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El viejo y lejano Oeste…(Far West)

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 20 de abril de 2009, 17:06h
Cuando el articulista entró en la juventud, la edad de los sentimientos agridulces, recibió una información que le provocó un hondo desaliento: el autor de la larga serie de novelas que tenía como héroe al sheriff Pete Rice no era el norteamericano Austen Gridley, como rezaban las ingenuas y atractivas portadas de la narración, sino un vecino de Hospitalet llamado Antonio Barrientos. El autor al que debiera algunos de los sueños más ilusionantes de la alta infancia y la plenitud de la puericia, venía a ser así un impostor que se valía del aura, que por entonces nimbaba en Europa a todo o casi todo lo estadounidense, para revestir de magia y un tanto de atrayente snobismo la paternidad de una obra que despertase a finales de los años cuarenta en los niños españoles la simpatía más viva por los sheriffs y cowboys del mitificado Oeste de las películas y novelas de los kioscos callejeros, en la época más numerosos, destartalados y familiares que en la aséptica actualidad. Años más tarde, al enriquecerse en la bullente Barcelona del tardofranquismo con la amistad y conocimiento de un nutrido plantel de redactores y documentalistas de las grandes editoriales catalanas, el articulista recobró su afecto y confianza en el escritor predilecto de su niñez y en todos cuantos como él, realizando una hazaña literaria hasta el momento poco o cicateramente consignada en los escasos manuales y monografías que la registran, se convirtieron en hacedores de nobles ensueños por el sortilegio de unas plumas envidiables en su poder creador y fuerza evocadora, a los que las sombrías circunstancias del período condenaran a trabajos de un perfil muy por debajo de sus virtualidades. Impedidos por razones políticas e ideológicas de trabajar en la prensa del momento, aquellos antiguos colaboradores de La Soli y demás diarios de la izquierda catalana e incluso alguno que otro de la misma La Vanguardia encontraron acomodo en los cuadros de las editoriales responsabilizadas de la publicación de enciclopedias y diccionarios -Vergara, Gili y Gaya, Salvat, Planeta, Océano, etcétera-, en cuyo banderín de enganche, a la vez por pragmatismo, generosidad y un punto de "patriotismo" telúrico, no constaban preguntas sobre el pasado militante... Gran parte de estos verdaderos forzados de la pluma -horario stajanovista, al que se añadía frecuentemente el pluriempleo... ¡formidable milagro catalán! hecho de esfuerzo, conciencia profesional y fe en un porvenir venturoso-, pro pane lucrando y realización mínima de una desbordada pasión por la escritura, acometieron, en el tramo más inclemente y pesaroso de la dura postguerra, la aventura de escribir pequeñas novelas de las aventuras de los Mares del Sur y, muy singularmente, de las del Lejano Oeste americano, objeto ya desde hacía algún tiempo de exaltación por lo que en la época todavía se denominaba el "Séptimo arte". La dignidad -en ocasiones, la perfección- con que cumplieron su objetivo de enseñar deleitando, constituye un insuperable ejemplo en la cultura española de mediados de la centuria pasada al tiempo que una muestra más del innegable adelanto de la Cataluña del citado período respecto al resto de la nación. Pasadas muchas lunas y soles de su estadía barcelonesa, el articulista volvería a tener fe a ciencia casi notarial de que Austen Gridley era ciertamente el autor de los libros que más impactaran su puericia.

Bien que en la inmensa mayoría de las novelas antecitadas nacieran de la pluma de escritores catalanes pseudonimizados, en el caso de las del sheriff de la Quebrada del Buitre (Arizona) no era así. Al margen del vaivén del auténtico inspirador de unos sueños infantiles, la almendra de la historia en cuestión permanecía intacta. Por las paradojas de las que España posee el secreto, se asistiría en las mencionadas calendas al curioso fenómeno de que los libros y tratados que divulgaban por todo el país el ideario más recio del régimen dictatorial -lejos aún de su deriva hacia el autoritarismo-, se escribían en el Principado catalán por sus más insobornables adversarios, encargados en buena parte de su socialización. De forma que el mensaje transmitido en las novelas de Pete Rice destilaba los valores de esfuerzo, constancia, honestidad y culto al deber y a la familia, tan enaltecidos por aquél como principio palingenésico de una patria que había corrido el inminente peligro de un completo naufragio por el abandono de sus esencias.

Indeficientemente todos su relatos concluían del tenor siguiente: "Pues tan cierto como que el sol de Arizona brillaba en aquellos instantes, era que Pistoi Pete Rice y sus dos comisarios (Hics, el barbero "Miserias", y Teeny Butler) estaban destinados a continuar por la "senda del deber y de la justicia" (Los lobos de la hacienda, p.80); "Iba (Pete Rice) al encuentro de sus viejos amantes: su madre y la ley" (El rancho del crimen, p. 80). Apartada la hojarasca del patrioterismo y la moralina rancia, no todo ni mucho era desechable en el código del sheriff de la Quebrada del Buitre, servidor de la ley y terror de cuatreros y malandrines.
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