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Tríptico: Francis Bacon. I. Figuras

miércoles 06 de mayo de 2009, 21:59h
Hace unas semanas, cuando visité el Museo del Prado con la intención de ver la magnífica exposición antológica que ofrecía sobre la obra de este pintor que quedará en la historia del arte como uno de los grandes de la segunda mitad del siglo XX, me encontré, casi por casualidad, con que había otra exposición, “Entre dioses y hombres”, la colección de estatuas del mundo antiguo del Albertinum de Dresde, que suponía, casi, el perfecto contrapunto de la primera. A un lado, la rabia y la desesperación de las figuras cuarteadas, de los cuerpos incompletos, casi absurdos, de los grandes paneles, saturados de colores hirientes de puro vivos, que acaso cuenten una historia para la que no quedan palabras articuladas, pero que más bien son como fogonazos de sentido que emergen del lienzo aquí y allá sin mayores pretensiones. Las figuras de Bacon no echan discursos al espectador.

Y al otro, la belleza delicada, armoniosa y serena de las esculturas griegas y romanas, entre las que pudimos ver el Sileno con odre que seguramente sirvió de inspiración a Nietzsche para acusar a Sócrates de ocultar sus instintos sensuales. Y sin embargo, se me ocurrió que, entre ambas, había una corriente subterránea, que las dos formas de entender y practicar el arte, compartían más de lo que pudiera parecer a primera vista: cosas que hacen los hombres para conllevar el espanto de vivir.

Un ejemplo. La exposición de Bacon muestra un cuadro inspirado en unos versos de Eliot, Sweeney agonistes, que dicen: “Nacer, copular y morir. / Son los hechos, a fin de cuentas: Nacer, copular y morir”. Al leerlos, recordé lo que el viejo Sileno, compañero de Dionisos, le dice al rey que le interroga para que le revele el misterio de la vida humana: “Lo mejor de todo sería para vosotros, estirpe miserable, no haber nacido. Y lo mejor, en segundo lugar, morir pronto”. Esto es lo que siempre hemos sabido; y lo que pagamos caro cuando decidimos olvidarlo, confundiendo la aspiración a mejorar de acuerdo al ideal con la aspiración demoníaca de implantarlo en la tierra.

Bacon es un pintor “clásico”, a pesar de la apariencia en contrario. Aspiró a reflejar y comprender el mundo que le tocó vivir y, hasta donde fuera posible, negociar con el dolor y el sinsentido de su tiempo, no sólo haciendo un arte cuasi trágico, sino bromeando y burlándose del horror. Si Velázquez parece ser el pintor favorito de Bacon no es sólo por su capacidad técnica, sino porque era capaz de pintar no la apariencia de las cosas, sino su verdad oculta. Y eso es lo que quiere pintar Bacon, aunque, como le toca vivir en un tiempo muy distinto al del sevillano, decide cambiar de estrategia y pintar el movimiento de las cosas desde su ser hacia su nada. Sabe que no puede representar nada in recto, que solo los procedimientos irónicos le sirven. Muestra la escena como en un teatro mudo donde los cuerpos, desnudos o no, solos o no, enteros o descuartizados, humanos o animalizados, esto es, de humanidad quebrada, o ya sinceramente animales, viven un drama en el que la movilidad y la violencia suspendida que contienen las figuras, contrasta con el carácter extático del conjunto. Pero insisto, es un drama, no una tragedia, porque hay cierta alegría salvaje y humor en las figuras que habitan los escenarios de Bacon cuando la vida no vive en ellos.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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