico y tenaz, Perera, que toreó herido dos toros de Joaquín Núñez con son y codicia. Más misterioso y ensimismado JT, con trincheras, cambios de mano, pases de bandera para aquí y para allá, que preludiaron un toreo lento, victorioso, a toros menos claros, bajo un revuelo de golondrinas y gaviotas. Sonaba en el 5º Manolete con la plaza en silencio, se oscurecía ya el cielo y JT, ya sometido el manso jabonero de J.Núñez, daba sus clásicas manoletinas antes de enterrar la espada. Y en el 6º, ya anocheciendo, el toro iba y venia bajo el cielo oscuro por la muleta alegre del extremeño. Hasta que ambos se pararon y el diestro lo envolvió en un manojo inverosímil de circulares, derechos e inversos, que terminó en rueda de bernadinas. Se arrancó, tardía, la música y público y torero la callaron. Porque el toreo volvía a resucitar por Pascua Florida. En Málaga.
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