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Análisis

La anemia de la sanidad pública latinoamericana

viernes 01 de mayo de 2009, 03:27h
La aguda epidemia de dengue que actualmente afecta a muchos países de América Latina, así como la expansión de la influenza porcina o “Gripe mexicana” a lo largo y ancho de la región, plantea la duda sobre cuál es el verdadero estado de la sanidad pública en Iberoamérica. Por Sabrina Gelman Bendahan.
El agente transmisor del virus del Dengue, el mosquito patas blancas o Aedes Aegypti, no discrimina género, edad y condición social, porque lo que le importa a este diminuto insecto tropical es convertirse por unos cuantos segundos, en el huésped temporal de un brazo humano a fin de alimentarse de su sangre, sin importarle que en cuestión de horas su “víctima” comenzará a sentir los síntomas de una enfermedad que puede pasar tan fácilmente de la fiebre y el dolor corporal a convertirse en una verdadera bomba viral, que si no se trata a tiempo, puede causar la muerte por hemorragia.

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en lo que va de año se han registrado un total 289.754 casos clínicos de dengue en Centroamérica y Suramérica, concentrándose el mayor número de enfermos en Bolivia, Paraguay, Brasil y Argentina, donde se ha registrado la mayor incidencia de defunciones.

Como es de esperarse, la población rural y los habitantes de los cordones de miseria que bordean las urbes latinoamericanas, son las más susceptibles a no sólo padecer la enfermedad, sino a no poder disponer de los recursos necesarios para recibir una atención médica óptima y oportuna. Y es que lamentablemente, la gran mayoría de los hospitales administrados por la sanidad pública en América Latina se sostienen a duras penas, con las excepciones del caso cubano e incluso el chileno.

Los profesionales que trabajan en estos centros deben hacer malabares para atender a los pacientes en medio de la precariedad de las instalaciones y la falta de suministros médicos; por cuanto contar con un carné de seguro privado o una cuenta bancaria con la liquidez suficiente para poder costear un tratamiento, supone la diferencia entre la salud y la enfermedad. Tal situación insta a que se plantee la siguiente interrogante ¿Cuánto cuesta estar sano en América Latina?



De acuerdo con el Banco Mundial, los ciudadanos más pobres deben desembolsar alrededor del 85 por ciento de sus ingresos para poder cubrir los gastos de la salud privada, un porcentaje comparativamente mayor al que se registra en los países del primer mundo.

Este dato contrasta con más de 220 millones latinoamericanos que viven en la pobreza extrema con menos de 1,50 euros al día, en un entorno en donde la insalubridad, la falta de agua potable y sobre todo, la desnutrición, convierten a los más indefensos, como los niños y los ancianos, en presa fácil de una gran variedad de enfermedades que se pueden evitar con tan sólo una vacuna o la atención médica a tiempo.
Un contexto que si se mira desde una perspectiva actual, en donde la región posee alertas epidemiológicas como el Dengue o la temida gripe porcina, cuya amenaza ha cruzado las fronteras mexicanas para expandirse por Perú, Colombia, Brasil y Argentina; podría suponer un problema para los gobiernos latinoamericanos a la hora de atender una emergencia sanitaria, precisamente por ese abismo de desigualdad que divide la medicina privada de la pública.

Pese a que existen muchas iniciativas de carácter internacional como la del Banco Mundial que le otorgó a México 155 millones de euros para atender la crisis de influenza porcina; y de índole regional como la del Consejo Suramericano de la Salud, que recientemente aprobó la creación de un escudo para evitar la transmisión de epidemias y la extensión de la sanidad a lo largo y ancho del Cono Sur; esto no es suficiente si los gobiernos de la comunidad iberoamericana no se replantean seriamente la modificación de sus proyectos sociales.

Es cierto que no se debe generalizar en un tema tan amplio y vasto como el problema de la sanidad en América latina, debido a que dentro de los estados que la conforman se observan actuaciones de gobiernos y organizaciones locales que han logrado acercar exitosamente la salud al ciudadano. Pero se necesita más que eso.

El problema de la sanidad, es en realidad, uno de los tantos flecos sueltos que desvela la mala costura que posee el traje de las políticas públicas iberoamericanas. Posiblemente esta implosión de enfermedades virales que cada cierto tiempo hacen de las suyas, ha llegado para recordarnos los defectos de un sistema que tiene el deber y la obligación de garantizarle al ciudadano que pueda disponer de su derecho a estar sano, sin que tenga que dejar el número de la tarjeta de crédito.