Nadie podría imaginar que el lujoso hotel 5 estrellas Meliá Canal, ubicado a las orillas del Lago Gatún en Panamá, fue el centro de adiestramiento en donde los más brutales generales de las dictaduras latinoamericanas perfeccionaron sus técnicas de interrogatorios, torturas y fusilamientos, mejor conocido como: la Escuela de las Américas. Por Sebastián M. Kaplan
A pocos kilómetros de la ciudad de Panamá, a orillas del Lago Gatún, se encuentra ubicado el hotel de 5 estrellas Meliá Canal. Rodeado de una exótica vegetación idílica para realizar excursiones de aventura y con 285 lujosas habitaciones, se promociona como el destino perfecto para los muchos hombres de negocios extranjeros que diariamente visitan la Zona Libre de Colón. En la costa atlántica del canal de Panamá, cientos de miles de personas pasan todos los años por este paraíso del libre comercio, la segunda zona franca más grande del mundo y generadora de más de 16.000 millones de dólares anuales en importaciones y reexportaciones dirigidas principalmente hacia el mercado sudamericano. Para acceder desde la Zona Libre al hotel basta con indicarle a un taxista que conduzca diez minutos hasta la antigua "Escuela de las Américas". Todos los panameños saben que en el sitio donde hoy se levanta el Meliá funcionó durante décadas el mayor centro de adiestramiento en contrainsurgencia y en técnicas de represión de los movimientos civiles y sociales del continente durante la Guerra Fría.
Siempre se denunció que tras la fachada de una academia de instrucción militar fundamentada en los valores democráticos norteamericanos y en la cooperación interamericana en materia de seguridad, el ejército de Estados Unidos estaba en realidad preparando a varias generaciones de soldados y policías latinoamericanos en la lucha contra todo lo que, en el lenguaje del momento, fuese considerado como subversión. No había que ser muy perspicaz para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Con cada promoción de egresados, la Escuela enviaba de vuelta a sus países de origen a futuros dictadores o a sus cercanos colaboradores. Con el apoyo y la financiación de la CIA, la legitimación diplomática de la Casa Blanca y la violación indiscriminada de los derechos humanos, los discípulos de la Escuela se impusieron el deber de mantener, en unos casos, el “orden existente”, y en otros, defender a toda costa a sus naciones del caos provocado por la “desestabilización marxista”.
No obstante, el
alcance real de la susodicha “cooperación para la seguridad” predicada en la Escuela de las Américas se hizo público con el descubrimiento en 1992 de los “Archivos del Horror” en Paraguay, tras la caída del General Alfredo Stroessner. En ellos se describía y se designaba como “Operación Cóndor” algo que hacía tiempo se rumoreaba pero nadie todavía había podido probar: que desde los años setenta los servicios secretos de los países del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia y Paraguay) habían estado intercambiando información sobre supuestos opositores residentes en los distintos países participantes para colaborar en su persecución. De este modo, comandos especiales de cada uno de los países lograban desplazarse libremente en el territorio de los otros para así localizar, vigilar, secuestrar, interrogar, desaparecer o asesinar a sus con-ciudadanos. Un documento desclasificado por el Departamento de Estado y publicado en 2001 por el New York Times señalaba directamente la participación de Washington en esta conspiración. En él se demostraba que los agentes de inteligencia involucrados en la Operación Cóndor no sólo se mantenían en continuo contacto a través de una instalación de comunicación norteamericana ubicada en la zona del Canal de Panamá, sino que el mismo propósito de dicha instalación era el de coordinar toda la información recibida entre los diferentes gobiernos del Cono Sur.
La lista de graduados de la Escuela de las Américas en Panamá es ampliamente conocida y cualquiera puede consultarla. Manuel Noriega, Hugo Banzer, Roberto D'Aubuisson, Leopoldo Galtieri y Vladimiro Montesinos son sólo algunos de los nombres más destacados que figuran en ella. Pero no fue hasta 1996 que el Pentágono reveló el contenido de siete de los manuales de entrenamiento usados entre 1987 y 1991, cuando ya la Escuela había sido trasladada a Fort Benning, Georgia, y donde sigue existiendo con el nombre de “Instituto de Cooperación para la Seguridad Hemisférica”. En ellos se abogaba por la aplicación sistemática de la extorsión, el secuestro, la tortura y la ejecución extrajudicial de presos políticos.
Aunque estos manuales estaban basados en planes de instrucción escritos en 1982 (en medio del terrorismo de Estado en el Cono Sur y del funcionamiento de los escuadrones de la muerte en las guerras civiles de Centroamérica), lo más desconcertante es que esta metodología didáctica siguiera vigente tras la caída del Muro de Berlín, cuando en Sudamérica hacía años que habían empezado a gestarse las mayoría de las transiciones democráticas y la URSS estaba a punto de desintegrarse, invalidando así el argumento de la amenaza de infiltración comunista.
Al día de hoy, los críticos de la institución (principalmente ONGs como School of Americas Watch) se movilizan activamente para exigir su clausura inmediata y argumentan que su cambio de nombre y de currículum, que incluye educación en Derechos Humanos, representó sólo un maquillaje ante el desprestigio sufrido por la Escuela. Su lema “Libertad, Paz y Fraternidad”, dicen, está en contradicción con el hecho de que, una vez terminada la Guerra Fría, y bajo gobiernos democráticos, muchos de los que de allí regresan aparecen luego envueltos en delitos de narcotráfico, masacres de campesinos, paramilitarismo y represión ciudadana.
De momento, cada vez son más los países latinoamericanos que deciden dejar de enviar personal militar y policial a entrenarse en Fort Benning. Con un número de participantes que disminuye año tras año, y con una creciente conciencia entre los contribuyentes norteamericanos sobe el destino de sus impuestos, tal vez el Instituto de Cooperación para la Seguridad Hemisférica tenga los días contados. La esperanza de muchos es que la Administración Obama, tras el cierre de la prisión de Guantánamo, ponga su mirada en él. Hasta que eso ocurra, miles de manifestantes seguirán protestando a sus puertas, mientras miles de turistas seguirán disfrutando de sus vacaciones, posiblemente sin saberlo, en la antigua sede de lo que el periódico panameño
La Prensa denominó en una oportunidad “Escuela para asesinos”.