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El toro como víctima

domingo 03 de mayo de 2009, 20:39h
Vivimos tiempos de virus. De gripe. De gripe animal. De la aviar a la porcina, así la llaman, aunque el cerdo tenga mínima culpa. Ocurre igual con los toros “la gripe morucha”, aunque el toro no sea más que una víctima de la cadena industrial que supone La Fiesta. La mala presentación, la flojedad y la falta de casta siempre fue epidemia en el mundo de los toros. El momento es preocupante en fase de pre-cris tras lo acontecido en Fallas y que de seguir así en Madrid puede constituir pandemia.

Puede ocurrir que los espectadores acudan a los toros con gafas opacas, auriculares de ipod, incluso mascarillas ante un espectáculo que brilla nada, suena en rancio mono y huele mal.

Si bien en Sevilla ya saben desde hace muchos años de mascarillas, los boletos, las entradas. Son las más carillas del mundo.
No hay buena relación calidad precio y la culpa como siempre la tiene el toro. Será porque no habla y quien lo debe hacer por él, ganadero, lo hace siempre por boca de ganso (taurino).

Presentación y juego son los dos parámetros que juzgan, como premisas, una corrida de Toros para después analizar pormenores: del propio encierro, de la escrupulosa profesionalidad del ganadero y de la actuación de los toreros. Incluso en estos tiempos modernos se incluye al empresario, y, siempre al fondo, la supuesta autoridad, que en la mayoría de los casos es impostora.

Algo más perverso que una deficiente presentación de un animal (otro, y otro, hasta seis) que conjuga cabeza, cara, morrillo y remate de culata, todo armonizado con la tipología genuina del encaste, es su falta de sincronía en cada ejemplar entre estos elementos de juicio en una fórmula compensatoria que, casi siempre, no contenta a nadie.

En esta feria de Sevilla, ocurrió también en Valencia, han salido toros muy cuajados y bien hechos con caras anovilladas y poco ofensivos por delante. Otros, sin embargo, han tenido mucha seriedad en su expresión y con buidos pitones, desafiantes, paro con las carnes tan justas como poco prietas culminados en culo de pollo. Esto multiplicado por seis, o siete, y ocho, como reses han salido algunas tardes abona la ceremonia de la confusión.

Esta práctica ganadera de presentar encierros muy desiguales de hechuras y trapío con la trampa tendida a la oficialidad facultativa y soportada por el reglamento de demandarles el escrutinio de las reses una a una no es más que una treta para dosificar la camada en aras de sacar mayor número de corridas en plazas de buen pago quedando en entredicho su honestidad ganadera y evidenciando su espíritu mercantilista que les convierte en tratantes con mayor o menor pedigrí.

Si además no exhibe fortaleza de salida, franquía en su viaje, acometividad y repetición no hay paciencia, en público y palco, para buscar si ese fondo existe con los lidiadores en la encrucijada yendo a su bola. Si por el contrario sale bruto, como corresponde a su condición animal, comienza por parte del matador y cuadillas la cadena de maniobras arteras con capote y puyas para que tanto en un caso como en el otro el espectáculo llegue a su fase de muleta, capital en el torero moderno, totalmente viciado por parte de todos: actores (activos y pasivos) y espectadores en una especie de Babel en que solamente el factor sorpresa redime del suicidio colectivo y alimenta nuevas ilusiones como que Morante se mute en técnico y dominador, sin renunciar a sus esencia artísticas, o que en el tiempo de descuento Luque, Manzanares y Tejela remonten tardes de puntillazo a éste espectáculo.

Todo bajo el contexto general del desprecio por el toro que constituyen los pecados originales que lastran de inicio una corrida, más cuando ésta se desarrolla en un ciclo y un escenario de los que marcan la responsabilidad de una temporada para la credibilidad, primero, y la promoción y difusión, después, de las corridas de toros: la irresponsabilidad de la selección para el aumento de la producción, la ausencia total del sentido de la lidia, la ejecución del toreo egoísta en pos de un triunfo puntual generalmente en contra del toro, disparidad de criterios, cuando no ayunos, en autoridad y facultativos y la ausencia de aficionados, desahuciados, para rebosar los tendidos de inquilinos ávidos de divertimento y evasión por lo civil o lo criminal al reclamo de un espectáculo superficial y liviano donde lo único que importa es el resultado.

El problema general nos atañe a todos, es de concepto: lo que siempre fue una Fiesta de Toros, más que nunca es un “guateque con toreros”. Y esto es lo que hay.

Sevilla, como anteriormente Valencia, como el año pasado muchas de las ferias importantes, y también en años anteriores, ha sido un ciclo de parcas luces y abundantes sombras en que la intensidad de los triunfos en momentos inesperados cobran un plus para acercarse al equilibrio.

Concluyó la Feria de abril, una más, mejor o peor, cuyas secuelas no van más allá de la guerra de guerrillas permanente entre la Empresa y sectores minoritarios que dicen, y se erigen, defender a los aficionados ¿los hay? y el sector de prensa más desafecto del despotismo ilustrado en el que se han instalado la élite de esta tauromaquia moderna en una vomitiva endogamia clasista y que abarca a todos los sectores: empresarios, ganaderos, figuras y periodistas que proyectan la imagen del sector como un clan siciliano donde solo tienen cabida “unos de los nuestros”; el resto a no molestar, o a pagar y callar, finalizado el evento.

La Fiesta sigue….ya está aquí S. Isidro. Ladran, luego cabalgamos.

Para sintetizar. Cuentan que una tarde poco feliz de Curro Romero, culminada en almohadillas se alzó una voz potente:

“¡Curroooo!, la próxima vez te va a ver tu pu.. madre; bueno…. Tu pu.. madre y yo”.

Pedro J. Cáceres

Crítico taurino y Periodista

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