La sangría afgana
jueves 07 de mayo de 2009, 01:46h
Treinta años lleva el pueblo afgano sin saber a ciencia cierta lo que es la normalidad de levantarse por las mañanas sin tener que evadir las bombas, someterse al yugo de la inquisición talibana o llorar la muerte de un ser querido. Y es que la palabra tregua ha sido la gran ausente en el glosario diplomático, político y social de Afganistán. Un país que ha sobrevivido a su propia historia: razón por la cual, el bombardeo llevado a cabo por el Ejército estadounidenses el pasado martes en la provincia occidental de Farah, no es sorpresa para una ciudadanía que, en realidad, no conoce otra cosa que la “normalidad” de la guerra y la muerte que la circunda.
Si bien, la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton, reconoció la actuación y manifestó su pesar por la muerte de más de un centenar de inocentes civiles, la evidencia empírica demuestra que el mayor número de bajas que ha registrado este conflicto bélico no se encuentran precisamente dentro de las fuerzas de choque. La muerte se ceba en el corazón de aquella ciudadanía por la que tanto se llenan los labios los rebeldes talibanes, EEUU y el Ejecutivo afgano.
No cabe duda que lo que representa Afganistán en el contexto de seguridad y política internacionales, tiene características muy complejas que aconsejan soluciones contundentes, con el propósito de zanjar el radicalismo letal de los talibanes. Estos no sólo pretenden instaurar una represiva teocracia en un país que desconoce la libertad y la paz. Además, también quieren suprimir cualquier vestigio de identidad pasada que “contradiga” los principios del Islam, borrándola como si nunca hubiese existido, como atestigua la voladura de los milenarios Budas gigantes de Bamiyan, hace ya ocho años.
Pero también es necesario que la administración Obama se replantee su estrategia en Asia Central, ya que el grueso de la empobrecida y maltratada sociedad afgana no entiende de conceptos y terminología diplomática y geopolítica. Sólo saben que las bombas caen del cielo y que los talibanes son hermanos musulmanes; que la mitad de sus seres queridos ya no están con vida, que sus casas ahora son una sucesión de carpas improvisadas, que sus vecinos son miles de personas desplazadas y que sus “aldeas” son campos de refugiados asentados en medio de la nada. En suma, una situación desesperante que, desgraciada e inevitablemente, hace de caldo de cultivo para la violencia islamista.