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Obama en México

viernes 17 de abril de 2009, 22:43h
Al ex dictador mexicano de principios de Siglo XX, Porfirio Díaz, se atribuye la sonada frase “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”, aunque algunos historiadores y políticos se empeñan en dejar claro que se trata de un dicho popular revolucionario, en un gesto de no reconocer ni siquiera una frase celebre o ingeniosa al tirano oaxaqueño. Más allá del origen, lo cierto es que la expresión sintetiza en doce palabras muchas de las contradicciones en la relación de los mexicanos con los Estados Unidos. Por un lado, una perenne frustración por no conseguir la atención y la cooperación necesarias del país colindante del Norte y, por otro, comedidas alegrías cuando los “gringos” guiñan un ojo a los vecinos del Sur.

En este principio de la administración del presidente Barack Obama, la atención y la actitud cooperante del mandatario estadounidense hacia México ha quedado de manifiesto en la visita oficial que realiza al país en estos días, primero de la lista en la agenda de América Latina. Lo anterior abre una ventana de oportunidad para intentar solventar muchos de los problemas por los que atraviesa México y que, como es de suponer, involucran directamente a los Estados Unidos. En oposición a la indeferencia mostrada por George W. Bush, Obama se ha comprometido a luchar denodadamente en contra del narcotráfico, no sólo reconociendo que el problema del consumo de drogas en los Estados Unidos es el origen de la producción y tráfico de estupefacientes, sino que también del lavado de dinero y la venta ilegal de armas que genera más de 40 mil millones de dólares de beneficios anuales al crimen organizado, situación alarmante que ha supuesto más de 10 mil muertes violentas desde que Felipe Calderón llegó a la presidencia en 2006. Pero la preocupación de Obama no sólo se reduce a cuestiones de seguridad y combate a la delincuencia, sino a la relación bilateral que, en su conjunto, no implica poca cosa; todo lo contrario, el comercio entre los dos países, junto a Canadá, atiende a un mercado cercano a las 450 millones de personas, liberalizado gracias al TLCAN. No ocurre lo mismo con la libre circulación de personas, de hecho el fenómeno migratorio entre ambas naciones involucra a más de 12 millones de mexicanos en los Estados Unidos, de los cuales se calcula que más de 5 millones se encuentran en situación irregular, a lo que Obama ha respondido –que no prometido- con una propuesta de reforma que permita legalizar a esos inmigrantes.

Hace ya más de veinte años el profesor Mario Ojeda señalaba que la relación de México con los Estados Unidos estaba condicionada por una dependencia asimétrica en la que destacaban tres elementos básicos: la contigüidad territorial, lo que implicaba aspectos de carácter estratégico-militar, con una obvia limitación para México a su plena autonomía; la asimetría de poder, en la que México era el socio débil de la relación; y la dependencia económica y tecnológica, lo que significaba una gran vulnerabilidad para México respecto de decisiones tomadas en los Estados Unidos o por las empresas transnacionales. Años vista, ninguno de los tres elementos ha evolucionado, lo que supone que la dependencia asimétrica continuará. Lo que si ha cambiado es el factor humano; es decir, hay mucha diferencia entre un desquiciado y alocado George W. Bush, a un competente y comprometido Barack Obama y, parafraseando al sucesor del destituido Richard Nixon, no es lo mismo un Lincoln que un Ford. En conclusión, Obama representa una oportunidad de cooperación y crecimiento de la relación bilateral; para bien de ambas naciones, ojala mexicanos y estadounidenses no dejen escapar la ocasión.

Francisco Parra

Politólogo

JOSÉ FRANCISCO PARRA es director del IUIOG-México y director CESMUE.

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