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Invertir en vanguardia

José María Herrera
sábado 25 de abril de 2009, 12:28h
Si al igual que Chesterton, usted, lector, no es bastante listo para hacerse rico, ni tan tonto como para desearlo, probablemente no pertenezca a ese treinta por ciento de americanos que, según una encuesta realizada hace dos años, creía formar parte del uno por ciento de ciudadanos más acaudalados del país. Suerte porque así no descubrirá que invertir en arte está muy bien, pero que invertir en algo que únicamente lo parece es una calamidad y una ruina, que es lo que están descubriendo ahora algunos de aquel treinta por ciento que se creía del uno por cierto cuando han empezado a empeñar las obras que adquirieron durante las vacas gordas. De pronto han sabido que lo que valía mil, vale diez, y que es más fácil ser un Papanatas que un Medici o un Borghese.

Todo conocemos el tipo, alguien a quien las cosas le iban de maravilla y después de comprar casa, acciones, deportivo y diamantes, adquirió una pintura de una promesa de la vanguardia. “Ganancia segura”, le decían sus asesores con aire de haber enjaulado al águila del Apocalipsis y poder obligarla a gorjear como un jilguero. “Mira lo que les pasó a los espabilados que apostaron por los impresionistas”. ¡Pero es que es feísimo! “¿Feo? No comprendes nada. El arte traslada al ámbito simbólico los conflictos de la existencia. Nuestros antepasados creían en la belleza, o sea, en la posibilidad de superar esos conflictos y resolverlos. Nosotros no. Por eso nos satisface la fealdad. Hay que ser un reaccionario para ignorar esto... Etc”.

Al principio el cuadro luce en el salón. Es algo feo de mirar, pero como confiere prestigio y demuestra confianza en el futuro (en el porvenir de las inversiones) se exhibe con agrado. Luego, los rostros compungidos de los invitados persuaden al coleccionista de que su inversión seguirá siendo igual de rentable tanto si luce en el testero ilustre del domicilio como si no. El águila de los negocios aún no es consciente de haber sido un mirlo blanco, y por eso justifica el ligero desplazamiento (del salón al pasillo, junto a la bastonera), convenciéndose de que los recién llegados podrán admirar así su intrepidez estética nada más entrar en la vivienda. Desgraciadamente, el óleo ha adquirido debido a la falta de luz cierto aire de pintada callejera mal enmarcada. Esto le fastidia un poco, pues aunque nuestro inversor no es hombre de dios, sino hombre de Progreso, barrunta que la pintada es a la pared lo que el zurullo a la acera Las cosas empeoran todavía más el día en que el núcleo organizado de su personalidad se percata de que odia el cuadro y que debe quitárselo de encima cuanto antes. Haga lo que haga no puede evitar ver cada vez que tropieza con él la cara guasona del artista, un tipo inconmensurable, ferozmente original, que ahora le parece un cantamañanas nauseabundo. Cuando el aborrecimiento se torna repulsión y la repulsión amenaza con volverse obsesiva no hay vuelta atrás: tiene que deshacerse del adefesio tardovanguardista. Da igual si le llaman reaccionario. Entonces lo traslada al dormitorio de la suegra, y luego, cuando ésta se queja porque no pega con la Purísima, dentro del armario, junto a los palos de golf, el curso del gourmet infalible y la bicicleta estática.

Y ahí se queda, ocupando sitio, hasta que acontece esa cosa tonta de la crisis y la falta de liquidez, que es como la pertinaz sequía para los labradores de las finanzas. El polvo de la decantadora de Bohemia, antes acostumbrada a Valbuenas y Mauros, revela que la riqueza, al contrario que los derechos del hombre y el ciudadano, no es vitalicia. Joyas, acciones y casas ya no pueden ser vendidas sin merma del patrimonio, pero, por fortuna, está el óleo. Ha llegado la hora de amortizar la inversión. Al fin una prueba de las ventajas de estar a la altura de los tiempos. El chasco, evidentemente, es mayúsculo. El valor estimado de la obra está muy por debajo de su coste y, además, nadie la quiere. “¿Quién va a querer este mamarracho?” ¡Pero si el autor era un genio y hasta firmó un manifiesto de intelectuales y artistas!

Cualquier día el coleccionista coincidirá en el gimnasio con el responsable de sus desgracias, que responderá a sus lamentaciones con algo así: “No entiendes nada. La crisis es la performance más rompedora que quepa imaginar. Ha logrado que montones de obras que se suponían inmortales, esto es, resistentes a cualquier contexto, aparezcan ahora como necedades. ¿No te parece fascinante?” ¿Fascinante? ¡El descojonamiento de todos los santos!
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